Puno y el Titicaca

Salir de Cusco fue como volver a comenzar el viaje. Ya pasó el Camino Inca, ya pasó Machupicchu, y sabíamos que el objetivo más grande del viaje había sido cumplido. Pero a la vez sabíamos que todavía faltaba casi la mitad de nuestra travesía.

Así que después de 12 buenos días en la capital del imperio Inca, nos montamos nuevamente en un bus (este fue cortito, sólo 6 horas) y pronto estábamos viendo, desde lo alto del camino, las aguas azules del Titicaca.

Puno sería la última ciudad en nuestro viaje por (“el”) Perú, y a la vez la primera parada en esta nueva etapa de nuestro viaje. Llegando al hostal, nos topamos con una pareja de chilenos que habíamos visto en nuestro mismo bus, y de inmediato nos dimos cuenta que teníamos cosas en común: todos andábamos viajando por el sur, y todos teníamos hambre. Así conocimos a Diego y María, y nos fuimos a almorzar con ellos y caminar por la Avenida Lima, la calle turística de Puno (como que todas las calles en las ciudades de Perú tienen por nombre el de otras ciudades de Perú). Es curioso; Puno es una ciudad bastante rústica y pequeña (el centro al menos), y en medio de todo eso sobresale una avenida adoquinada, repleta de restaurantes a ambos lados de la calle, muchos con rótulos y menús en inglés, y una alta proporción de turistas a locales.

Diego y María son de Santiago, pero en los últimos 10 meses han sido del mundo. Se casaron y de inmediato vendieron todo lo que tenían (soltaron todo) y se dedicaron a viajar alrededor del mundo (se largaron). Han estado en Australia, China, India, Turquía, y… y… estamos seguros que en muchos países más. De Puno iban luego a seguir nuestros pasos recientes, yendo a Guayaquil, luego a Máncora, y finalmente volarán de vuelta a su Santiago, donde intentarán volver a mezclarse con los mortales, y donde gracias a la buena amistad que hicimos con ellos, nos volveremos a ver.

Nuestra principal intención en Puno era visitar las islas del lado peruano del Titicaca, que son las islas flotantes de los Uros, y las islas de Amantaní y Taquile. En el hostal nos ofrecieron una opción muy buena (y por buena quiero decir barata), y junto con María y Diego decidimos tomar el tour. Como no hay mucho más que hacer en Puno, nuestro relato se traslada al lago y sus islas.

En el puerto embarcamos en un bote pequeño y lento (muy, muy lento, con un motor de camión diesel en lugar de motor de bote), junto con nuestros nuevos amigos chilenos, y unas 20 personas más de diversas nacionalidades. La primera parada: las increíbles islas flotantes de los Uros. Los Uros fueron una civilización pre inca; de hecho se cree que es de las primeras civilizaciones de Suramérica. Han vivido sobre las aguas del Titicaca por cientos de años; y toda su vida gira alrededor de la totora, una planta que crece en las partes bajas del lago. Con totora hacen sus casas, sus barcos, y principalmente, las islas flotantes sobre las que viven. Aproximadamente unos 3000 descendientes de los Uros viven en un grupo de 42 islas flotantes de totora, cada una del tamaño de unas 2-4 casas grandes juntas (digo yo). Cada isla está construida sobre una base de raíces de totora, que en su descomposición genera gases que hacen que se mantengan a flote, y luego las cubren con capas de totora seca, que tienen que agregar cada cierto tiempo cuando la capa vieja se empieza a descomponer. Por el peso de las sucesivas capas, cada isla dura unos 5 años antes de que tengan que abandonarla y construir una nueva.

La teoría ya la habíamos leído toda y sabíamos a lo que ibamos. Pero como nos ha pasado tantas veces ya, una cosa es verla venir y otra cosa es bailar con ella. Estar ahí es increíble! Llegamos a la primera isla donde saludamos al líder de esa isla, Sabino (en lengua Aymara, se saluda “Kamisaraki!”) Nuestro guía, Clever (sí, así dice que se llama), nos explicó todo acerca de como hacen las islas, y como usan la totora para muchas otras cosas (la usan de leña y hasta se la comen). Viajamos en un barco de totora a otra isla que era como la estación turística de los Uros: puestos de souvenirs, pulpería, un par de restaurantes y hasta un “hotel” sobre la isla, conformado de un grupo de tienditas de totora con un par de camas cada una adentro.

Ahora el turismo ahora es parte inevitable de la vida en los Uros, para bien o para mal. Es un cuadro un tanto extraño ver a esta gente viviendo exactamente como lo han hecho sus antecesores por cientos de años, ahora con su cultura infiltrada por los cientos de turistas que visitan sus islas todos los días, en decenas de lanchas y botes. Le preguntamos a uno de los señores de la isla si no les afectaba la gasolina de los botes (ellos beben el agua del lago), y después de decirnos que no, se quedó dudoso.. “bueno, si, la verdad si se siente”.

Nos despedimos de la amable gente de los Uros, y dos muchachas se pararon en la orilla de la isla a cantarnos twinkle twinkle little star mientras se alejaba nuestra lancha (bueno, tuinco tuinco lirostá, pero sirve igual). Un gesto que nos conmovió y nos hizo reír y nos dejó ver que al fin y al cabo los Uros aceptan el turismo y no nos ven como invasores, sino como invitados con plata, un mal necesario casi. Nos dirigimos hacia la isla de Amantaní, donde nos quedaríamos el resto del día y dormiríamos con una familia de la isla. Unos cuantos metros antes de llegar, el lago se picó, moviendo la lancha a su antojo y dificultando la aproximación al muelle. Llegamos justo a tiempo a la isla, unos minutos más y habría sido imposible.

Llegamos a la isla y saludamos a los locales (acá hablan Quechua, y se saluda “Añiyanchu!”) Nos recibieron siete mujeres de la isla, quienes alojarían a los distintos grupos de gente que veníamos en la lancha. El premio se lo llevó Maribel, a quien le tocó alojar a loj tré. Nos fuimos a su casa y ahí nos sirvió el almuerzo (sopa de quinua, el principal cereal andino; y luego papas, queso frito, y otro tubérculo que siembran en la isla al que llaman oca).

La estadía con las familias no era exactamente como la imaginábamos. En realidad la convivencia con Maribel y su familia fue mínima, y los cuartos donde nos alojaron son dentro de su terreno, pero completamente aparte de la casa. La experiencia fue más como quedarnos en un mini hostal administrado por una familia de Amantaní. Hemos aprendido que nada suele ser como uno se lo imagina en un principio, y no es que fuera mejor ni peor, sólo diferente. En la tarde subimos a la plaza del pueblo (subimos, y subimos). Ahí se suponía que nos reuniríamos todos los del bote (repartidos ya en distintas familias) para un encuentro. Pues el encuentro terminó siendo nada menos que un encuentro futbolístico, con loj tré junto con Diego y Clever en un equipo estelar que no ganó ni un solo partido. (ah se ríen? traten de jugar futbol a 3800 m de altura!). Pero se gozó, y no nos fuimos en blanco; Tovi anotó el único gol en nuestro equipo, que salvó nuestra honra e hizo que valiera la pena quedar completamente sin aire después de cada jugada.

En la noche caminamos junto con Maribel y su hermana Melania a la fiesta que organiza el pueblo a diario para que convivan los turistas y los locales. Caminamos en oscuridad y mucho (mucho!) frío hasta llegar al salón comunal, donde dos grupos de música andina tocaban alternadamente. Ahí bailamos todos el baile que nos enseñaron las muchachas locales (hay videos!) hasta que el cansancio nos venció colectivamente y acabó la fiesta.

Fue una buena experiencia, conversamos (poco, pero conversamos) con Maribel acerca de su vida en la isla y hospedando turistas; dormimos en los pequeños cuartitos de piso de tierra y paredes de barro, y temprano a la mañana siguiente estábamos listos para seguir nuestro camino sobre el lago.

Otro lento tramo de nuestra lancha nos llevó a nuestro tercer destino en el lago: la isla de Taquile (estas lanchas lentas no son del todo malas; dan mucho tiempo para conversación y ayudan a crear amistades con colegas viajeros). En Taquile desembarcamos y realizamos una caminata de una hora hasta la plaza central de la isla. El Camino Inca sigue dando recompensas, y nuestra condición para caminatas sigue estando en todas. La caminata la hicimos tranquilos y disfrutando de la impresionante vista del agua completamente azul del Titicaca, que dependiendo en qué dirección lo vea uno, parece más el mar que un lago.

Todos los tejidos a mano en la isla de Taquile son hechos por hombres; las mujeres no saben tejer a mano. Los hombres casados se distinguen de los solteros por sus gorritos andinos, tejidos a mano por ellos mismos. Cuando se casan, cambian su gorrito rojo-y-blanco por uno completamente rojo, que deben aprender a tejer antes de poder casarse, y del cual depende su prestigio. Las mujeres saben tejer pero en telar, donde hacen un cinturón con tela y con su propio cabello, que regalan a su marido en el momento de casarse, y es la forma de que el hombre tenga a su mujer con él siempre, inclusive si ella muere. Y esa fue la sección de cultura general de Taquile.

Un último viaje lento en lancha (bueno, en esa lancha al menos) dio mucho tiempo para conversar con gringos, alemanes, franceses y chilenos. Volvimos a Puno y decidimos que nos merecíamos un día para descansar. Así que compramos provisiones (un pan cuadrado, una lata de leche condensada) y al día siguiente nos quedamos en cama hasta las 5 de la tarde, durmiendo, jugando PSP, leyendo y tocando guitarra (vacaciones de nuestras vacaciones dijo Michi). Último día en Perú, fueron bien merecidas.

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Cusco

No había terminado de amanecer después de los cuatro días de caminata, cuando ya ibamos rumbo al Valle Sagrado de los incas. Saliamos de un parque al costado de la plaza de armas, en un bus lleno de hispano parlantes dispuestos a conocer más de las maravillas tanto incaicas como pre-incaicas.

Primera parada: mercado artesanal de C’orao, donde una vez más se encuentran mil y un puestos donde cambiar el oro por artesanías. Fue corta la visita y seguimos al siguiente centro artesanal; Pisaq, en el corazón del Valle Sagrado. Lo recorrimos de pies a cabeza, donde en todos los toldos nos ofrecían una cantidad multicolor e inimaginable de tejidos, bufandas, ponchos, gorritos, camisetas, lapiceros, libretas, mates de coca, hojas de coca; en fin, mil cosas increibles, hechas impecablemente.

Media hora más de bus y Vladimir (nuestro guía) anunciaba la llegada a la reserva arqueológica de Pisaq; conjunto de andenes de aproximadamente 54 niveles, destinados a la agricultura. Se puede apreciar como el paso de los conquistadores casi lo borra del mapa, pero un poco más arriba se encuentran construcciones más finas, lo cual significa que era lugar sagrado o un templo.

Justo a la par de esta construcción fina, se puede ver una menos trabajada y más tosca, que es construcción de una civilización anterior, que en vez de destruirla y construirle encima, respetaban su espacio y la mantenían tal cual era. La vista del Valle Sagrado desde Pisaq es increíble. Todo parece una maqueta de una zona agrícola; casas de barro, las propiedades divididas por pequeñas cercas, y hasta donde alcanza la vista, plantaciones.

