pucón

Posted 6 February, 09:17 PM by adrio

Antes de llegar a Chile, ni sabíamos que existía Pucón. Después de Santiago, planeábamos continuar nuestro trayecto al sur en un lugar que se llama Concepción, y de ahí pasaríamos hacia Argentina. Pero ya estando ahí y consultando con nuestros conocedores contactos chilenos, nos enteramos de que al sur queda un pueblo llamado Pucón, y después de muchas recomendaciones, decidimos ajustar la trayectoria y de nuevo nos enrumbamos hacia el sur.

Pucón queda en el área conocida como la Zona de los Siete Lagos, ubicada unos 150 km al sur de Santiago, y que abarca siete lagos en Chile y también en Argentina, tocando la parte norte de la Patagonia. Uno de esos lagos es el Villarica, el cual a sus orillas tiene por un lado al pueblo de Villarica, y al otro lado, Pucón.

Aún sabiendo que íbamos a un lugar especial, nos sorprendimos una vez que llegamos ahí. Alguien puso un cartelito en el hostal en Santiago, detallando cómo llegar hasta ahí, y concluía con: “Pucón is awesome!”. Nos dimos cuenta que no estaban exagerando, y se convirtió en el lema oficial de Pucón durante nuestra estadía ahí (que en un principio iba a ser un día y se extendió a 5). Ahora, para que se den una idea: Pucón es un pueblo pequeño; como de unas 6×10 cuadras más o menos. El lugar es nítido, acogedor; casi todas las construcciones del pueblo están hechas de piedra y madera, lo que le da un aire como de pueblito de los Alpes de hace un siglo. Hacia un lado, se llega a una playa bastante grandecilla, de piedras diminutas (o arena muy gruesa, como quieran), que da al lago. Por cierto que si uno anda con Converse despedazadas, es bastante incómodo como las piedritas inundan los zapatos en los tres primeros pasos. Si se vuelve la mirada hacia el lado opuesto al lago, está lo más impresionante de Pucón: el volcán Villarica, un cono perfecto que se eleva unos 2000 metros sobre el pueblo y se puede ver desde casi cualquier punto. Lo que hace especial al imponente volcán es que está completamente nevado durante todo el año, así que es completamente blanco, casi encandilante (encandilador? no sé), desde la punta hasta la base. La vista es increíble y en los cinco días que estuvimos ahí, no nos dejábamos de impresionar cada vez que lo veíamos. Además, tuvimos una suerte increíble con el clima; nos contaron que ahí la mayoría del año llueve, y es raro ver días despejados; pues tuvimos cuatro días de sol y cielo completamente azul, que no se nubló sino hasta el día que nos levantamos para irnos al siguiente destino.

Apenas llegando a Pucón, en la terminal de bus, nos agarró un tipo de los que llegan a ofrecerle hospedaje a uno (los hay en casi todas las terminales de bus a las que hemos llegado). Nos sonó bien la oferta y nos fuimos caminando con él. Definitivamente fue una buena decisión: el hostal era más bien un apartamento, con sala/comedor, cocina, una terraza, y tres dormitorios llenos de camas y camarotes. Nos instalamos en uno de los dormitorios, que además tenía puerta a la terraza, y listo. La parte realmente buena: no había nadie más hospedado en el hostal, e incluso los encargados de cuidar el lugar sólo estaban a veces, entonces más que hostal, el lugar fue, durante cinco días, nuestro propio apartamento.

Nos pasamos los primeros días caminando por el pueblo, descansando en nuestro aparta, leyendo en nuestro cuarto, viendo películas en nuestra sala de tele, o tirados en nuestra terraza tomando el sol. Es cansado esto de mochilear; hay que darse un descansito de vez en cuando.

Pero también es importante seguir explorando y conociendo, y para hacerlo optamos nuevamente por el mejor vehículo posible: bicis! Pucón es un lugar sumamente turístico, y está repleto de pequeñas agencias que ofrecen todo tipo de tours: bicis, kayaks por los ríos de la zona, snowboarding, incluso un tour de caminata para subir al volcán, pero el precio nos eliminó de inmediato la posibilidad de hacerlo. Para andar en bici, hay cientos de kilómetros de caminos y senderos que se pueden recorrer en las zonas aledañas.

El día que queríamos andar en bici amaneció nublado. Ya pensábamos que nuestros planes iban a ser frustrados por el mal clima, cuando a mediodía se despejó por completo el cielo en cuestión de minutos. Era una señal: teníamos que ir. Así que equipados con un mapa de todos los caminos, empezamos a pedalear. Empezamos el viaje por caminos bordeados de miles de pequeñas flores amarillas, iguales a las que seguiríamos viendo en todo el sur de Chile y después Argentina. Pedaleamos por varias horas, dándonos cuenta de paso que los caminos son mucho más largos de lo que pensábamos y que no ibamos a poder abarcar tanto como habíamos planeado. Pero no importó; las vistas y los caminos que recorrimos eran suficiente para tenernos ocupados y estupefactos durante todo el día. Pasamos al lado de ríos, a través de puentes colgantes, al lado de varios miradores. Llegamos hasta los llamados Ojos del Caburga, que son dos cascadas que nacen de ductos subterráneos alimentados por el lago Caburga, y llegan a salir a un punto espectacular donde nacen las cascadas y caen a una laguna de un color celeste profundo. De ahí regresamos hacia Pucón, pero algo en el camino nos detuvo: un minigolf! Nos enfrentamos en los 18 hoyos, saliendo Carlos como vencedor absoluto y yo en último lugar.

De vuelta en Pucón, observamos que nuestro aparta tenía una cocina bien equipada, y recordamos que teníamos rato sin aventurarnos en empresas gastronómicas. Así que salimos de compras y preparamos una cena digna del hambre que nos traíamos después de pedalear toda la tarde. Aprovechando los bajos precios que suele tener el vino chileno en Chile, compramos una (que otra) botella y con eso acompañamos una buena cena de raviolis.

Cabe destacar que aparte de esa cena, nuestra dieta en Pucón estuvo basada casi en su totalidad por papas fritas. Imagínense nuestra sorpresa al descubrir un local con un rótulo que lo identificaba como “Charly Papas”. Un lugar que sólo vende papas fritas? Podrá ser? Volvimos más tarde a darnos cuenta que efectivamente, el menú de Charly Papas consistía, en su totalidad, en 5 diferentes tamaños de bolsas de papas. Sobra decir que de ahí en adelante nos convertimos en fieles clientes frecuentes; considerando además que en el turístico Pucón, los precios de una comida completa en un restaurante equivalían a nuestra dieta de papas durante 3 días.