Siguiente destino: Urubamba, lugar donde comeríamos en un buffet, donde probamos la alpaca y mil tipos de papa, además de todo lo que echamos de más en el plato que ya conocíamos, por supuesto sin dejar de lado los postres. Aquí se nos unió Egle, una Lituana que estudió ciencias neuronales y está sacando su maestría en Perú estudiando a los chamanes y curanderos de la selva.

De nuevo en el bus y directo a Ollantaytambo, tercera parada de nuestro recorrido. Ahí pudimos apreciar (entre un millón de turistas) uno de los más impresionantes legados incas; piedras de más de 42 toneladas acomodadas perfectamente como en un rompecabezas, en lo que sería uno de los mayores templos incas. Lo más impresionante es que las piedras que utilizaron para dicha edificación no se encuentran ni en el valle ni en el cerro del mismo asentamineto, sino que fueron traídas desde kilómetros a lo lejos y se dice que hasta cambiaron el curso de un río para poder llevar las piedras hasta el cerro que les permitía divisar los tres valles que lo rodean. Lamentablemente el lugar quedó a medio construir, como la mayoria de ruinas incas, por la llegada de los conquistadores y guerras que habían entre los mismos locales.

Con el tiempo un poco escaso, nos dirigimos a Chinchero, último destino del tour. Además de que el tiempo era poco, nos encontramos con una reparación en la vía, por la cual nos querían dejar esperando tres o cuatro horas. A nuestro guía, que nos estaba sirviendo de mediador, se le ocurrió pedir prestada una cámara de video y empezar a filmar cómo estaban retrasando más de ocho buses de turismo, e inmediatamente empezaron a mover los camiones y nos dejaron pasar.

Llegamos a Chinchero, específicamente a la Iglesia, que fue de las primeras construidas por los españoles y fue pintada en su totalidad por astistas andinos. Nos permitieron entrar cuando estaban a punto de cerrar. Pudimos ver el interior del templo, el cual no tiene ni un solo rincón sin un trazo del pincel, con imágenes de ángeles, santos, la trinidad y miles de adornos más recubriendo la totalidad del lugar. Ahí mismo visitamos una de las textileras locales, donde vimos todo el proceso, desde hacer los hilos, pasando por el teñido y terminando en tejidos impresionantes donde plasman su historia, con representaciones de animales y figuras características de su pueblo.

De vuelta en Cusco, Egle nos propuso ir por un chocolate caliente. La noche no podía estar más fría. Así que sin dudarlo nos fuimos a buscar un lugar donde refugiarnos. Dimos un par de vueltas y encontramos “The Muse”, un pequeño rincón de Cusco donde el ambiente es cálido a cualquier hora y sirven los mejores sandwiches y jugos de todo Cusco, además de un café delicioso. Pasamos ahí el resto de la noche, con buena música, contando cada uno como habíamos llegado ahí y qué hacáamos en esa fría pero preciosa cuidad.

Al día siguiente visitamos Saqsaywaman, que quedaba a 15 min de nuestro hostal a pie. Otra de las increibles riunas incas, que fue construida bajo orden del Inca Pachacutec con fines militares. Duró alrededor de cincuenta años en ser construida, y a la llegada de los españoles ya estaba terminada.

Los siguientes días nos dedicamos a descansar y a recorrer los cafés de la ciudad, entre los que encontramos Indigo, donde jugamos el famoso juego Wisstoy!! No tienen idea, es divertidisimo! El juego consiste en una serie de tucos de madera que se colocan de tres en tres a manera de formar una torre. Una vez construida la torre se procede a ir quitando de uno en uno los tucos, e irlos poniendo en la parte superior de la torre sin que la misma colapse, el que tenga la mala suerte de hacerla colapsar es el perdedor absoluto. (si, si, ya sé es Jenga, pero yo qué tengo la culpa que ese se llamara Wisstoy?). Tambíen jugamos Uno y tomamos más café. Además fuimos a un concierto en “Km 0” donde tocó el grupo Caxa, al que Hans, el guitarrista, que tocó la noche que conocimos “The Muse”, nos había invitado después de estar largo rato conversando.

El día antes de partir de Cusco, Adrio consiguió su añorada guitarra, así que decidimos ir a despedir Cusco en “The Muse”. Para suerte de todos esa noche, Piero (amigo de Hans) tocaba ese día en vivo, y al ver a nuestro querido viajero con guitarra, lo invitó a tocar y a hacerle compañía el resto de la noche. La felicidad de Adrio era sumamente contagiosa y todos los presentes les aplaudimos y acompañamos toda la noche.

Al amanecer, entre el taxi que duró mil horas en llegar y que a mí se me olividó la billetera en el hostal y me acordé de camino a la terminal, casi perdemos el bus de Puno, el cual tuvimos que perseguir en carrera durante unos 200mts. Pero una vez en él, nuestros asientos nos esperaban para llevarnos a nuestro próximo destino.

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Camino Inca y Machupicchu

El 19 de octubre nos encontró emocionados, ansiosos, sobresaltados de que ya fuera 19. Cuando uno espera algo por tanto tiempo, especialmente cuando tiene fecha, parece que nunca va a llegar, pero uno ni cuenta se da cuando de repente ya llegó el día.

Nuestros espacios para el Camino Inca quedaron reservados con fecha 19 de octubre, desde principios de julio. Ya desde ese entonces estaban completamente llenos hasta esa fecha los cupos para las 500 personas que se permiten al día. Llegando acá la gente nos comentaba lo afortunados (afortunados? sabios!) que éramos en tener las reservaciones; muchísima gente se queda sin hacer el camino por no haber reservado con suficiente antelación.

Después de previas instrucciones de parte de Don Hernán, el señor que contactamos hace meses cuando hicimos la reservación, pasaron a recogernos al hostal, en un bus con 10 personas más que serían nuestros compañeros de caminata, mas dos guías. Nos tocó un grupo excelente. Eran 5 parejas de europeos y nosotros; entonces éramos los diferentes del grupo, pero nos llevamos muy bien con todos. Nos tocó con una pareja de ingleses, Nick y Hailey, y también iban los papás de Hailey, William y Caroline, dos señores ya mayores que impresionaron a todo el mundo con su condición física y su espíritu aventurero. Luego estaban los franceses, Ben y Barbara, y los belgas, Louise y su esposo (cuyo nombre escapa a nuestra memoria), y los españoles (bueno, catalanes) Eduardo y Begoña, de quienes nos terminamos haciendo muy amigos al cabo de la travesía. Finalmente estaban los dos guías, Freddy y Pepe Lucho, que completaban la familia con la que convivimos durante cuatro días y tres noches.

Nos encaminamos hacia el pueblo de Ollantaytambo, donde paramos por provisiones (agua, barras de granola, Tang, chocolates, hojas de coca, y nuestros bastones para caminar: Tom, Pollo y Lucho). Poco tiempo después estábamos en Piskakucho, el kilómetro 82 de la vía férrea que se dirige a Machu Picchu; el punto inicial de nuestra caminata. Mochilas a la espalda con todo y sleeping bag y colchoneta, los buenos Hi-Tec bien amarrados, atollados de bloqueador solar, botellas de agua listas, bastón en mano, y emprendimos la caminata. Según nos dijo el guía (y entenderíamos al día siguiente) el primer día es básicamente el entrenamiento. Unas cuatro horas de caminar, con algunas subidas y bajadas, tampoco facilísimo pero sí llegamos al primer campamento bastante enteritos. En general, alguien con condición física por arriba del promedio (porque, admitámoslo, el promedio es terrible) puede hacer la caminata sin mucho problema.

Hay que ser sinceros; el Camino Inca no es fácil, pero lo tratan a uno muy, muy bien. En los campamentos y en las paradas de almuerzo nos esperaban muy buenas comidas, siempre con sopa, un plato bien completo, y té de coca, siempre mucho té de coca. Como nos decía nuestra amiga Marce, que no tuvo tanto lujo como nosotros cuando hizo el camino: “los odio! ustedes son de los que les llevan la comida y todas las cosas!”. Y aquí es donde entran en juego los porteadores; hombres de todas las edades que trabajan para las compañías que organizan los tours del Camino Inca. A los porteadores les toca llevar todo el equipo del que tan cómodamene disfrutamos nosotros en cada parada: tiendas de campaña, mesas, bancos, utensilios de cocina, más la comida de todo el grupo para los cuatro días. Ellos tienen que ir más rápido que los grupos, para poder llegar antes a cada parada y alistar (setuppear) el campamento y cocinar el almuerzo o cena. Así que a lo largo de todo el camino, de repente se escuchaban gritos que anunciaban “porteador!” para dejarlos pasar. Todo lo orgulloso que se siente uno de estar haciendo la caminata se desmorona cuando pasan los porteadores volando a la par como si nada. Su condición física es impresionante; cada uno carga paquetes de hasta 20 kg (en teoría, porque a veces se veían mucho más pesados que eso), y la mayoría hace todo el camino con un simple par de sandalias.

Ya sabíamos de antemano que el segundo día era el más difícil, sólo que no nos imaginábamos qué tanto. Es el más difícil porque se sube hasta el punto más alto del trayecto; el Paso de la Mujer Muerta, a 4200 metros sobre el nivel del mar. La subida es larga y constante; unas dos horas y media de subir seguido. Cada paso y cada grada es más difícil que la anterior. Después de cierta altura el cuerpo no responde igual, todo pesa más, la respiración se agita y se acorta muy fácilmente. Súmenle a esto el peso de la mochila en la espalda, y se va dando cuenta uno de por qué dicen que es el día más difícil.

Pero así como es difícil, así de satisfactorio es llegar a la cima. Yo pude tomar un ritmo más rápido que Carlos y Tovi (Carlos estaba con una gripe que lo estaba matando, por cierto); en la subida me les adelanté y terminé llegando a la cima unos minutos antes que ellos. Cada persona que llegaba arriba era alentada con gritos y aplausos de sus compañeros de grupo que ya estaban en la cima. Así, Eduardo y Begoña, que habían llegado a la cima hacía rato, junto con el resto de nuestro grupo, me alentaron para poder subir los últimos metros, definitivamente los más difíciles por la altura y lo inservibles que se sienten las piernas en ese punto. Descansando arriba y esperando a los últimos dos, les enseñé a nuestros amigos españoles, franceses e ingleses (y los guías también) un buen canto para ayudar a Carlos y a Tovi a terminar la subida. Así que llegando a la cima, fueron recibidos con un sonoro “ooee oe oe ooeeee ticooos ticooos!” (tuve que explicarles qué son ticos; ninguno sabía). Tovi se inyectó tanto que subió las últimas gradas casi corriendo. Fue un momento memorable.

En la cima descansamos, celebramos, e hicimos ofrendas a la Pachamama como agradecimiento de habernos permitido llegar hasta ahí (Tovi no porque es el menos chancletudo). De ahí en adelante todo era bajada; eso suena bonito en teoría pero la realidad fue otra. Fueron casi dos horas de bajar gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas y más gradas (y esto se queda corto). Gradas de piedra, empinadas, resbalosas. Después de la subida, las piernas y las rodillas ya no echaban; a la mitad de la bajada ya empezaban a temblar. Tovi y yo nos adelantamos en la bajada, y dejamos a Carlos rezagado varios cientos de gradas atrás. “Por qué tan lento mae?” le pregunté en un punto, a lo cual me contestó nada más moviendo la cabeza con un “no sé que me pasa”. De repente, cuando ya no faltaba tanto para llegar al campamento, y cuando pensábamos que Carlos habría quedado tirado ya en la grada número 1700, nada más sentimos alguien que nos pasa volando a la par y nos dice “por qué tan lentos maes?”. A Carlos se le metió el espíritu inca y le dio un impulso de energía inexplicable, y terminó siendo el primero de nosotros en llegar al campamento. Carlos… no traten de entenderlo.

Nosotros en un principio pensábamos que el Camino Inca serían cuatro días de caminar sin parar. Cuando supimos que eran sólo (“sólo”! ja!) unas seis horas de caminata al día, nos empezamos a preguntar qué hace uno ahí el resto del día. Cuando llegamos al campamento a las 2 de la tarde aproximadamente encontramos la respuesta: no podíamos movernos más. Recibimos nuestra recompensa en forma de jugo de maracuyá caliente, almorzamos, y colapsamos en nuestra tienda. El agotamiento y el dolor de pies, piernas y hombros (trapecio para ser exactos) debido a la caminata y a la mochila nos dio qué hacer el resto de la tarde: yacer inertes. Con dificultad logramos levantarnos para el té y la cena (sí, nos daban té con palomitas y galletitas y cena todos los días), y sólo Carlos se quedó después hablando con los franceses (andaba con el espíritu Inca metido todavía).

Ya habíamos pasado lo más duro, pero el tercer día fue la caminata más larga. También es el día más interesante, porque se pasa por varios sitios arqueológicos de ruinas incas. A lo todo lo largo del Camino Inca había construcciones con distintos propósitos: lugares de vivienda, sitios de descanso (tambos), puestos de vigilancia (pukaras), terrazas para la agricultura, y templos y otros tipos de sitios de rituales sagrados. A diferencia de muchas otras ruinas incas en la región de Cusco, ninguna de estas construcciones fue encontrada por conquistadores españoles, por lo cual se mantienen intactos (salvo los efectos de la vegetación y el paso del tiempo).

Nos levantamos a las 6 AM con el llamado de “coca tea!” de Wilfredo, nuestro Inca personal (bueno, el porteador encargado del coca tea). Salimos de nuestra tienda para encontrarnos con un día despejado y un gran cerro nevado al frente, una vista que dejaría a cualquiera sin aliento (y más a esa altura). Realmente el clima estuvo excelente durante todos los cuatro dias; tuvimos mucho sol y cielos despejados, y nos llovió solo en las noches cuando ya estabamos (semi) protegidos por nuestra tienda de campaña.

Empezamos la caminata con una pequeña subida hasta el pukara de Runkarakay (significa “ovoide” por su forma “ovoide”), donde Pepe Lucho nos dio una… de… sus… pausadas… explicaciones (kalachupi, Pepe!). Ahora seguía el segundo paso, más fácil que el primero, pero también bastante agotador. Creo que es una combinación de la altura, el cansancio de los músculos y un fuerte efecto psicológico de estar viendo siempre la cima a la que se tiene que llegar y sentir que no se avanza, lo que causa en general que se hagan tan cansadas esas subidas. Uno piensa que a la próxima vuelta ya va a estar el último trecho antes de la cima y siempre hay más y más (…excepto en el último).

La siguiente parada después del paso fueron las ruinas de Sayaqmarka, que servía también de pukara pero además era un sitio ceremonial. Faltaban unos 25 minutos bajando y luego subiendo a través de la selva antes de llegar al lugar del almuerzo. El espíritu inca se nos metió a todos esta vez y poco nos faltó para hacer todo ese tramo corriendo. Con la misma energía salimos después de almorzar y la próxima hora fue increíble; Tovi y yo íbamos rápido pasándole a varios grupos, y de repente escuchamos el familiar grito de “porteador!”. En un acuerdo tácito, los dejamos pasar y de inmediato nos pegamos a ellos, aumentando aún más nuestro ritmo y completando esa sección del camino todo a paso de porteador. Llegamos al tercer paso de primeros, y unos cinco minutos después apareció Carlos junto a Bego y Eduardo. Pasaron unos diez minutos más antes que apareciera el resto del grupo (hispanos a la cabeza!).

El tercer paso es el de Phuyupatamarka (“pueblo por encima de las nubes”). Las ruinas servían de terrazas agrícolas, además de ser otro pukara y sitio sagrado. A partir de ahí seguía la parte más difícil del tercer día, según los guías; una bajada constante y empinada de dos horas. El camino en esta parte es 100% Camino Inca original, a diferencia de las primeras secciones del trayecto, las cuales fueron desplazadas cuando se realizó la construcción de la línea del tren paralelo al río Urubamba. Entonces el camino en sí es impresionante; muchas de las gradas fueron talladas en gigantescas piedras que nunca fueron movidas de su posición original en la montaña. De hecho todo el sistema de construcción inca se basaba en adaptarse a las condiciones de la naturaleza (topográficas, climáticas). Es decir, en lugar de tratar de modificar la forma de la montaña para realizar sus construcciones, adaptaban la forma de las terrazas y demás elementos de sus obras a las condiciones topográficas existentes. Era verdaderamente un sistema de construcción en completa armonía con la naturaleza.

En esta parte fue donde realmente el equipo hispano tomó liderazgo. Bego, Eduardo, Carlos, Tovi y yo nos despegamos del grupo en los primeros minutos del descenso, y de ahí en adelante fluimos como agua por las centenarias piedras incas. Después de pasarle a varios grupos, de repente nos encontramos con un Camino Inca vacío, completamente para nosotros. Fue mágico; no vimos una sola persona más hasta el último campamento. Ibamos los cinco completamente juntos, y al final parecía que nos vinieran persiguiendo, pero el mismo impulso que llevábamos (el mental y el de la gravedad cuando uno corre cuesta abajo) no nos dejó frenar hasta que llegamos a nuestro destino, de primeros. Uno de los porteadores, sorprendido y muy sonriente, nos felicitó a nuestra llegada. Tiempo total del último tramo: hora y media, 30 minutos menos que lo normal.

Cerca del último campamento están las imponentes ruinas de Wiñaywayna (“siempre joven”). Ir a visitarlas es opcional, porque no quedan exactamente sobre el trayecto, sino que están después de una pequeña desviación. Como fuimos tan veloces, nos premiamos con una visita a estas ruinas. La gente llega cansada al último campamento, y creo que además no saben lo cerca que queda Wiñaywayna, así que casi todos optan por saltarse la visita y quedarse descansando. No saben de lo que se pierden. Freddy nos acompañó en una caminata mucho más corta de lo que esperábamos; menos de cinco minutos. Cuando uno menos se lo espera, se llega a un claro entre los árboles, y se topa de frente con una impresionante (disculpen el presente y futuro abuso de este adjetivo, realmente es la única forma de describirlo) vista. Hacia arriba y abajo, una enorme serie de terrazas cubren una gran sección de la cara de la montaña. El sol de la tarde iluminaba las terrazas, el templo, y más abajo, las viviendas que conforman Wiñaywayna. Lo hace aún más imponente el hecho de que las ruinas están completamente rodeada de cerca por montañas, sin ningún otro acceso que por el que entramos. Es una mini-ciudad completamente encerrada, que transmite una sensación de grandeza pero a la vez de aislamiento y seguridad. Esto, sumado al hecho de que éramos alrededor de 10 personas en las ruinas, hizo que la visita fuera lo mejor del camino hasta ese momento.

Se cree que Wiñaywayna fue un sitio de experimentación agrícola, donde los agrónomos incas adaptaban nuevos tipos de cultivos. Además era un sitio sagrado, donde vivían sacerdotes y realizaban ceremonias en el Templo del Arcoiris, que se encuentra en la parte superior de la construcción y tiene siete ventanas; una para cada color del arcoiris. Bajando al lado de las terrazas hay una serie de fuentes, alimentadas por aguas de cascadas que fluyen en la parte superior de la montaña. El agua es desviada por canales de piedra y llega hasta Wiñaywayna, donde cae sucesivamente por una serie de 12 piletas. El agua no ha dejado de fluir por esas fuentes desde su construcción hace más de 500 años. En la parte inferior del complejo están las ruinas de las viviendas, las cuales pudimos disfrutar en completa soledad hasta que se empezó a ocultar el sol y se nos hacía tarde para el té (y las galletitas).

El último campamento es un complejo turístico con todo y restaurante; muy distinto a los anteriores campamentos que eran en medio de la selva sin nada más que tiendas de campaña. Ahí disfrutamos de la última cena, un verdadero festín que fue recibido con dientes afilados y aplausos para el cocinero. Nos tomamos un par de Cusqueñas, nos dimos una ducha caliente (sí, hasta ahora nos bañábamos) y nos fuimos a dormir, preparándonos para la culminación de nuestra travesía.

Eran las 3:45 AM cuando nos llegaron a despertar. De por sí ya estábamos despiertos; ninguno podía dormir un minuto más. Nos preparamos rápidamente y nos dirigimos al portón que marca el último puesto de control del Camino Inca. Lo abren hasta las 5:30, pero llegamos a hacer fila a las 4:45 (porque nos encanta hacer filas!). Abrieron las puertas y eso fue como soltar una estampida de toros. Machupicchu nos llamaba a todos y ninguno quería aflojar el paso para poder llegar justo después del amanecer. El cuarto día se camina poco; en hora y media aproximadamente se llega al destino final. Pero la velocidad y la ansiedad por llegar hacen que también sea algo cansado. En una hora (y después de pasarle a los dos grupos que habían llegado al puesto de control antes que nosotros) llegamos todos los 13 del grupo, juntos, a la pared de 51 escalones que hay que escalar, bastante literalmente, antes de llegar a Intipunku (“Puerta del Sol”). Al llegar casi nos orinamos en los pantalones y se nos hicieron nudos en la garganta y huecos en la panza al ver Macchupicchu por primera vez, a la distancia. El sol empezaba a salir a nuestras espaldas, del otro lado de la Puerta del Sol, iluminando directamente la ciudad y las montañas que la rodean.

De ahí en adelante seguimos nuestra carrera con el equipo hispano, seguidos de cerca por los franceses y nuestro guía Pepe Lucho, que nos alcanzó corriendo, diciéndonos que lo habíamos dejado rezagado. Finalmente, casi a las 7 AM, llegamos a Machupicchu.

No voy a tratar de explicar lo impresionante que es entrar a Machupicchu. No se puede con palabras.

Por dicha cuando entramos todavía no habían llegado muchos turistas más. Recorrimos las ruinas junto con Pepe, que nos fue explicando cada sección y la función que cumplía. Pasamos por las terrazas agrícolas (que conforman más de la mitad del área que cubre la ciudad), las zonas de viviendas, subimos a la parte superior donde se encuentra el Intiwatana (“lugar donde se amarra el sol”), el reloj de sol sagrado de los incas, visitamos las canteras de donde extraían las piedras para la construcción, y admiramos a la distancia la plaza central de la ciudad y el sector industrial donde manufacturaban los textiles.

Las construcciones de los incas eran perfectas; cortaban las piedras con una precisión milimétrica y las colocaban unas sobre otras, encajando con tanta exactitud que no necesitaban de ningún otro material que uniera los bloques, los cuales simplemente se sostenían unos contra otros por su propio peso. Contrario a lo que yo pensaba, no todas las construcciones eran hechas de esta forma, sólo las que tenían propósitos sagrados o ceremoniales. El resto eran más rústicas; piedras cortadas de forma menos precisa y unidas con barro. De esta forma puede uno identificar el propósito de cada construcción de acuerdo al tipo de construcción, y así saber si era un sitio sagrado. Esto es cierto tanto para Machupicchu como para cualquier otra construcción inca.