Un día, Carlos se fue a sentar a la playita del lago y ahí conoció a Jeslyn (nunca vi su nombre escrito, así que acabo de inventar cómo escribirlo). Conversaron un rato y quedaron de reunirnos al día siguiente, que sería nuestro último día en Pucón. Así que dicho y hecho, al día siguiente la conocimos Tovi y yo, y además se unos unió su amiga Diyi (ídem con el nombre). Fuimos por unas birras al super (Escudo para Carlos, loras para Tovi y yo) y fuimos a tirarlas al lago para que se mantuvieran frías. Ahí estuvimos horas, hablando, burlándonos mutuamente de los acentos de ellas y los nuestros, y viendo como los chiquitos locales, aparentemente inmunes a la temperatura helada del lago, jugaban tirándose un trampolín que improvisaron de una silla de salvavidas que metieron al lago.

Acompañados de las chicas puconenses, vimos sobre el lago el último atardecer que veríamos en Chile, nos despedimos, y nos preparamos para continuar nuestro camino, que estaba pronto a alcanzar su extremo sur.

fotos:
picasaweb.com/soltartodo/pucon

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primero que nada

Posted 30 January, 06:18 AM by carlos

Disculpen la demora y el abandono temporal que sufrió el relato

Los tres queremos agradecer la cantidad de comentarios positivos y llenos de vida que hemos recibido, tanto por parte de los que nos conocen desde antes, como los que hasta ahora saben un poco quienes somos.

En especial agradecer a: Amelia Rueda, Julia Ardón, a la gente de delebimba.com, Metrolife, Mercado del Barrio, Fusil de Chispas y a todos los que han invitado de una u otra forma a más gente a formar parte de esto.

Sinceramente gracias,
-loj tré

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santiago - segunda parte

Posted 30 January, 05:45 AM by carlos

Este día Santiago nos tenía guardado el mejor de los climas que nos podía ofrecer. Eran las diez de la mañana no había una sola nube en el cielo y en las noticias ya se hablaba de que a eso del medio día la temperatura ascendería a los 36 grados. Sin pensarlo ya nos habíamos lanzado a la calle para recorrer el centro de la cuidad.

Tomamos el metro hacia la estación de la moneda, al salir nos encontramos con el deslumbrante sol que insistía en subir la temperatura. Nos resguardamos junto con un churrasco y una coca en un local contiguo a la casa de la Moneda. Una vez ya alimentados y “refrescados” (si es que se lograba eso ese día) empezamos el recorrido desde la Casa de la Moneda hasta el monumento de los Caídos de Iquique, pasando por los tribunales de Justicia, La Catedral y el mercado Central. En el parque de los artesanos frente a la catedral unos niños aprovechaban las fuentes como piscinas robando la atención de todos los que pasábamos por ahí.

Casi en el mercado tuvimos que volver a conseguir bebidas para así llegar hasta el monumento. De ahí bajamos por todo el parque forestal que prácticamente recorre la ciudad acompañando a unos cuadras de distancia al Mapocho con destino al hostal para tomar nuestras mochilas y encontrarnos en la casa de Diego para partir hacia Horcón y empezar a recorrer la costa chilena con nuestros nuevos amigos.

Llegamos al punto de encuentro subimos todo al carro y unas horas después ya estábamos llegando a la pequeña caleta de pescadores que es Horcón, lugar donde está el apartamento de los papas de María. El lugar es sumamente acogedor con una vista genial de la caleta y toda un área de recreo que no dejamos pasar por alto, ya que no habíamos terminado de bajarnos cuando ya estábamos jugando tenis.

Para mi era la primera vez que tenía una raqueta en mi mano para jugar en serio, a lo que se podrán imaginar que mi desempeño no fue nada bueno. Adrio y Tovi si tenían ya unos cuantos años a su favor así que entre consejos y risas me fueron enseñando como no volarla en cada golpe. Por cierto! si alguna vez juegan dobles con Adrio tengan mucho cuidado, por que en lo que menos se imaginan sentirían la bola a toda velocidad impactándose en su espalda. Ya el hambre pedía atención así que nos fuimos a cenar y a dormir ya que salíamos temprano hacia Viña del Mar.

La mañana trajo muchas nubes y el inseparable frío de las playas del sur no podía faltar. De Horcón a Viña del mar hay si acaso unos 40km en poco tiempo ya estábamos recorriendo la zona de los bares más concurridos de viña. En una de las playitas que nos detuvimos Diego nos reto a que no nos atrevíamos a meternos en el mar, a lo que sin dudarlo me encamine hacia el agua. Bastó con meter los pies dos minutos para sentir como el frío trataba de convertirlos en hielo, era prácticamente como estar metiendo los pies en una hielera. Siguiendo con nuestro recorrido nos asombro tanto a Diego y María, como a nosotros, la cantidad de edificios que se están levantando en la zona. Nos decían como hace apenas unos años todo eran puras dunas y casi nada de condominios.

Caminamos un rato por la zona del casino y decidimos pasar por un helado y así agregar uno más a la pequeña lista que ya teníamos en nuestro haber. Terminamos el helado y continuamos hacia Valparaiso conocida como la ciudad cultural de Chile. Con sus coloridos cerros hace el lugar ideal para dejar el carro en algún parqueo y recorrerlo de arriba a abajo entre callejones, ascensores, cientos de gradas, miles de grafitis impresionantes y música con una vista maravillosa del pacifico desde cualquiera de los cerros.

Visitamos la Sebastiana, casa en la que habitó Pablo Neruda, que al igual que sus otros dos casas son museos de las cosas más interesantes que se puedan imaginar. El poeta amaba coleccionar cosas, pero no crean que eran de un solo tipo, al contrario lo que fuera era digno de colección y eso sumado a su amor a los barcos, hacia que sus casas fueran algo fuera de lo común. Aun con la gran afición que tenía Pablo por los barcos no podía estar en ellos ya que le tenía miedo a navegar, Por eso que el mismo se hiciera llamar Capitán de tierra.

Esta en especial tiene una escalera que no lleva a ningún lugar, una chimenea en el centro de la sala con forma de tinaja o tinaja para el humo que es como él la llamaba. En todos sus pisos hay un “juguete” al que poner atención. Al llegar al quinto la vista de Valparaiso lo deja a uno sin habla. En este piso Neruda tenía su escritorio junto a retratos de amigos, cartas de navegación y cientos de libros. Cabe resaltar la fotografía de Walt Witman que esta ubicada detrás de lo que era la puerta principal de la habitación. Cuando el carpintero estaba enmarcando la fotografía le pregunto que se era su padre, después de un pequeño silencio respondío: “Sí es mi papá… en la poesía”.