Waynapicchu (“montaña joven”… por cierto, Macchupicchu significa “montaña vieja”) es la montaña grande que se ve atrás de la ciudad en esa foto clásica de Machupicchu que se ve por todas partes. Una de las cosas que puede hacer uno es subir a Waynapicchu y ver toda la ciudad desde la cima. Estábamos decididos a hacerlo, pero al bajar el ritmo y al enfriarse las piernas, empezamos a dudarlo seriamente. Después de descansar un poco y recargarnos en la Piedra Sagrada, nos animamos a subir (cuando nos preguntaban los guías si ibamos a escalar Waynapicchu, realmente querían decir “escalar”). Es una subida constante de 45 minutos (subiendo con buen ritmo), muy empinada, de gradas y rocas. (De camino para arriba nos topamos con los únicos ticos que hemos visto en todo el viaje: don Max Fischel y su esposa, quienes idenifiqué al instante como ticos luego de escuchar a la señora decir una sola frase. Sí que no nos perdemos) En fin, ya más arriba, lo único más fuerte que el vértigo que se sentía a esa altura, era la grandeza de la vista del ángulo contrario (al “clásico”) de Machupicchu, junto al gran camino que baja como serpiente hasta el pueblo de Aguas Calientes, al pie de la montaña. La subida nos terminó de agotar las baterías que nos quedaban, pero definitivamente no nos habríamos perdonado no subir ahí, ver Machupicchu desde la distancia y sentir que en cualquier momento el viento nos iba a botar de la montaña y tirarnos en el río Urubamba.

Merodeamos un rato más por Machupicchu, admirando las perfectas construcciones incas, esquivando turistas (a las 10 AM llega el tren turista y descarga masas gigantes de gente en Machupicchu), y viendo llamas, incluyendo una se enamoró de Carlos y lo seguía por todas partes. Entramos al Templo del Cóndor, donde los incas usaban chicha para hacer ceremonias en honor a Hananpacha (“el mundo de arriba”), y el cuarto de los morteros, pequeñas piletas de agua que usaban los incas para ver las estrellas en el reflejo del agua.

Ya agotados nos reunimos de nuevo con Bego y Eduardo, que optaron por visitar el puente inca, una opción bastante menos cansada que Waynapicchu. En bus bajamos en un zig-zag hasta Aguas Calientes, donde vimos a nuestro grupo por última vez.

Finalmente un tren nos llevó, incrédulos, de vuelta hacia Cusco. Hicimos el Camino Inca.

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El Norte de Perú

A eso de las nueve de la noche ya se leía “bienvenidos a Perú”. La emoción de los tres se podía sentir en todo el autobús, y a la vez estábamos deseando bajarnos ya. Llegamos a la terminal en Tumbes (ciudad que colinda con Ecuador). Al bajarnos conocimos los “mototaxis” que serían nuestros amigos en esta parte del recorrido. Son motocicletas con un asiento añadido a la parte posterior de la moto, para los pasajeros, y una pequeña canasta para el equipaje. Pareciéndose al final a triciclos.

De la terminal nos recomendaron el hostal Imperial, donde pasamos la noche. A la mañana siguiente desayunamos, recorrimos la plaza de armas y el malecón, que lo vimos por cinco segundos, ya que el deterorio y el olor a baño publico era lo que predominaba.

A medio día estabamos en la super microbus que nos llevaría a Máncora, una de las playas más visitadas y bonitas de Perú. La super microbus contaba con asientos destrozados, solo una ventana abría y tenía unas cortinillas azules que lo unico que hacían era estorbar. Pero no nos podía importar menos. Ibamos para la playa! A un precio super cómodo.

La primera impresión de Máncora fue <> Una brisa helada golpeaba la costa día y noche, pero la belleza de la playa y el viaje de promoción de un colegio de Lima, que en su mayoría eran mujeres, arreglaban todo. Seguido: hospedaje en una construcción, dejamos los bultos y a comer un delicioso cebiche peruano (si con b, aquí lo escriben así) con una Pilsen Callao.

Fuimos a recorrer la playa y fue cuando dimos con ellas. La playa de extensión es si acaso unos tres kilómetros, pero donde hay gente es como 300mts. En esos metros hay como cincuenta puestitos frente al mar, donde todos venden todo tipo de mariscos y comida tipica de la zona. Como se pueden imaginar el agua del mar es helada, así que el primer día le anduvimos de lejos.

En la noche parecía una noche en Coronado. Sueters, gorritos y pantalones largos eran nuestro atuendo. Fuimos a ver que nos ofrecía la vida nocturna de Máncora, la cual se limitaba a quinientos metros de calle, que dicho sea de paso esa calle es la Panamericana. Entonces se ven pasar buses, trailers y camiones cada cinco segundos, moviendo a la gente a punta de pitos de la calle.

Hay para todos los gustos en esos quinientos metros. Pero aparte del frío, unas cervezas y unas papas firitas la noche no ofrecía nada más. Es increíble lo temprano que la gente en Máncora termina la noche. A las 11:00pm parecían las tres de la mañana. Asi que regresamos a nuestra construcción y a esperar que amaneciera.

Salío el sol y decidimos que había que cambiarse de lugar, ya que el escándalo de la mezcladora y los trabajadores no era el óptimo para descansar. Después del almuerzo de la muerte, estudiamos las opciones y nos movimos al hotel Sol y Mar. Teníamos mesa de ping pong, piscina y un restaurante carísimo en el cual no comimos.

Seguro se preguntan por qué almuerzo de la muerte, ya les digo. Otra vez el sol había decidido irse, los abrigos volvían a nuestros cuerpos y Adrio parecía que andaba en el otro mundo. Asumimos que fue el cansancio del día de playa y la pésima noche anterior. Cerramos las puertas de la cabina como a las diez. Para que la madrugada nos contara que a Adrio algo no le había caído nada bien.

Con el sol de regreso me fui con Adrio a emergencias, porque ya era demasiado el dolor de estómago, y paso todo el día pegado a suero, grabol y cuanta cosa más se deleito el doctor administrarle en el suero. Tovi y yo mientras tanto almorzábamos y esperábamos en la cabina.

Ya con Adrio un poco más repuesto y con color en la cara, tomamos la desición de partir al día siguiente y no ese mismo día como era el plan, para que descansara y se repusiera por completo.
Eso nos restaba días para conocer lugares en la zona norte del Peru. Así que directo a Lima!

Como teníamos un día extra en Máncora porque el bus salía hasta las siete de la noche, buscamos una lavandería para tener todas nuestras prendas limpias, y nosotros a jugar ping pong y meternos al mar (sí ,sí nos metimos!) Ese mismo día conocimos a Flavia y a Maria José, que fue donde nos enteramos que eran de Lima y que andaban en un viaje de graduación, y ese mismo día se iban.

La ropa limpia, todo empacado para partir, nos comimos algo pequeño y a esperar el bus. El bus que en teoría duraba doce horas se extendió hasta diecisiete horas. Hasta el momento el transporte más incómodo y hediondo que nos ha tocado. La gente comiendo pollo con papas, cualquier cantidad de frituras que se puedan imaginar y un olor a pescado que llegaba por oleadas. Tuvimos tanta suerte que al llegar a Lima nos dimos cuenta que lo que apestaba a pescado eran los sacos que iban a la par de nuestros bultos. Sí… la ropa que estaba recién lavada y los bultos no olian a otra cosa que a harina de pescado.

Nos dimos cuenta de eso, cuando llegamos al Hostal Eurobackpackers y en nuestro cuarto olia a bus todavía. Buscamos otra lavandería para lavar los bultos, que al principio creíamos que era solo eso lo que olía, pero en Lima en las lavanderías no lavan bultos. Ya iban a ser las cinco de la tarde y no nos daba tiempo de dejar la ropa lavando para llevárnosla al día siguiente. No quedaba más que lavar los bultos a mano y rezar por que estuvieran secos para medio día. En efecto, no estuvieron secos… compramos bolsas y todo al bulto. Tampoco era que estaban chorreando agua, pero si suficiente para mojar la ropa.

Esa noche en Lima estuvimos hablando con Venus, Guisella, Stephanie y José Antonio, todos gente del hostal menos Stephanie. Luego visitamos el centro comercial que esta ubicado en el malecón de Miraflores, nombre de la zona donde estaba nuestro hostal. Una vez más dimos con el Escazú de la zona y los precios altísimos en todo lo que nos fijábamos. Regresamos a descansar ya que nos esperaba un bus de 24 horas que nos llevaría a Cusco.

El bus sería de la compañia Cruz del Sur. Un bus de dos pisos, donde los asientos de abajo se convierten en cama y los de arriba en semi cama. Los asientos súper comodos, el pasaje incluía cena y desayuno. Vimos muchas peliculas y hasta internet gratuito durante el primer tramo del viaje, ya que al empezar a adentrarse en los Andes no hay cobertura.

Los paisajes son impresionantes. Zonas absolutamente desérticas donde una que otra chocita se pueden ver, para después empezar a adentrarse en los Andes. Donde picos gigantes se levantan hasta el cielo y nosotros a la par siguiendo el curso del río. A eso de las diez de la mañana se empezaba a divisar la ciudad de Cusco. Sus techos de tejas, las calles pequeñas, parecían una maqueta colonial desde la montaña. Otro hostal recomenado en la terminal, el “Apu Wasi”, y a dormir.

Después que en dos días y medio recorrimos casi 1300km, estábamos completamente muertos, así que no hicimos más que almorzar e irnos a dormir. Al día siguiente llego don Hernan Soto (el encargado del nuestro tour para el camino inca) para dejar todo listo, entregarnos las bolsas de dormir y darnos un pequeño resumen de lo que nos espera los próximos cuatro días de caminata.

Ahora estamos a punto de ir a dormirnos, pero no queríamos irnos sin dejarlos al tanto de lo que ha pasado hasta el momento. Ya que a las 6:30am llegará una micro bus por nosotros y un par de horas después estaremos caminando hacia Machu Picchu.

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Quito y Guayaquil

Uno nunca puede conocer realmente una gran ciudad. No sin vivir en ella un buen tiempo. Uno toma una pequeña muestra, con gotero casi, y la saborea lo mejor que pueda. Es como imaginarse que un turista pudiera realmente conocer San José con una semana de estar ahí (digo, no es que San José sea una gran ciudad tampoco). El la ve por encimita, trata de grabar imágenes en su mente; de recordar lugares, colores, caras, sonidos, olores, la temperatura, el espesor del aire, y el ambiente que todo eso junto crea. Luego lo envasa todo junto, mínima fracción de la verdadera esencia de la ciudad, y se lo lleva como su propio recuerdo, su percepción muy personal de San José.

Si nos preguntan si conocemos Quito, podríamos apenas contestar que hemos estado en Quito. Escogimos, talvez al azar o talvez porque nos tocaba, una pequeña sección al norte de la ciudad, de no más de unas 6 o 7 cuadras a la redonda (o a la cuadrada?). Para nosotros eso es Quito. Y esas imágenes quedarán almacenadas en nuestra memoria e irremediablemente saltarán cuando alguien mencione el nombre de la ciudad.