Terminada la visita regresamos a Viña del Mar, para comernos el completo italiano más grande que me he comido en la vida (Completo Italiano = Pero caliente con mayonesa y palta, digo aguacate) por el cual esperamos cuarenta minutos que se hicieron eternos ya que todos nos estábamos muriendo de hambre y era tal expectativa que Diego había creado con respecto a los completos que decidimos esperar a que el lugar abriera y no ir a ningún otro lugar.

Les aseguro que valió la pena la espera el único que no pidió un completo fue Tovi que lo cambió por un churrasco con palta y al igual que el completo estaba delicioso y de un tamaño descomunal ya con la expectativa más que superada y el estomago repleto regresábamos al apartamento en Horcón para seguir disfrutando de la maravillosa hospitalidad chilena y de un asado más que nos esperaba esa noche.

Amaneció, recogimos los tiliches y de vuelta para Santiago. La despedida con Diego y María sucedió igual de rápido y repentino como nos conocimos. María tenía una cita con las amigas y Diego iba para el estadio a ver jugar a su selección. De repente estábamos de nuevo los tres por nuestra cuenta a eso de las cinco y treinca de la tarde ya estábamos de vuelta en el hostal y como el día anterior ya habíamos visitado una de las casas de Pablo Neruda, Tovi y Adrio decidieron que ahora si querían ir a “La Chascona” otra de las casas del poeta, que estaba a 400mts de nuestra casa temporal.

Llegamos justo a tiempo para la última visita de la casa. Muy a lo personal en esta casa se puede percibir el amor tan grande que le tenía Pablo a Matilde Urrutia. Empezando por que la casa fue construida para ella mientras el poeta estaba aun casado con su segunda mujer y adémás por la cantidad de detalles puestos en su honor. Por otro lado es en la que mejor se aprecia la fascinación de él por los barcos ya que la parte del comedor y el pequeño bar contiguo, son replicas exactas de lo que uno encontraría en un navío.

Nos comentaban que en los primeros años de la casa, al sentarse en el comedor un quedaba a la altura de un pequeño río que pasaba por el medio de la casa y al fijar la vista en él daba la impresión de estar navegando. Ahí mismo justo a la cabeza de la mesa se encuentra un armario, repleto de cristalería de todos colores. Neruda aseguraba que el agua sabía mejor en vasos de colores por eso la mesa y en realidad en cualquier parte de sus casas se podía encontrar vasos, copas y vajillas completas multicolores.

En ese mismo armario una de las puertas tiene doble fondo y comunica con una pequeña habitación con una escalera de caracol que da al segundo piso que la usaba para asustar a las visitas, al salir disfrazado de diversos personajes. Amada tener visitas y hacer grandes fiestas. En el segundo piso al terminar de subir las gradas se encuentra un pequeño comedor que era el de uso común de la pareja, ya que él detestaba comer en comedores grandes vacíos. Seguido un estudio, el cuarto de huéspedes con su respectivo baño y una puerta que da al jardín central.

Aquí se suben unas gradas que llevan a una puerta principal que da acceso a una sala con un vetanal que gigantesco que da la impresión de estar en un faro y además con una envidiable vista de Santiago. En el segundo piso de esta área está el dormitorio principal y un balcón con la misma vista de la ciudad. Saliendo por una pequeña puerta se vuelve a llegar al jardín pero a un nivel un poco más alto y de ahí se va al bar que esta lleno de objetos gigantes, desde un zapato hasta un teléfono, todos pertenecientes a la época en que el analfabetismo era grande y en los comercios para distinguir una tienda de otra usaba estos objetos.

Una puerta más y se llega a lo que sería la biblioteca del lugar, repleto de libros por doquier y una pequeña habitación muy particular que además de estar construida un poco inclinada ahí se encuentra el cuadro frente al cual Neruda se sentaba a leer. El cuadro fue traído de Europa y tiene la pintura de una señora mayor vestida de luto con cara seria. Ni si quiera al ser adquirida se supo quien era la señora pero lo que importaba es que Pablo decía que cuando se sentaba frente a ella no podía dejar de leer por que sentía que si lo hacía la señora lo iba a regañar. Así concluía la visita a la Chascona dejándolo a uno con ganas de habitar en ese lugar y no tener que irse jamás.

Amaneció una vez más esta vez con rumbo a Isla Negra a visitar la tercera casa de Neruda. Llegamos justo para tomar el autobús, tan justo que tuvimos que parar el bus ya en marcha. Un par de horas después estábamos llegando a Isla Negra y no es que sea una isla no se confundan es un pueblo costero que tiene ese nombre.

La casa neruda no podía estar más llena, colegios, turistas, locales, era como si todos se hubieran reunido ese día para visitar la casa. Resulta que para visitar esta casa es con reservación si no no es posible entrar se puede imaginar nuestra desilusión, sobre todo la mía la de estar en uno de los lugares que más he querido visitar en mi vida y no poder entrar, así que por poco y nos quedamos sin entrar, pero por suerte quedaban unos cuantos campos en el recorrido en ingles y pudimos entrar. Y si que valío la pena esta de las tres casas es la que realmente parece un museo.

En la primera parte que es la sala principal y recibidor esta repleta de artículos de navegación y partes de barcos, así como anclas, timones, barcos dentro de botellas, mascarones de proa, en especial uno de gran tamaño de uno mujer que estaba ubicado mirando hacia fuera de la ventana, es decir con vista al mar que da una sensación de estar soñando. Atravezando un diminuta puerta se llega al comedor. Al igual que en la Chascona repleto de cristalería de colores.

Saliendo del comedor se llega a un jardín donde se encuentran con vista al mar un gran campana que Neruda hacía sonar cada vez que llegaba a la casa y un pequeño barco que al sentarse dentro de el y mirar al mar daba la impresión de estar navegando, el poeta pasaba largas horas en ese barco/bar. Otra puerta daba a un pasillo repleto de mascaras provenientes de todas partes del mundo, figuras en miniatura. Mas adelante en otra habitación un globo terráqueo inmenso, Insectos disecados, botellas, pinturas, cajas de música y entre toda esa disonancia de cosas un lavatorio en el que lavaba sus manos cada vez que escribía, ya que siempre escribió con pluma y tinta verde.

Otra sección tiene una replica exacta de una de las habitaciones del humilde hogar donde nació y tras la ultima puerta una sala con una colección impresionante de caracoles de mar de todos los tamaños y formas. Volvimos a los jardines donde visitamos la tumba donde yacen los restos de Pablo y Matilde por su puesto mirando al mar.

No queda más que regresar a Santiago hacer las maletas y esperar que el reloj diera la medía noche para partir hacía Pucón. Nos tomamos tan enserio lo de esperar que a ultima hora tuvimos que salir con los bultos al hombro a buscar un taxi por todo el Bellavista por que el que llamamos nunca llego. Como siempre llegamos justos, abordamos y nos pusimos lo más cómodo que pudiéramos ya que esa noche el bus sería nuestro hotel.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/Santiago

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santiago

Posted 8 December, 10:29 PM by adrio

Escoger un hostal en una ciudad tan grande como Santiago no es tan fácil. Aparecen varias zonas dentro de la ciudad, todas distintas y distantes entre sí, y se multiplican las opciones. Entonces investigamos lo mejor que pudimos y elegimos la zona que sería nuestra casa en Santiago: el hostal Bellavista, casualmente localizado en el barrio Bellavista.

Dicen que Bellavista es el área bohemia y artística de Santiago (es cierto, pero a la vez también es de las zonas caras y fashion de la ciudad). Todo el barrio está lleno de calles bordeadas de árboles y repletas de restaurantes, cafés y bares, muchos con mesitas afuera en las aceras, y la mayoría con coloridas pinturas y murales en sus paredes. En el día las calles son muy tranquilas, y las caminamos de arriba a abajo. Por las noches, cobran vida y se llenan todos los locales y las aceras con gente, y fluye la música en vivo de todo tipo; rock, blues, trova y música folklórica.

Llegamos al Hostal Bellavsista y nos topamos con que sería el hospedaje más caro del viaje hasta el momento. Teníamos dudas de quedarnos y pagar los pesos extra, pero luego vimos el lugar y quedamos convencidos. Además de la buena ubicación, el precio incluía un cuarto casi propio (casi porque tuvimos que compartirlo con Alex, un gringo que estaba trabajando en Santiago), desayuno ilimitado, 3 compus con Internet (esencial, por supuesto) y WiFi, y además futbolín, mesa de pool, y tele de plasma con DVD. Nada mal eh? Nos registramos en el Bellavista y nos dispusimos a explorar nuestros alrededores.

No sabíamos lo buena que era el área que nos tocó. Aunque nuestro presupuesto no nos permite estar saliendo de fiesta ni a comer a lugares tan caros como los de Bellavista, bastaba con caminar por esas calles en la tarde o en la noche y empaparse de todo el ambiente que se salía (literalmente) de los locales y se esparcía por las aceras y las calles. Las mesas en las aceras dela calle Pío Nono se llenaban de gente desde que el sol estaba arriba y seguían así a través del atardecer (que por cierto era como a las 8:45 PM) y hasta altas horas de la madrugada. Ahí mismo en esa calle topé con un muro lleno de afiches de conciertos con los que no coincidimos: The Used, Chris Cornell, Andrés Calamaro. Golpeé mi cabeza contra el muro unas cuantas veces y continuamos. Aparte del montón de bares y restaurantes, nos encontramos con que estábamos cerquísima del Parque Metropolitano, el cual incluye el cerro San Cristóbal, coronado por una inmensa estatua de la virgen, el zoológico de Santiago, y un sistema de funicular y teleférico que lo lleva a uno hasta arriba y a través del gran parque. Además estábamos prácticamente a la par de La Chascona, una de las famosas casas de Pablo Neruda. Y luego, si caminábamos un poco hacia el sur, cruzando uno de los muchos puentes que pasan sobre el Río Mapocho, que atraviesa el norte de Santiago, podíamos llegar a la zona de Providencia, tomar el metro, o seguir caminando hacia el centro de la ciudad.

Formada ya una imagen mental geográfica de donde nos encontrábamos, falta complementarla con nuestras impresiones del paisaje de la ciudad. En pocas palabras, Santiago es impresionante (ya voy con esa palabra de nuevo, mis disculpas). Personalmente, es la mejor ciudad latinoamericana en la que he estado. Caminamos bastante por distintas zonas de la ciudad, y todo es amplio, limpio, moderno, ordenado. Las calles están rodeadas de árboles por todas partes. No hay basura tirada en el suelo. Las calles son seguras (la mayoría, la mayoría del tiempo), y la lista de lugares interesantes por conocer es gigante. El sistema de transporte dentro de la ciudad es excelente, gracias al moderno metro subterráneo que conecta prácticamente toda la ciudad. Claro que no todo es flores y mariposas en Santiago; hay un serio problema de contaminación en el aire, puesto en evidencia por la espesa capa de smog que se puede observar encima de la ciudad desde puntos más elevados. El transporte ya por encima del suelo es menos que óptimo; el tránsito se pone bastante denso en horas pico y el sistema de buses es (de acuerdo a nuestras confiables fuentes locales) un desastre. Y también está la parte fea de Santiago, que no visitamos pero la vimos desde lejos; ahorita les cuento. En fin, la balanza se va para el lado positivo y así quedó nuestra impresión de Santiago; la primera ciudad en la que hemos estado que he pensado “y mae… yo sí que podría vivir aquí!”

Nuestro primer contacto en que ya teníamos hablado en Santiago fue Marianne. Así como le explicamos 17 veces a Tovi, les cuento: Marianne es amiga mía de la infancia; su mamá y mi mamá fueron muy, muy amigas por muchos años. De chiquitos, mi hermana Michi, Marianne, su hermano Mike y yo éramos felices jugando cada vez que nuestras mamás se reunían. Por cosas de la vida, y porque Costa Rica es diminuto, Carlos también conoció a Marianne muchos años después, completamente por otro lado. Y hace tres años, ella se fue a vivir a Chile, donde se casó y ahora trabaja y estudia. Así que con toda esa historia, nos habíamos hablado desde que empezó el viaje para vernos en Santiago. Resulta que el hostal estaba cerquísima también de donde vive Marianne, así que nos pusimos de acuerdo y ella llegó a buscarnos ahí (que buena anfitriona no?). Fue buenísimo verla de nuevo; no sé cuántos años tenía desde la última vez que nos habíamos visto.

Nos topamos y nos dirigimos al primer asunto de suma importancia que debíamos resolver: la comida. Nada como tener un insider (Carlos me regaña por hablar con palabras en inglés, pero no sé… persona de adentro?) que le enseñe a uno los buenos lugares en una ciudad. Así, nos fuimos a la Fuente Alemana y nos comimos un delicioso churrasco con palta. Breve lección en comida típica chilena (típica en el sentido de que es lo que más se come y no tanto algo así como folklórico): un churrasco es un sandwich de carne, casi siempre en un pan redondo como de hamburguesa, con abundante carne en cortes delgados, y usualmente acompañado con palta (que nombre más raro para decirle a un aguacate). Un completo es un perro caliente, también casi siempre con abundante palta y si tiene también tomate y mayonesa, es un completo italiano. Sí, yo también me quedé bateado hasta que me explicaron que no tiene nada que ver con comida italiana, sino con los colores de la bandera. Ve vos. Ah y un lomo es como un churrasco pero con carne de cerdo. Así que bueno, siguiendo la excelente recomendación de Marianne, matamos a quien nos mataba, devorando un gigante y delicioso churrasco, y continuamos nuestra exploración de la ciudad.