Quito se divide en dos grandes partes. La parte vieja de la ciudad, la parte colonial e histórica, pero a la vez descuidada y deteriorada, queda al sur. Al norte está la parte nueva; el distito comercial moderno, lleno de edificios grandes (nunca tanto como Panamá), oficinas, hoteles y comercio. Entramos a la ciudad por el norte (viniendo de Otavalo, un corto viaje de dos horas) y en una movida poco práctica, la atravesamos completa para llegar a la terminal terrestre, que queda completamente al extremo sur. Acto seguido tomamos un taxi para devolvernos por donde veníamos y quedar de nuevo en la parte norte de la parte norte, que es donde estaba el hostal que buscábamos. Poco práctico, sí, pero sería la única vista que ibamos a tener del sector viejo de la ciudad (y además no sabíamos donde estábamos, OK?)

Llegando al norte, no encontramos un hostal sino cuarenta. E igual número de cafés, bares, y restaurantes. Estábamos en el distrito turístico mochilero de Quito, donde además, descubrimos que la proporción de gringos y europeos a locales era de 14 a 1. Así que además de una amplia selección de lugares donde quedarnos y donde sentarnos a tomar un café, teníamos para nosotros uno de los sectores más bonitos, mejor cuiudados y más seguros de Quito. Ni entramos al hostal que nos habían recomendado, porque el del lado se veía mejor. Dejamos todo tirado en el cuarto y nos fuimos. Curioso como las primeras veces que nos tocó dejar todas nuestras pertenencias (en este momento es como si fueran todas) en un hostal nos fuimos un poco preocupados y talvez hasta paranoicos, pensando si realmente estarían seguras. Ahora no lo pensamos dos veces, todas nuestras posesiones quedan protegidas por un candadito de combinación y seguimos nuestro camino.

Entonces agarramos un par de buses y llegamos a la Mitad del Mundo. Es todo un mini pueblito de tiendas y restaurantes, construido a partir del monumento a la mitad del mundo, y partido por una línea que pasa por el paralelo cero. En realidad cuando se hicieron los cálculos para determinar la latitud 0, los cartógrafos fallaron por 7 segundos de un grado; entonces la verdadera mitad del mundo (de acuerdo con la alineación magnética de los polos)queda como a 150 metros de ahí. No hay mucho que hacer ahí, además de tomarse una foto con un pie en cada hemisferio, y visitar un museo muy interesante dedicado a las misiones geodésicas de los europeos en Ecuador para determinar la mitad del mundo, y otras mediciones cartográficas.

Se nos han aparecido muchas oportunidades (coincidencias?) en este viaje, y en Quito fue una grande. Veníamos hablando de visitar el Cotopaxi, el volcán más alto del mundo, pero pensábamos que las probabilidades eran mínimas, por limitaciones económicas y de tiempo. Bueno, económicas. Pero ese sábado, entrando al hostal, nos topamos de frente con un letrero diciendo que ahí mismo organizaban tours al Cotopaxi a un precio accesible, y sólo los domingos.

No dudamos en aprovechar la oportunidad y a la mañana siguiente estábamos montados en una microbús junto con una pareja de señores holandeses, rumbo al Parque Nacional Cotopaxi, un área protegida que encierra a 7 volcanes más. El tour consistía en subir hasta los 4400 metros de altura, donde nos bajaríamos de la microbus y subiríamos caminando hasta el refugio que queda a 4800 metros. No suena complicado, excepto por el hecho de que a esa altura el cuerpo funciona completamente distinto y uno se cansa muchísimo más fácil.

Ibamos ilusionados con la idea de ver nieve (Tovi y yo por primera vez en la vida), y nos decepcionamos al llegar a la estación donde paran los carros. Por el clima, la nieve se había derretido mucho y ni siquiera en el refugio estaba nevado (en Julio, por ejemplo, estaba todo cubierto de nieve incluso hasta los 4400 metros). Igualmente nos lanzamos a la caminata, nada fácil, que nos tomó 40 minutos. Al llegar arriba Carlos y yo nos dimos cuenta que nuestra condición física está muy bien (gracias Mattera!) y paramos por un chocolate caliente. No se imaginan qué tanto nos supo a gloria ese chocolate. Desde el refugio se veía la nieve en la parte superior del volcán. Tan cerca pero tan lejos!

Por alguna razón, a Tovi le afectó más la altura y llegó bastante cansado arriba, y un poco desanimado por la ausencia de la nieve que tanto queríamos tocar. Nuestro guía nos propuso que si caminábamos unos 500 metros más (suena como poco, pero subiendo y a esa altura, no es así no más) podíamos llegar a la punta del glaciar y realmente ver la nieve. Carlos y yo aceptamos el reto, y nos encaminamos a subir esos 200 metros de altura extra. Para nuestra sopresa, al final de ese tramo extra, nuestro guía se notaba más cansado que nosotros (gracias de nuevo, Mattera!).

Así que después de todo, pudimos ver la nieve y meter nuestros pies y manos en ella (y hacer una bola y pegársela a Carlos). Buena noticia: mi iPod sirve a 5000 metros de altura. Así que ahí mismo escuchamos y cantamos El Universo Es Mío, y empezamos el decenso. El terreno arenoso que había dificultado enormemente la subida ahora se convirtió en nuestro amigo y acolchonaba nuestros pasos agigantados con los cuales volamos hasta abajo a gran velocidad, retrocediendo en 10 minutos lo que nos había tomado más de una hora en abarcar. De verdad como nos dijo el guía, la bajada es el premio (como si no lo hubiera sido ya la vista desde arriba).

El resto de Quito nos la pasamos disfrutando de nuestro distrito mochilero, tomando café, caminando y viendo gringos. Em, gringas. En la noche después de cierta hora había literalmente un policía en cada esquina; bastante tranquilo andar por ahí a cualquier hora.

Llegamos justo a tiempo a la terminal de TransEcuador que después de 12 horas más de viaje (increíble como 12 horas de bus ya ni siquiera parecen tanto) nos dejó en Guayaquil. Ahí nos fueron a recojer don Carol y doña Yolanda, amigos de los papás de Carlos, con los que habíamos hablado de antemano para que nos recibieran en Guayaquil. Y vaya que nos recibieron. Don Carol tuvo que irse de viaje imprevisto el día siguiente, entonces sólo los vimos esa noche. Les di la dirección del hostal que habíamos visto en el libro y nos dijo que la zona no era muy segura, así que de su bolsillo nos pagó dos noches en el Best Western Doral en la mejor zona de Guayaquil, alegando que de esa forma estarían tranquilos de que quedamos en un lugar seguro. Increíble generosidad la de don Carol, se lo agradecemos profundamente!

El día siguiente lo aprovechamos lo mejor que pudimos, dado que sería el único que tendríamos para conocer Guayaquil. La ciudad está constriuda al lado del Río Guayas, cerca de la costa en el suroeste de Ecuador. A todo lo largo del río hay un gran malecón sobre el cual hay restaurantes, parques, museos, y un centro comercial. Lo recorrimos de arriba a abajo, no sin antes comernos un ceviche de camarones con una Pilsener.

Otro “atractivo” de Guayaquil es el gigantesco mercado de La Bahía, donde hay cientos de puestitos de donde saltan vendedores para ofrecerle a uno, entre muchas otras cosas, anteojos de sol, ropa, DVDs pirateados, equipos de sonido y juegos de video.

Al final del malecón empieza la escalinata al cerro Santa Ana; una serie de gradas que llegan hasta la cima del cerro, desde donde se puede ver una impresionante vista de todo Guayaquil. Toda la longitud de la escalinata está completamente iluminada, vigilada, y delineada por pequeños bares y restaurantes. Esto la convierte en el centro de reunión de locales y turistas, que suben y bajan los 444 escalones a todas horas, pero especialmente en la noche. Ya de bajada, decidimos que nuestro método de selección de bar sería basado en la música. Así que cual oasis en el desierto, escuchamos, entre un mar de bares de donde sólo salía reggaetón y chiqui-chiqui, una canción del Unplugged de Nirvana. Un minuto después estábamos sentados en el bar con otra Pilsener. Disfrutamos del resto del Unplugged y cuando acabó, AC/DC nos hizo abandonar nuestros puestos y seguir bajando.

Terminamos la noche haciendo algo que de fijo no nos imaginábamos que ibamos a terminar haciendo en el malecón de Guayaquil: viendo la última película de Harry Potter, en el cine IMAX ahí mismo sobre el malecón (la pantalla es una semiesfera y la película puede ser proyectada hasta en 360º (180º en el caso de la que vimos). Un excelente final para nuestro bien aprovechado día en Guayaquil.

Al día siguiente merodeamos un poco más por las calles de la ciudad, esperando la salida del bus que nos llevaría al cuarto país de nuestra travesía.

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Otavalo

No había ni amanecido y ya estábamos en pie. Nos esperaban más de 14 horas de ruta entre taxis, buses, cruce de frontera y demás. Así que a las 5:30am llegá al Hostal Familiar en Popayán el taxi que nos llevaría a la terminal donde compraríamos el tiquete que nos llevaría por el último tramo de Colombia que nos faltaba recorrer. Llegamos a la terminal, empezó el ritual de decidir a cuál empresa confiaríamos nuestras vidas para el viaje. Una vez comprado el tiquete volvió la emoción de moverse y a la vez un sentimiento de tristeza por saber que serían las últimas horas en un país que nos dio muchísimo más de lo que esperábamos…

Así que a las 6:30 salió la microbus a Ipiales (pueblo que colinda con Tulcán, del lado de Ecuador). La vista durante este recorrido es impresionante. Uno va en una pequeña cajita metálica con cuatro ruedas, bordeando, subiendo bajando, atravesando macizos gigantes de tierra, con precipicios que apenas y se puede ver donde terminan. A diferencia de Costa Rica, que a donde uno vea en el camino ve verde, ahí se ve todo seco y árido, lo que hace más impresionante el sentimiento de inmensidad. Llegamos a Ipiales tres horas después de lo que se suponía duraba el viaje, buscando comida a donde fuera, ya que nuestro desayuno apenas y había existido. Pero ver el rótulo Bienvenidos a Ecuador a unos cuantos pasos de nosotros lo aliviaba todo.

Sellaron nuestros pasaportes, encontrramos una sodita y comimos. Una vez con el alma devuelta en el cuerpo, tomamos las mochilas y a caminar directo a Ecuador. Pasamos sin el menor contratiempo la frontera y otro bus! Ahora la ruta Tulcan-Otavalo que inicialmente sería Tulcan-Quito pero con la demora del bus anterior decidimos quedarnos en el pueblo de la Plaza de Ponchos, y que de todas formas lo visitaríamos en los próximos días. Aproximadamente dos horas después, el asistente del chofer del bus nos preguntó que a dónde era que íbamos, a lo que respondimos “Otavalo”. El señor alarmado nos respondió que era el pueblo que acabábamos de pasar y que nos tendríamos que bajar en Eugenio Espejo, que era el siguiente pueblo que está a hora y media de Otavalo!! Mentira, era tan solo a 5 min y fue lo mejor que nos pudo haber pasado.

Ya con las estrellas sobre nosotros, bajamos del bus esperando encontrar un taxi rápidamente. Para nuestra sorpresa, había disponible uno justo en la esquina de en frente. La señora que estaba con el taxista nos ofreció hospedaje, pero decidimos seguir con nuestro plan de los hostales recomendados en el centro de Otavalo. Mientras nos acercábamos al centro, conocimos mejor a nuestro taxista Stalin, hijo de las señora que nos acababa de ofrecer hospedaje. Su sencillez y humildad nos hizo confiar inmediatamente en él. Al llegar al centro y encontrar que el hostal al que íbamos estaba lleno, decidimos seguir nuestra suerte y devolvernos a la Hostería Laguna San Pablo, la que estaba exactamente en frente de donde nos había dejado el bus.

La Hosteria es un pequeño palacio al que llegamos porque teniamos que llegar ahí. Doña Magdalena, dueña de la hostería, nos recibió y trató como si fuéramos sus hijos. La tarifa por noche no podía ser mas cómoda y cada comida era igual de accesible para nuestro presupuesto. Después de una breve introducción de quiénes somos, llegó un café instantáneo con pan que nos reconfortó y dejo listos para ir a dormir.

Las cosas cada vez se ponían mejor. El plan era visitar la Laguna San Pablo, la Cascada Peguche, y en el centro de Otavalo la Plaza del los Ponchos, plaza donde los indígenas de la zona llevan sus artesanías para venderlas. Así que a la mañana siguiente al comentarle el plan a Stalin y a Doña Magda, nos pusieron al tanto que la Laguna está a quince minutos a pie de donde estábamos y la cascada a un poco más de la misma forma. Sin dudarlo terminamos nuestro desayuno y empezamos a andar.

En el horizonte se divisaba un imponente cerro y cada paso que dábamos nos llenábamos más de sur. De un pronto a otro apareció la gigantesca laguna de San Pablo, donde fácil cabe toda la Sabana. Seguimos bordeándola para encontrar el río que nace de ella y seguirlo hasta dar con la cascada de Peguche. Siguiendo el río se veía cada vez más indígenas pastoreando ovejas y cerdos principalmente, otros lavando la ropa a la orilla del río y niños acompañando a los que hacían sus deberes. Después de un buen rato de caminar, dimos con el poblado de Peguche, que es el que cuida las puertas para la entrada a la cascada.

El lugar es mágico, con senderos bordeados de árboles con cientos de años, verde y agua por doquier. Pocos minutos después de adentrarse por los senderos, aparece la cascada precipitándose con una fuerza impresionate, creando ráfagas de viento sumamente refrescantes por las gotas de agua que llevan con ellas. Continuamos recorriendo cada sendero que encontrábamos. La lluvia nos acompañaba de vez en cuando pero no era razón suficiente para hacernos dejar ningún sendero para después. Una vez completado el recorrido continuamos nuestra caminata hacia el centro de Otavalo. Llegamos a la Plaza de los Ponchos a eso de las tres de la tarde, cuando ya la mayoría de puestos estaban cerrando, así que dejamos para el próximo día nuestra compra de artesanías. Volvimos a la hostería para tener una deliciosa cena y descansar.

A la mañana siguiente con todos los puestos disponibles para nosotros, empezó la busqueda por nuestras ropas de frío. La plaza nos recibió con un colorido y variedad impresionante de artesanías, tales como: manteles, ponchos, gorros, bufandas, abrigos de lana y alpaca, todo a precios realmente bajos. Fue sumamente difícil decidir qué llevar y decir que no a la cantidad de cosas geniales que ofrecían. La tarde empezaba a caer y ya Quito nos llamaba.

De vuelta en la mesa de doña Magda conocimos a Humberto, nuestro nuevo amigo de Otavalo, indígena de la zona. Después de un rato de estar hablando con él, nos dijo que era una lástima que nos fuéramos al amancer, porque le hubiera encantado invitarnos a su casa y a sus plantaciones de tomate de árbol. Como se pueden imaginar, no dudamos ni un segundo en extender nuestra estadía en Otavalo y aceptar la invitación de un hombre al que el ingenio y la determinación se le desbordan por doquier.

Cuando el reloj marcaba las 5:30am ya estábamos desayunando con Humberto para irnos hacia su casa. Tomamos un bus y en veinte minutos estabamos en uno de los lugares con las vistas más increíbles de la zona. Empezamos a descender la montaña por sus propiedades y de amigos de él para dar con su casa un par de horas después, donde nos prepararon papas, huevos duros, habas tostadas, pan integral de trigo y agua de panela (aguadulce). Su esposa Roselin nos recibió con gran agrado y también conocimos a Segundo, otro emprendedor de la zona que busca como superarse con la dura situación por el bajo precio en que actualmente compran sus cosechas.

Estar ahí entre gente de la zona nos llevo a otro mundo, a gente tan sencilla y amable que abre sus puertas a la gente que pasa por su lado con el simple propósito de hacer amistades y crear lazos, sin pedir nada a cambio. Humberto nos comentaba orgulloso de los planes de construir cabañas sencillas para turistas y ojala poder convertir su casa en una casa de huéspedes para estudiantes. Además tiene planes de comprarse un tractor, ya que estaba llevando clases para poder obtener la licencia. Gracias a la iniciativa del actual gobierno ecuatoriano, ellos ahora pueden llevar las clases sin ningún costo. Después de habernos alimentado y regalarnos una bolsa de habas tostadas gigante, nos mostró la ruta de regreso a través de la montaña. Con una calurosa despedida nos dijo que ya tenía tres amigos más y que esperaba que si volvíamos por la zona, no olvidáramos visitarlo.

Ya en la hostería, con la sensación de haber entrado en un cuento y de haber vuelto a la realidad, decidimos pasar una noche más en ese lugar increíble que habíamos encontrado a tan solo dos horas de Quito. Definitivamente los edificios y la ciudad podían esperar un día más. Así que ya saben, si alguna vez llegan a Otavalo, sigan 5min más al sur para llegar al pueblito de Eugenio Espejo, y en seguida encontrarán la Hostería Laguna San Pablo. Una vez ahí, pregúntenle a doña Magda por Humberto y díganles que son amigos de los tres ticos que un octubre anduvieron por esos rumbos.

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Cali y Popayán

Es una experiencia extraña viajar en bus durante toda la noche. Uno nunca va realmente dormido y, después de un rato de monótono camino oscuro, tampoco va realmente despierto. Así que las 10 horas a Cali pasaron en un trance adormilado.

Llegamos tempranito en la mañana a la capital de la salsa en Suramérica. Así le dicen con mucho orgullo a esta ciudad, donde todo es “rumba”, baile y salsa, mucha salsa. Hay una cantidad inmensa de discotecas donde ir a bailar, muchas de ellas con grupos en vivo que tocan salsa toda la noche, y además las principales son lugares muy high tech, grandes, con super sistemas de sonido y luces. Realmente da pleis tu bi para los que disfrutan de menear la pera al son de los mejores ritmos tropicales. Como se podrán imaginar, ninguno de nosotros cae en esa categoría, así que Cali sería de pasada no más (aunque Tovi estuvo demostrando sus habilidades en cierta acera de Bogotá una noche hace no mucho)

Llegamos a un hostal en la zona norte de la ciudad, que es la mejorcita. Descansamos toda la mañana, porque estábamos golpeados de la travesía nocturna. Nos fuimos al centro a conocer, y pues no hay mucho que ver. Nos sentíamos como caminando por San José, y además era sábado entonces como que todo estaba medio muerto. Hicimos un intento por encontrar el Museo de Arte Moderno, pero no dimos con él y desistimos. Optamos por ir a caminar de nuevo al norte; básicamente el Escazú de Cali. Caminamos por la avenida 6, famosa porque sobre ella están la mayoría de los grandes clubes de salsa.

Almorzamos por ahí y dimos con un Juan Valdéz, hacia el cual marchamos decididamente. La otra razón por la que Cali es famosa es por que supuestamente ahí están las mujeres más lindas de Colombia, y si eso es cierto, en el Juan Valdéz vimos una pequeña muestra. Como les digo, estábamos en el Escazú de Cali, así que estaba repleto de chiquitas pipis bonitas. Disfrutamos del café y al volver al hostal nos enteramos que cerca había un bar donde tocaban música andina, trova y rock en español. Justo nos disponíamos a salir cuando apareció Freddy, quien cuida el hostal en las noches, y nos dijo que el bar ya no existía.

Confundidos y perturbados por esa noticia, nos sentamos seriamente a discutir el futuro de nuestra noche en Cali, y descubrimos que nos quedaba algo muy importante por hacer antes de salir de Colombia. Era imperativo probar la Costeña! Así que tomamos la iniciativa y nos lanzamos a la refrigeradora del hostal. Después de una buena sesión de Costeñas, llegamos al veredicto: es buena!

No valía la pena quedarse más en Cali y a la mañana siguiente nos dirijimos hacia Popayán, a 3 horas de Cali, en el departamento del Cauca. Popayán, conocida como “la ciudad blanca”, es una ciudad colonial increíble, donde todas las construcciones, al menos en el centro, son de adobe, pintadas de blanco y con techo de tejas. La alcaldía de la ciudad no permite pintar las casas de ningún otro color, y no se permiten techos que no sean de tejas ni construcciones de más de dos pisos. Además es muy importante en la historia sociocultural y política de Colombia: más presidentes Colombianos han nacido en Popayán que en ninguna otra parte del país, y también ha sido cuna de importantes poetas y pintores. Además ahí se encuentra la Universidad del Cauca, de las más antiguas y más importantes de Colombia.

La magia colonial de Popayán fue acentuada dramáticamente para nosotros por una feliz coincidencia: llegamos domingo, y las calles estaban desiertas (no sabíamos que tan desiertas hasta el día siguiente, cuando nos encontramos en medio de un mar de gente y carros en todas partes de la ciudad) Pero ese domingo disfrutamos de una paz y soledad total en las calles del centro, que nos permitió apreciar mucho más profundamente la arquitectura y el aire de ciudad colonial de Popayán.

Caminamos por horas en las blancas calles desiertas. En una de las tantas vueltas, nos topamos de frente con el Museo de Guillermo Valencia, un importante político diplomático poeta nacido en Popayán. Llamándonos a entrar estaba un letrerito indicando que ese día, por ser último domingo de mes, la entrada era gratis, así que entramos a la casa de don Guillermo y conocimos todo sobre su vida y su obra. Igual de impresionante que la obra de este señor era la casa colonial, perfectamente preservada, incluyendo su cama, su vestuario, su oficina y los 8 mil libros que pertenecían a él. Los leyó todos.

El sol cayó y el resplandor de las paredes blancas fue sustituido por el de los faroles amarillos que iluminan cada calle de la ciudad. Habíamos caminado incontables cuadras buscando un lugar donde tomarnos un café, sin percatarnos de que justo frente a nuestro hostal estaba el mejor café en el que hemos estado en Colombia: Café Tierradentro. Disfrutamos de un delicioso jugo de lulo (digo yo que es como tomar fresco de carambola, un poco más ácido y más fuerte en sabor) y acordamos extender nuestra estadía en Popayán un día más.

Dormimos plácidamente en el Hostal Casa Familiar, una casa colonial atendida por Doña Lina, una señora muy callada pero muy amable. A la mañana siguiente fue grande nuestra sorpresa al encontrarnos un Popayán completamente distinto, muy transitado de carros y gente (principalmente universitarios; según nos contaron, Popayán ahora es una ciudad de carácter muy universitario, lo cual se evidencia en la gran cantidad de grafittis y afiches de denuncia política).

Caminando se aprende la vida, y nos hemos hecho bastante buenos en eso últimamente. Así que seguimos nuestra caminata por Popayán y nos dirigimos al morro de Belalcázar, una pequeña montaña artificial al este de la ciudad, coronada por una estatua de Sebastián de Belalcázar, fundador de la ciudad. Desde ahí pudimos ver el mar de techos de tejas que es Popayán, una vista excelente. Bajamos y anduvimos merodeando por la zona de la universidad, luego por el centro y cuando nos dimos cuenta estábamos de nuevo sentados en el Tierradentro con otro vaso de jugo de lulo en la mano.