En metro y a pie recorrimos varias calles de la ciudad, en el área de Providencia principalmente. Ahí llegamos a una zona comercial, de avenidas amplias llenas de árboles (no me canso de mencionar los árboles), por donde merodeamos un rato, hasta que nos devolvimos y nos dirigimos al Parque Metropolitano. Entramos y compramos nuestro tiquete para subir al cerro San Cristóbal en funicular, bastante similar al que usamos para subir a Monserrate en Bogotá. El zoológico lo pasamos de lado; en realidad no era la gran cosa y lo tienen bastante descuidado, lástima. Ya arriba del cerro, pudimos ver la vista panorámica de toda la ciudad, incluyendo la capa de smog; un manto denso y gris que cubre y apaga los colores toda la ciudad desde la vista del cerro. De ahí subimos a la parte más alta del cerro, donde fuimos recibidos a brazos abiertos por una estatua blanca de 22 metros de alto de la Virgen María; no sin antes pasar por un mote con huesillo (son duraznos deshidratados, que se sirven fríos en un vaso con un tipo de maíz en el fondo y lleno con el jugo de los mismos duraznos… que inventos más raros los de estos chilenos). Nos dirigimos hacia el teleférico, que lo lleva a uno por encima de todo el parque, y de ahí es donde pudimos ver la clara división geográfica-social de Santiago. En el medio, como una gran línea divisoria, estaba toda la extensión del parque. A nuestra derecha, es decir al sur, estaba la parte buena de la ciudad; edificios grandes, modernos, todo limpio y lleno de árboles por todas partes. Al otro lado, miles de casitas pequeñas, todo mucho más oscuro, sucio y desordenado. Es bastante impactante ver la diferencia así desplegada tan claramente bajo nuestro pequeña cápsula colgante; parecía como ver un mundo de SimCity con una parte bien desarrollada y otra que no se supo administrar y terminó mal (sí, sí, comparación geek inevitable).

Pasamos el resto de la tarde caminando y conversando en el parque. La pasamos tan bien (y loj tré somos tan encantadores) que Marianne faltó a clases y se quedó con nosotros hasta la noche. Nos fuimos de vuelta a nuestro barrio y terminamos el recorrido en el Patio Bellavista, un centro comercial muy agradable (y caro) que quedaba a la vuelta del hostal. Lo que descubrimos en el centro comercial, y que nos hizo volver una y otra vez, fue una heladería italiana donde comimos (una y otra vez) de los mejores helados que hemos probado. Yo tenía ganas de helados desde hacía rato, pero llevábamos tanto tiempo en lugares fríos, que nunca daban ganas de ir por uno. Ahí nos desquitamos. En nuestros días en Santiago, comimos helados de chocolate, pistacho, nueces, limón, chirimoya, chocolate blanco, fresa, manzana, huesillo, piña, limón con albahaca, y pera. Buena forma de empezar a recuperar el peso que habíamos perdido en países anteriores. Nos despedimos de Marianne y nos retiramos al hostal a una feroz competencia de pool entre nosotros tres.

Habíamos cubierto ya una importante parte de la ciudad, pero nos faltaba algo esencial: el centro de la ciudad. Así que tomamos el metro hasta la estación de La Moneda, llamada así por la Casa de la Moneda, la casa de gobierno de Chile. Abajo hay un centro cultural donde siempre hacen exposiciones artísticas; entramos pero todas las exposiciones estaban cerradas. Esto nos causó mucho pesar, el cual tuvimos que disipar con un churrasco y una coca. Con un ánimo renovado, nos dirigimos hacia el corazón de la ciudad: la Plaza de Armas. Visitamos la Catedral y caminamos por la plaza, donde hay muchos pintores ahí instalados con su silla y caballete; y como era un día especialmente caliente, varios chiquitos gozaban bañándose en la fuente de la plaza. Caminamos hacia el norte por una avenida peatonal adoquinada y nos topamos de nuevo el río Mapocho, sólo que mucho más al oeste. Ahí está el monumento de los Héroes de Iquique, que conmemora los soldados caídos en una batalla en Iquique, al norte de Chile, en la guerra territorial que hubo entre Chile y Bolivia al principio del siglo pasado. Del monumento empezamos a atravesar el Parque Forestal, un paso largo y estrecho (como una cuadra de ancho) que conforma una gran línea verde a lo largo de un par de kilómetros, paralelo al río. La caminata cruzando todo el parque es excelente; nos tomamos nuestro tiempo caminando lento y parando para sentarnos en bancas y tomarnos fotos estúpidas. Vivan los parques.

Nos devolvimos sólo porque era hora de encontrarnos con nuestros nuevos amigos chilenos. Si han seguido todo el blog, sabrán que Diego y María, quienes conocimos en Perú, ya habían vuelto de su viaje alrededor del mundo, y nos esperaban para recibirnos en Santiago. Así que tomamos el metro y llegamos al apartamento de los papás de Diego, donde están viviendo ellos ahora temporalmente hasta que encuentren su propio lugar. Qué bueno fue verlos de nuevo! Estaban justo como los recordábamos.

Al regresar de casi un año de viaje, la gente se convierte en celebridades por un tiempo, así que Diego y María tenían cualquier cantidad de invitaciones a cenas, fiestas y reuniones. Una de ellas era un asado en la casa de los papás de María, al cual nos invitaron. Increíble como todos nos recibieron con los brazos abiertos, como si fuéramos amigos de hace años. Llegamos y conocimos a los papás de María, vimos fotos de su viaje (imprimieron unas e hicieron un álbum; excelente idea), comimos empanadas y luego un asado delicioso, que comimos y nos bajamos con vino hasta que ya no pudimos bajárnoslo más. Dejaron muy en alto la hospitalidad chilena, sin duda.

Continuaban las actividades; en la noche fuimos con ellos a una fiesta en la casa de un amigo. Ahí estuvimos un rato tomando pisco y conversando con varios amigos de ellos. En la fiesta casi no estuvimos con Diego y María, recuerden que ahora son celebridades entre su gente y estuvieron muy solicitados. Al día siguiente fue la celebración del cumpleaños de Diego; el famoso asado al cual nos habían invitado ya desde Puno (parece hace tantísimo tiempo!). Nos repartimos en varios carros y nos fuimos a la finca de otro amigo de Diego, haciendo primero una parada estratégica para comprar ingredientes esenciales: birra y carne.