No salimos del café en toda la noche, y estuvo genial. Tomamos capuccino y disfrutamos de una pizza margarita que estaba, como diría Carlos, perfecta (no tengo otra palabra mejor para describirla). Por cierto que fue noche de celebración: llevamos un mes de viaje! Así que terminamos la noche con una copa de vino (un vino caliente y dulce, nunca lo habíamos probado así pero rico) con la cual brindamos por nuestro primer mes de avanzar constantemente hacia el sur. Popayán nos sonreía con una gran luna amarilla; un broche de oro gigante en el cielo, con el cual cerramos Colombia.

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Una Semana en Bogotá

Una semana son siete días, no dos, ni tres, cierto? Entonces, alguien me puede explicar por qué la última se fue tan rápido? Y por qué, con todo lo que falta por ver y experimentar, sigo deseando que esta semana nunca se acabe? Así ha sido nuestra experiencia en Bogotá. El tiempo se pasa volando cuando se disfruta, eso es un hecho indiscutible. Claro está, lo contrario también es cierto, entonces espero que disfruten este post y que no se les haga eterno, porque es bastante largo. Siéntense cómodos, vayan por un café, pongan música, o simplemente prepárense, porque acá va.

Primero quiero explicar algo. Mis papás son de Colombia, y aunque gran parte de mi familia se fue a vivir a Costa Rica por ahí de la década de los setenta, casi toda mi familia por parte de mi papá y otro tanto por parte de mi mamá, vive en Colombia. En una casa en La Esmeralda, Bogotá, vive mi abuelita, Olga, junto con dos tías, Fanny y Claudia, y tres primos míos, Juan Jacobo, Verónica y Gabriel Simón. No lejos de ahí vive también otra tía mía, María Victoria, junto con su esposo Eduardo y sus hijos Sergio Andrés y Diego. Sencillamente no puedo ni empezar a contarles lo increíble que es cada una de estas personas.

Aunque yo había venido de visita hace diez u once años, no conocía a todos ellos. La razón es porque 3 de mis primos, Sergio Andrés, Diego y Gabriel Simón, tienen todos menos de diez años. Los otros dos, Juan Jacobo y Verónica, tienen nuestra edad.

Llegamos a Bogotá a las 8pm. Lo primero que hicimos Carlos, Adrián y yo desde que nuestro querido Rápido Ochoa nos dejó en la terminal de buses en Bogotá luego de un movido viaje de 12 horas, fué ir al baño. Lo segundo, llamar a Juan para avisarle que habíamos llegado. Luego pasaron 15 minutos, y los ví: Juan y Verónica estaban afuera de la terminal buscándonos, sin saber bien cómo éramos ni dónde estábamos exactamente. Claro, tres mochileros barbudos no se pierden tan fácilmente, entonces en seguida ellos también nos vieron y nos reunimos. Las sonrisas y la bienvenida que nos dieron ya nos mostró claramente lo maravillosos que son los dos. Luego de confirmar que yo era su primo y de presentarles a Adrián y Carlos, nos dieron la mejor de las noticias que nos pudieron haber dado en ese momento: que no encontraron ningún hotel en donde nos pudiéramos quedar. En realidad, ni buscaron. En realidad, no tuvieron ni tiempo de buscar. Por qué? Pues porque estaban muy ocupados preparando todo en casa para recibirnos y acomodarnos.

Procedimos a pedir un tiquete en una ventanilla, para abordar un taxi que nos lleve a La Esmeralda. Hablamos con un taxista, el cual relinchó algo dando a entender que no nos montaba a los cinco ni en sueños. Hablamos con otro, pero lo mismo. Entonces procedimos a pedir un segundo tiquete en la ventanilla, y nos repartimos en dos taxis, el del tipo que relincha y el que estaba atrás. Carlos y Juan se fueron en el primero, y Adrio, Vero y yo nos fuimos en el de atrás. Durante el viaje hablamos de cosas como la familia, y sobre los planes de llevarnos a conocer la ciudad los días que venían. Llegamos, pues, 15 minutos más tarde, a la casa de mi abuelita Olga.

Si alguna vez han sido recibidos como reyes en alguna parte, podrán empezar a entender cómo nos sentimos nosotros al llegar a la casa. Mi abuelita, mi tía Claudia y su hijo Gabriel Simón estaban esperándonos tan emocionados como nosotros. Nos mostraron donde nos íbamos a quedar, que era en un apartamento anexo a la casa (se comunican por dentro como si fueran una misma casa), donde vive Claudia con su hijo. Nos sentamos a hablar en la sala, y poco tiempo después llegaron María Victoria, Eduardo y sus hijos. Conversamos un gran rato sobre nuestro viaje, lo que habíamos visto hasta el momento, lo que nos espera en Bogotá y lo que nos falta en los próximos meses. Con cada minuto pasado nos sentíamos más en casa. Finalmente, instalados ya en Bogotá, nos fuimos a dormir.

Así fue nuestra llegada a Bogotá, completamente diferente a lo que habíamos vivido hasta ese momento en el viaje. Extrañamente por un momento olvidé que se trataba del mismo, de nuestro viaje por lo desconocido, de nuestras aventuras en el Sur… Esto era más como estar en casa, lo cual era un respiro muy bien recibido.

Al día siguiente nos despertamos y nos prepararon un desayuno. Fue el primer desayuno de verdad en muchas semanas, y lo agradecimos muchísimo. Conocimos a Conchita, una amiga/prima de mi abuelita que se iba a quedar en la casa el fin de semana. Juan y Vero tenían ya un plan para el día, así que entonces salimos a conocer la ciudad más grande que habíamos visitado hasta el momento.

Tomamos un bus a la zona de La Candelaria, y empezamos a caminar para conocer todo. Nuestra primera visita fue a la casa Botero, un museo de arte. Para quien no lo conoce, Fernando Botero es un artista colombiano contemporáneo de mucha importancia. Es el que pinta gordos, por si acaso. Suena conocido? Bueno, en fin, el museo se compone en su totalidad de piezas de la colección personal de Botero, quien las donó al gobierno colombiano en 1986. Había, por supuesto, pinturas y esculturas de Botero, pero también se encontraban desde obras de Picasso y Miró hasta trabajos más contemporáneos de artistas latinoamericanos.

Caminamos un poco más por la zona, y llegamos a un café Juan Valdez (quien toma café de Costa Rica, por cierto) y nos quedamos un rato hablando y tomándonos unos tintos (yodos). Ya que estábamos al lado de la biblioteca Luis Angel Arango, entramos. Es un lugar super interesante, con exposiciones de libros viejos y valiosos, y de arte en general. Justamente tenían en ese momento una exposición de título “Luz y Movimiento”, de un artista argentino de apellido LeParc. Es una de las exposiciones de arte más bellas en las que hemos estado. Consiste casi enteramente en cuartos oscuros con diseños hechos con luz y láminas de metal o espejos que reflejan esa luz, y la proyectan en la pared o en otros objetos. Realmente fue muy interesante y una experiencia muy bonita.

Seguimos caminando por toda la zona universitaria hasta llegar a la Universidad de los Andes, donde hay muchos chuzos (chantes) donde comer y tomar birra. El lugar escogido fué Chilis, donde comimos excelente comida típica, pero mexicana. Ya almorzados seguimos caminando por la zona, nos tomamos una birrita en la acera y seguimos hasta el Museo Nacional.

En el museo nacional hay un aerolito muy bonito, y luego un montón de retratos de señores españoles viejos. Ah, y también unos pelos de Francisco de Paula Santander. Super interesante…

Un poco adormilados, decidimos devolvernos al Hotel Abuelita. Estuvimos un rato preparándonos para salir de rumba en la noche, y terminamos en el bar La Candelaria. Es un lugar pequeño en donde ponen la música que uno quiera, con unas escaleras en donde la gente suele caerse y romperse la nariz. Tomamos Aguilitas y Club Colombias, y terminamos cantando “Vasos Vacíos” a todo pulmón como si no hubiera mañana. Nos fuimos solamente porque nos echaron a las 3 de la mañana. Es probablemente la mejor noche que hemos tenido en el viaje.

Nos despertamos el Sábado temprano, porque la familia nos había invitado a Zipaquirá, un pueblo que queda norte de Bogotá. Ahí hay una antigua mina de sal, que al estar ya explotada al máximo, convirtieron en una Catedral subterránea gigante. Se llama la Catedral de Sal, y es la segunda que construyen en la misma zona. Hay mucha sal. Es una atracción turística muy común, e incluso la alquilan para hacer conciertos y otro tipo de eventos. Fué una experiencia increíble estar a ciento ochenta metros bajo tierra, pasando por las catorce estaciones del viacrucis esculpidas en la misma mina.

Al día siguiente intentamos despertarnos muy temprano para subir al cerro Monserrate, el cual está siempre visible donde quiera que uno se encuentre en la ciudad. No logramos exactamente madrugar, pero llegamos a eso de mediodía. Íbamos con Vero, Juan y Mayda, una amiga de Vero. Decidimos subir por teleférico, ya que el clima amenazaba con mojarnos. Sin embargo, ya arriba el clima se despejó (gracias a un conjuro que hicimos en la cima) y pudimos ver la espectacular vista de Bogotá desde seiscientos metros de altura. Tomamos muchas fotos y la pasamos excelente. Para los que visiten Bogotá, Monserrate es un destino obligatorio.

Luego de ahí nos fuimos para el taller de Vero y Mayda. Ellas, junto otros dos socios, tienen una marca de ropa llamada Missil. Hacen ropa para jóvenes, con un estilo urbano y muy original.

El lunes llegó mi tía Fanny, que estaba en Chile de paseo. Nos fuimos todos a almorzar a un lugar de carnes, donde probamos el Chigüiro (una especie de roedor gigante, delicioso). Los siguientes días la pasamos con Juan y Vero. Visitamos el Parque Nacional, jugamos frisbee por horas en el parque Simón Bolivar, conocimos la “zona rosa” (como el Escazú de Bogotá) y terminamos celebrando adelantadamente el cumpleaños de Vero en la casa, con aguardiente y cerveza.

Llegó el que se suponía era el último día en Bogotá. Nos levantamos tarde (para variar), y fuimos con Vero a visitar el Museo del Oro (mientras Juan se sacudía el guayabo). El museo está en remodelación, pero lo que vimos fue muy impresionante. Una colección muy grande de orfebrería precolombina, acomodada de manera llamativa e interesante. Ya era tarde cuando salimos de vuelta a casa, y Bogotá nos llamaba a quedarnos una noche más. Decidimos que era lo mejor y le hicimos caso sin discutir.

Nuestro último día extra (el tercer “día extra” en Bogotá) fue el cumpleaños de Vero. Caminamos con Juan y ella por varios kilómetros en el centro de la ciudad, y terminamos en el taller de Missil. Junto con sus amigos le cantamos cumple años, y nos fuimos a la casa a preparar nuestra partida.

Nos tomamos un café, nos pusimos a hacer pulseras con Vero, organizamos música en la computadora, le instalé un emulador de Sega a mis primitos, hablamos con todos… pero al fin ya no pudimos posponer más lo inevitable. Nos pusimos a empacar con el mismo ánimo de quien va a un funeral, revisamos todo dos y tres veces, y nos pusimos nuestros zapatos “HiTec” y el resto del disfraz de mochileros. El primero de Septiembre fué difícil salir de casa a las cuatro de la madrugada, pero no hay palabras para decir qué tan difícil fue decir adiós a La Esmeralda.

La familia que nos hizo sentir en casa por una semana y un día, mi familia, ahora estaba despidiéndonos en medio del frío de Bogotá, pero con abrazos y palabras que nos hicieron sentir más calor que en una tarde en Barranquilla. Nos fuimos hacia la terminal junto con Juan, su novia, Vero y Zafiro, una amiga de Vero que llegó para su cumpleaños, y que nos ofreció llevarnos en su carro. Es difícil encariñarse con alguien en una semana, pero algo esa noche nos demostró que los lazos que hicimos en Bogotá eran más fuertes de lo que nunca nos hubiéramos imaginado. Nos despedimos todos. Abracé a mi primo. Abracé a mi prima. Nos dimos la vuelta y empezamos a caminar hacia el tumulto de gente, buses y oscuridad. Nos abrazamos y acordamos no mirar atrás… Bogotá nos llamaba a quedarnos otra noche, otras diez noches… pero ya era hora, si queríamos continuar, de decir adiós. Soltar todo y largarse… nuestro lema… esa noche en Bogotá nos dimos cuenta de su significado.

No fué un Rápido Ochoa esta vez, sino un Expreso Bolivariano, el que nos alejaría de Bogotá y de la gente más increíble que pudimos haber imaginado. Ahora hacia Cali. Quién sabe qué más nos espera.

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Medellín

Catorce horas después de tomar un Rápido Ochoa en Cartagena llegamos a Medellín. Ahí nos esperaba Marien para llevarnos a lo que sería nuestro más lujoso apartamento hasta el momento en el viaje, que ella previamente había seleccionado.Tiramos los bultos en el cuarto y a caminar por los alrededores para ubicarnos y saber que nos ofrecía el barrio.

Volvimos de la inspección realmente contentos del lugar donde habíamos llegado. En la nevera aguardaba una lasagna y un pie de limón cortesía de nuestra anfitriona y su madre. Una vez comidos, a descansar por que las catorce horas ya estorbaban en el cuerpo. La lluvia matutina nos acompañaba una vez más, moviendo nuestro amanecer hasta pasado el medio día. Una vez que la lluvia se fue fuimos por provisiones.

Caminando por las tranquilas calles de los Laureles, respirábamos una gran familiaridad con las calles de nuestra tierra comparando una vez más con Rohrmoser. Desde la temperatura, el verde al alcance de la mano y parques por doquier, pero con la gran excepción de que casi todas construcciones son de ladrillo, detalle que nos gustó muchísimo.

De regreso comimos algo rápido y nos fuimos con Marien a la zona de El Poblado, específicamente al parque Lleras que está rodeado de bares, restaurantes y cafés para todos los gustos. Empezamos con un cappuccino en Juan Valdez (marca de uno de los cafés más reconocidos de Colombia a nivel internacional) un par de vueltas y terminamos escogiendo La Barcelona donde había 3×1 en cervezas nacionales y ciertos cocteles. La noche terminó temprano ya que al día siguiente recorreríamos toda la ciudad.

Desayunamos y directo a la estación de metro llamada Exposiciones. Subiendo las gradas la emoción crecía ya que ninguno de los tres había estado en un metro antes. Nuestro destino: el Metro Cable, una conexión del metro donde se convierte en un teleférico para llevarlo a uno a las zonas altas de Medellin.

El sistema de metro y MetroCable es realmente impresionante en términos de eficiencia, tecnología y seguridad. Conecta todas las zonas más importantes de Medellín, atravesando la ciudad de norte a sur (o de sur a norte, depende de donde lo agarre uno). Lo tienen super bien cuidado y hay toda una campaña llamada “Cultura Metro”, donde incentivan el buen cuidado del metro y propician que toda la experiencia sea lo más agradable posible. Definitivamente San José necesita uno urgentemente.

En la estación de Acevedo, uno se baja del metro y se pasa a una de las cabinas que cuelgan del kilométrico cable que sube hacia la montaña (o baja, depende de donde lo agarre uno). Conforme se va subiendo, se puede ver como Medellín es un gran hueco. No, literalmente es un hueco; un gran valle en medio de las montañas sobre las cuales se extienden cada vez más los suburbios en forma de miles de casitas de ladrillos, que a la distancia forman una gran capa naranja/rojiza que cubre todo el paisa-je.

Recorrimos toda la ruta del Metro y Metro Cable, conociendo los lugares donde serviría bajarnos luego. Decidimos ir a almorzar y luego regresar a los puntos que más nos interesaba visitar. Ese día el almuerzo fue en honor a los abuelitos de Tovi ya que ambos habían nacido en Medellín.

Nuestro plan de regresar al metro se vio frustrado por un diluvio que duró horas de horas, así que no quedo más que estar bajo techo. El internet café Games Box fue refugio en la tarde y el buen Discovery Channel nos acompaño toda la noche. Amaneció y directo a la terminal norte de Medellín para abordar otro Rápido Ochoa que nos llevaría a Bogotá.

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La Ciudad Amurallada

Llegamos a Cartagena en medio de un diluvio que había inundado todas las calles de la ciudad. Agarramos una buseta que nos dejó cerca del hostal en el que pensábamos quedarnos, Casa Viena, que sonaba bastante bien y del cual habíamos visto tarjetas en el hostal de Panamá, y también en el guidebook que llevamos. Estamos dándonos cuenta que los lugares que salen muy recomendados en los guidebooks siempre están repletos, y pues ese fue el caso en el Casa Viena. Entonces de ahí mismo nos refirieron a un hotelito como a los 100 metros, el Hotel Familiar, donde rápidamente nos instalamos y salimos en búsqueda de alguna pulpería para comprar nuestro almuerzo.

Nos quedamos en Getsemaní, de las zonas más baratas de Cartagena y por eso también de las más feitas. Es apenas un área de unas 3×3 cuadras lo que es feo, pero igual pronto se haría oscuro y seguía lloviendo, entonces decidimos atrincherarnos en el hotel por el resto del día. El Hotel Familiar es sacado directo del siglo pasado, con balcones coloniales, cuartos espaciosos, finas puertas de madera con un moderno sistema de seguridad de dos argollas y un candado, y un amplio baño con lluvia interna incluida.

Ya sin lluvia y con todo el día por delante, nos despertamos al día siguiente y nos dirigimos a conocer Cartagena. En dos platos, es “ acumulaban ahí los españoles. Para defenderse, se construyó una muralla alrededor de toda la ciudad, y varias fortalezas diseñadas para almacenar y proteger dichos tesoros; siendo el más prominente el Castillo de San Felipe de Barajas, la fortificación europea más grande construida en América.

De vuelta a la ciudad. El centro está rodeado de la gran muralla, que tiene unos 6 metros de alto por otro tanto de ancho en la mayoría de su extensión, pero varía bastante. Se puede caminar por encima de la muralla bordeando toda la ciudad, y en muchas partes están también los antiguos cañones, apuntando al mar, con que defendían la ciudad.Adentro, todas las construcciones son completamente coloniales, con calles estrechas bordeadas de edificios de dos o tres pisos con balcones de madera, pintadas de colores, y siempre llenas de gente caminando para todas partes, la mitad turistas, la otra mitad locales tratando de venderle cosas a los turistas (llega a ser bien desesperante en realidad). En la entrada de la muralla está la Torre del Reloj, que se eleva sobre tres grandes arcos que sirven de puerta a la Plaza de los Coches, donde está la imponente estatua de Pedro de Heredia y usualmente se parquean los coches con caballo que llevan a la gente por toda la ciudad.

Después de conocer la ciudad y comer en una de las tantas soditas que se encuentra uno en las afueras (2800 pesos, o 700 colones, por una “bandeja”, una comida completa como un casado), encontramos un buen lugar donde trasladarnos; el Hostal La Casona de Getsemaní se convirtió en nuestra nueva posada, en la misma zona que el otro pero mucho más bonito y nuestras cosas estaban mejor protegidas con una cerradura de verdad.

Afuera de la ciudad amurallada está Bocagrande, otra parte sumamente importante de Cartagena, más turística aún, y con un aire completamente distinto. Esta es la plarte playera; la importancia histórica y arquitectura colonial son remplazadas aquí por playas, turismo, edificios altísimos de hoteles y apartamentos. Caminamos un par de kilómetros para llegar hasta allá, no sin antes ser detenidos y requisados por la Policía Turística, liderados por un señor con muchas ganas de joder (a Carlos lo hicieron abrir el compartimento de baterías de la cámara, con eso lo digo todo). No es la gran cosa Bocagrande; y como comentábamos un día de estos, creo que muchas de las grandiosas playas que se supone que uno va a ver, deben ser grandiosas para los gringos de Kansas, pero la verdad es que de las que hemos visto hasta ahora, Costa Rica no tiene nada que envidiar.

Al tercer día nos dirijimos al Castillo de San Felipe, una mole gigante de piedra que se divisa desde la ciudad amurallada, aunque está a varios kilómetros de distancia. No es un castillo como nos lo imaginábamos, pensando en las edificaciones europeas cuadraditas bonitas con torrecitas, sino es más bien un fuerte inmenso, una construcción militar sin mucha forma, lleno de plataformas desde las cuales se puede ver cada rincón de la ciudad de Cartagena, y con 4 kilómetros de túneles internos. Increíble estar pasando por esos túneles y pensando que ahí mismo hace unos 350 años estaba todo un ejército de españoles defendiendo tesoros y peleando a cañonazos. Carlos estaba como loco en los túneles y lo tuvimos que convencer que quedarse a vivir ahí no era la mejor de las ideas.

El resto de la tarde y noche nos dedicamos a caminar por la ciudad amurallada; visitamos el Monasterio de San Pedro Claver, un padre que vivió en Cartagena y dedicó su vida a cuidar a los esclavos que entraban al puerto (otra importante actividad en la época colonial). Junto al monasterio está la imponente Catedral de Cartagena, construida cerca del año 1600. Otro importante lugar, aunque no tan histórico, fue la Plaza Santo Domingo, donde hay varios cafés lado a lado que colocan sus mesas afuera en la plaza, y por la fuerte competencia, tiene cada uno un par de muchachas guapas invitando a la gente a que entren a su café. Así conocimos a Cindy, Nadia, y sus amigas, que nos persuadieron a sentarnos por un café (no fue fácil) y se quedaron hablando con nosotros gran parte de la noche, hasta que las empezaron a regañar. Entonces nos fuimos para que siguieran con su trabajo, y nos preparamos para partir hacia Medellín a la mañana siguiente.

Y no funcionó. En medio del diluvio interminable que se vino esa noche, no oímos la alarma que sonó a las 4 am (el bus salía a las 6). O no la oímos, o Carlos la apagó sonámbulo, no sabemos bien. En todo caso, no habríamos podido salir porque las calles estaban inundadas. Así que tomamos el día para descansar y caminar aún más por la ciudad amurallada. Pasamos horas sentados en las gradas de la Catedral y en las bancas del Parque Simón Bolívar. Visitamos un museo de oro, sumamente interesante. Y por alguna razón nos encontramos de nuevo en la Plaza Santo Domingo tomando café y despidiéndonos de nuestras nuevas amigas.

A la mañana siguiente sí oímos el despertador.

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