Es curioso cómo toman los chilenos. Toman pisco. Pisco con coca, pisco con gin, pisco con Sprite. Pero casi no toman birras! Imagínense un asado, con carne, chorizos, papas, y nada de botellas ni latas de birra, sólo botellas de pisco, litros de coca, y vasitos desechables. Así que fuimos los raros de la ocasión, y nos compramos unos cuantos sixpacks de Escudo. El asado estuvo excelente; comimos choripán delicioso, salchichas, y otras cosas mientras esperábamos que se asara la carne que habíamos comprado. Y que si valió la pena la espera! Cuando llegó la hora, arrasamos con la carne que sin exagerarles, es de las que más rico me han sabido en la vida. Estoy considerando irme a vivir a Chile y hacerme exclusivamente carnívoro. Pasamos la tarde excelente con Diego, María, y sus amigos (bastante distinto que estar con nuestro grupo de amigos, porque aunque ellos son de la misma edad, casi todos están casados o casi-casados).

Todavía faltaba mucho más que ver con Diego y María, y al día siguiente nos tenían ya preparado el viaje playero que nos habían prometido semanas atrás. Pero eso, amigos, queda para el próximo capítulo.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/Santiago

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atacama

Posted 6 December, 11:02 PM by carlos

El sol de San Pedro de Atacama nos daba la bienvenida y nosotros lo recibíamos con los brazos abiertos. No habíamos terminado de llegar cuando ya habíamos cambiado la ropa de frío por ropa de playa y empezamos a recorrer el pequeño oasis en que nos encontrábamos.
El pueblo en total no eran mas de 7 cuadras a la redonda, con construcciones de barro, caminos de tierra, el cielo completamente azul y si uno tenía suerte se encontraba alguna nube blanca perdida en el cielo. Hacia donde se dirigiera la vista el contraste entre el azul del cielo y el rojizo de la tierra era impresionante.

Después de tomarnos el jugo más caro del mundo (2000 colones por un vasito de jugo de fresa) Después de ver que podíamos alquilar una bicicleta por todo el día fue la opción definitiva por la cual nos decidimos para conocer ese árido pero lleno de vida lugar.

El valle de la luna nuestro primer destino. Ubicado en pleno desierto de Atacama, lugar de donde se extraían cantidades gigantescas de sal. Anduvimos recorriendo por las dunas y antiguas zonas donde se dinamitaba las paredes. Cerca del atardecer recorríamos los senderos naturales que se hacen entre las piedras gigantes y exactamente a esa hora como empieza a bajar la temperatura se puede escuchar el crujido de las paredes gigantes donde se empiezan a contraer y a liberar el calor acumulado durante todo el día.

Visitamos el valle de la muerte, llamado así por una deformación del nombre Valle de Marte, que fue como lo nombró el Padre francés Gustav Le Paige, pero al hacer las traducción de francés a ingles se perdió en Marte y quedó la muerte. Durante el recorrido entre el valle de la muerte y el de la muerte se recorre la cordillera de la sal, donde se aprecian esculturas de sal naturales impresionante, entre ellas las tres marias que visto de frente parecen tres personas pidiendo al los cielos.

Al final del recorrido se llega al mirador del valle de la luna donde se ve uno de los mas hermosos atardeceres en todo el mundo, por el cambio de colores que va sufriendo todo el desierto con los colores naranja, rosados y violeta que dejan escapar los celajes. Hay que subir una duna para llegar a este lugar. Lo malo es que muchísima gente va a el lugar y se llena muchísimo. Buscamos lugar, nos sentamos en la arena y dejamos que el sol y el desierto nos deleitaran con su juego de colores.

De vuelta en San Pedro fuimos a ver si habían quedado libres tres campos para ir a un tour astronómico, que da un francés en su caso donde tiene cerca de 12 tipos de telescopios para estudiar las constelaciones. Al llegar la única forma de ir los tres era, uno ese día y los otros dos al día siguiente. Yo fui el que tomó el puesto solo y dejamos todo listo.

A las 11pm salí rumbo a unos 30km del pueblo para llegar a una pequeña casa, donde vive y tiene todo el equipo . Dan la bienvenida en una sala iluminada a la luz de la vela, en la que en el techo hay un hueco que deja ver directamente al cielo y justo ahí abajo esta uno sentado en un circulo, mientras le dan la introducción de lo que será la noche.

Ahí con el cielo más despejado que se puedan imaginar y más de las estrellas que puedan concebir le van enseñando a uno los signos del zodiaco, como ubicar las estrellas que por años han guiado a los viajeros y navegantes. Todo explicado con la asistencia de un puntero que literalmente señala el cielo.

Casi no se puede creer que lo que a simple vista parece una pequeña nube de polvo al verlo por el telescopio es una cantidad incontable de estrellas. También ver Marte casi del tamaño de una bola de golf o ver como la cola de un cometa se enciende y se apaga levemente a la distancia. Al finalizar se vuelve a entrar a la casa y esta un chocolate caliente esperando para continuar con el astrónomo aclarando dudas y comentando un poco más sobre el tema.

Con el sol de nuevo en el cielo, Adrio y yo nos fuimos por las bicicletas con rumbo a la cordillera de sal para tener nuestra primera experiencia con el sandboard. Tovi no nos pudo acompañar ya que amaneció adolorido y con síntomas de gripe.

Treinta minutos después de estar pedaleando entre paredes de sal y arena estábamos subiendo la duna que nos vería caer una y otra vez. Al principio fue sumamente fácil, y como no lo iba a ser si la pendiente a penas y lo llevaba a uno, cuando ascendimos un poco más en la duna empezamos a comer arena. La sensación de ir bajando a toda velocidad es increíble, aun más cuando uno no sabe como frenar y lo único que queda en caer en la arena y comer de ella. Estuvimos en esas hasta medio día que fue cuando nos fuimos por Tovi, para continuar conociendo San Pedro de Atacama en dos ruedas.

Después de una deliciosa pizza calentada al calor del suelo de Atacama, nos pusimos los cascos y pedaleamos hacia el Pucara Quitor que es uno de los mejor conservados de todo el imperio inca. Seguido el circuito lleva a un túnel construido hace más de cien años. La idea era llegar hasta la garganta del diablo, pero la noche ya se nos venía encima y debíamos regresar a San Pedro. Esa noche Tovi y Adrio fueron al tour astronómico.

Así llego el día de partir y serían unas 24 horas más de bus en nuestro conteo global para llegar a Santiago.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/SanPedroDeAtacama

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uyuni

Posted 30 November, 07:45 PM by adrio

Como el muy esperado tour para el Salar de Uyun ya lo teníamos bookeado (del ingl. book. 1. tr. Guardar algo para lo futuro), no teníamos mucho que hacer en el pueblo de Uyuni. Es un pueblo realmente pequeño, a 3670 metros sobre el nivel del mar, que funciona principalmente como entrada al salar para los turistas que llegan a conocerlo. Así que después de un viaje bastante movido (por carreteras malas, no que pasara nada interesante), llegamos en la mañana al pueblito de Uyuni, y después de por suerte encontrar un cajero automático (habíamos leído que no había ninguno… Uyuni se supera), nos dirigimos a hacer algo que cambiaría completamente nuestra experiencia en el salar: fuimos a desayunar. Felices comimos nuestros huevos revueltos y los bajamos con un buen batido de banano en leche, sin sospechar que un par de horas después estaríamos sufriendo los destrozos que algún bichillo entrometido en el batido estaría haciendo en nuestros estómagos. En el de Tovi no, él como que resultó inmune a las bacterias de Uyuni.

En fin, al rato nos montamos en el Land Cruiser que nos llevaría a través del salar y gran parte del sur de Bolivia. Qué carro más increíblemente bueno es el Land Cruiser! Tres días en el desierto, a toda velocidad por dunas y rocas, y como si nada. Y quién sabe cuántos años tiene cada carro de esos de estar haciendo el mismo tour una y otra vez. “No lo maneje, maltrátelo” es cualquier vara! Con nosotros iban dos parejas (siempre parejas y nosotros); Martin y Brigit, alemanes que en realidad no eran pareja sino amigos de hace muchos años que andan viajando juntos (o eso dicen), y los franceses, Isabel y Quintin. Además iba Gustavo, nuestro guía/chofer/cocinero/mecánico. Completamente cargado el Land Cruiser con todo nuestro equipaje y más, nos dirigimos hacia el salar.

Un poco sobre el salar para los que no saben exactaemente de qué estamos hablando. El Salar de Uyuni es el desierto de sal más grande del mundo, con un área de más de 10 mil kilómetros cuadrados. Toda el área fue un gran lago hace unos 40 mil años, y cuando se secó formó el salar, junto con otros lagos y salares que ni a ustedes ni a mí nos interesan para efectos de este post. Entonces el salar es una extensión enorme y plana que tiene entre 1 y 7 metros de profundidad de sal pura. El paisaje que crea esto es algo fuera de este mundo: suelo completamente blanco, brillante y plano, en todas direcciones, hasta donde alcanza la vista. Nunca fueron tan necesarios los anteojos de sol.

La primera parada fue a la entrada del salar, donde las familias de la región extraen, procesan y venden la sal. Como se podrán imaginar, la sal es parte importantísima en la vida de los uyunienses (digamos que se llaman así). No sólo extraen la sal para su consumo usual, sino que sacan también bloques sólidos de sal, de los cuales hacen ladrillos y construyen casas. También de sal hacen diferentes objetos como ceniceros y adornos que venden a turistas fácilmente impresionables como nosotros. Los hombres van al salar y extraen la sal, y las mujeres se quedan en casa y la procesan y preparan para la venta. Ahí una señora uyuniense nos dio una pequeña explicación del proceso: la sal llega húmeda y granulada en pedazos grandes, entonces primero usan hornos para secarla bien, luego usan un aparato que parece del siglo XVII para moler la sal, ahí le agregan un poco de yodo (a diferencia de la sal marina, ésta no contiene yodo naturalmente), y luego la empacan en bolsitas de 1 kg, las cuales se venden a 50 centavos de boliviano cada una, lo cual equivale a la gran suma de 35 colones. Un equipo de una familia preparan y empaqueta alrededor de 1000 bolsas de sal en un día.

Ya adentrándonos de verdad en el salar, llegamos finalmente a estar rodeados por ese paisaje extraño que habíamos visto tanto en fotos. Paramos y nos bajamos del carro. Con caras estupidizadas de asombro veíamos a nuestro alrededor: blanco, muy blanco, brillante, plano, envolvente, deslumbrante, surrealista, impactante. De verdad que es como estar en otro mundo. En esa parte del salar se podían ver todavía algunas personas dándole a la sal con picos y palas y armando montañitas saladas para recolectarlas luego. Seguimos nuestro camino y paramos en el famoso hotel de sal. Sí, está hecho de sal. Antes la gente se podía quedar ahí, pero se dieron cuenta que mucha gente viviendo, comiendo, yendo al baño todos los días en un lugar construido de sal no era tan buena idea y todo el lugar se estaba deteriorando rápidamente, así que ahora funciona como un museo del salar y parada obligatoria de turistas con cara de maravillados y desorientados.

La siguiente parada fue la Isla Intiwasi, o Isla del Pescado, la cual se dice que es la única isla del mundo que está rodeada por sal y no por agua. Sobre esta isla, que recibe su nombre por su forma al verla desde arriba, hay formaciones rocosas y muchos, muchos cactus. Al llegar a la isla fue que sentimos Carlos y yo ya con toda su fuerza los efectos de nuestra nueva intoxicación, y de ahí todo se fue de picada. Nuestra visita a la Isla del Pescado se limitó al baño. De esta visita, por el bienestar de nuestros lectores, omitiré los detalles. No pudimos probar el almuerzo y nos perdimos de la sesión fotográfica sobre la parte más plana de la interminable blancura del salar. Y aquí entra nuestra única crítica al tour; en ese momento no sabíamos que el salar en sí era apenas medio día de los 3 días del tour, y nadie nos lo explicó bien. Así que pensábamos que tendríamos más salar, y en realidad esa sería la última vez que ibamos a estar parados sobre sal.

De vuelta en el Land Cruiser atravesamos el resto del salar y el comienzo del desierto que queda más al sur. Durante dos horas de subidas, bajadas y curvas de tierra y piedras, Tovi gozó como en el mejor de los rallies, y yo sufría con cada curva unas náuseas horribles. Finalmente llegamos a nuestra primera posada en medio de Uyuni; un refugio hecho de (adivinen…) sí, sal! Las paredes eran de ladrillos sólidos de sal y el suelo estaba cubierto en sal granulada (insertar aquí chiste acerca de cómo uno podría juntar un poco del suelo y echárselo a la comida). El lugar estaba super limpio, ordenado y todo iluminado, bastante agradable. Ahí Tovi (y sólo Tovi) disfrutó de pollo asado y papas fritas. Y después de eso, a la cama.

Nos despertamos al día siguiente con la nariz y la boca llenas de sal, tanto que el agua embotellada sabía un poco dulce. Agarramos las cosas y nos encaminamos al siguiente destino: el mirador de un volcán que estoy seguro que tenía nombre. Tovi y Carlos caminaron un rato por las rocas, con la imponente vista del volcán en el fondo. Ya en este punto la sal había quedado atrás, y el resto del tour era en montañas y desierto. De ahí nos fuimos al árbol de piedra, una formación rocosa de origen arénico (piedra que se formó hace miles de años por arena congelada… por cierto vieron cómo si uno dice algo con suficiente seguridad, suena como si estuviera diciendo palabras de verdad?) con forma que asemeja un poco a un árbol, y que nos hizo reírnos de cómo algo tan random como una piedra con una forma rara se convierte en atracción turística y objeto de cientos de miles de fotos. En los alrededores del famoso árbol había muchas otras formaciones rocosas, con forma de hongos y de naves espaciales estrelladas, por las cuales merodeamos por un rato y les pusimos nombres a algunas (no, no nos comimos el hongo).

En el camino tuvimos un pequeño problema técnico con el Land Cruiser (dije que son buenísimos, no infalibles), seguimos adelante. No sin antes bajarse Tovi del carro, asomarse al motor y poner cara de que sabía qué estaba pasando. Gustavo arregló rápidamente el problema y seguimos adelante hacia la Laguna Honda (de profunda, no de la marca de carros), donde nos sentamos un rato a ver los cientos de flamingos (literalmente cientos; Tovi intentó contarlos) que viven ahí. Sabían que los flamingos se alimentan sólo de las algas y microorganismos que viven en el agua? Bastante interesantes y raros los pájaros esos; y más aún verlos así en cientos.

De ahí nos fuimos a la Laguna Hedionda, nombrada así por su alto contenido de azufre (creativos estos bolivianos para nombrar sus lagunas). Se podrán imaginar el aroma que predomina en el área de la laguna. Caminamos un rato y nos instalamos en una mesita al aire libre, con el buen Land Cruiser sirviéndonos de escudo contra el viento, a almorzar. Yo hasta ese punto me seguía sintiendo mal, ya seguro más por debilidad de no tener nada en el estómago que por intoxicación. Así que decidí comer, y fue milagrosamente volver a la vida. Imagínense ver el mundo en blanco y negro por un par de días y que de repente todo vuelva a tener color. En fin, de ahí seguimos hacia la Laguna Colorada, que tiene la superficie del agua completamente roja, teñida por las algas que viven en ella. (gracias a este color también, los flamingos de esa laguna son bastante más rosados que los que viven en las otras lagunas de la zona). Ahí estuvimos luego un rato conversando con las llamas que encontramos a la orilla de la laguna, hasta que las logramos convencer que se dejaran tomar unas cuantas fotos. Después de un rato el frío nos venció (recuerden que estábamos a más de 3600 metros de altura) y nos dirigimos hacia nuestro segundo refugio. Llegamos justo al atardecer y apenas cayó el sol, no pudimos volver a salir del frío que hacía. Ahí estábamos disfrutando nuestra cena cuando por segunda vez en el viaje oímos el inconfundible acento tico, y el tico resultó ser Ronald, que andaba viajando por Perú y Bolivia, y oficialmente el segundo tico que encontramos así randommente (es una palabra, dije!) en nuestro viaje.

Salimos el tercer y último día hacia una serie de geysers que se encuentran a 5000 metros de altura y a temperatura bajo cero. Nos bajamos del carro por 2 minutos y tuvimos que volver antes de morir congelados a orillas de los geysers. Seguimos nuestro camino hacia la mejor parada de ese día: las aguas termales. A casi 4000 metros de altura, es una pequeña piscinita de aguas termales, en un lugar completamente helado (tanto que los pequeños charcos que había alrededor de la piscina, por agua que habría salpicado o de alguna otra forma salido de la piscina y terminado en el suelo, estaba congelada!). Considerábamos meternos, pero habíamos olvidado bajar las pantalonetas de nuestras mochilas, que estaban en ese momento amarradas entre un rollo interminable de lonas y cuerdas encima del Land Cruiser. A nuestro querido Gustavo le habría enojado mucho que lo hiciéramos bajar todo el chunchero, así que nos limitamos a mirar melancólicamente a los turistas felices que tanto parecían estar disfrutando el agua caliente. Pero… un momento! No todo estaba perdido, y el intrépido Carlos dijo: “yo me meto en boxers!”. No se diga más; en dos minutos estábamos Carlos y yo en boxers, a 4000 metros y unos cuantos grados por encima del cero. Pero todo valió la pena cuando nos metimos al agua… estaba calientísima! Nos remojamos un rato mientras Tovi nos veía desde afuera, todavía con el equipo completo de sueter, gorrito y bufanda. Carajo, realmente es una delicia meterse en aguas termales; quedamos tan calientitos y relajados que incluso después al volver a salir ni necesitamos abrigarnos de nuevo. Después del baño y el desayuno, quedamos listos para seguir.

La última parada del tour fue la Laguna Verde (siguen con la creatividad en los nombres). Como podrán adivinar, ésta era completamente verde, esta vez debido al alto contenido de cobre en el agua. Además, la laguna tiene bastante arsénico, por lo cual no hay absolutamente nada vivo ahí. Es una vista bastante impresionante y refrescante, ver desierto gris y café durante horas y de repente toparse con un parchón de agua de un verde fuerte, encendido. Estuvimos al lado de la laguna un rato (congelándonos) y empezamos el último tramo de nuestro recorrido.

Llegamos al último punto del viaje, donde nos despedimos de Gustavo y de nuestros compañeros alemanes y franceses. De ahí solo siguió el transfer que nos sacaría de Bolivia y nos llevaría de vuelta a la civilización (también conocido como Chile). Cruzamos la frontera sin contratiempos, a excepción del oficial de migración que no lograba encontrarle forma al palo de lluvia que había comprado yo en La Paz, y lo examinó detenidamente tratando de descifrar si era un arma primitiva o un contenedor de drogas, hasta que lo volteó y escuchó el sonido que hacía y como que de un momento a otro cayó en la brillante realización de que lo que tenía en sus manos era un instrumento musical. Nos montamos de vuelta en la buseta, y ésta salió del camino de tierra y entró a una moderna carretera asfaltada impecable; un momento bastante simbólico de nuestro paso de Bolivia a Chile.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/uyuni

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la paz

Posted 28 November, 10:55 AM by carlos

Estábamos montados un semi cómodo bus rumbo a la Paz, preguntándonos como iríamos a atravesar el Titicaca, para continuar el trayecto. Sería bordeándolo completamente? Sería en ferry o si tendríamos que nadar con la mochila en una gran bolsa de basura. La respuesta correcta sería “ferry”.

Después de aproximadamente una hora de bordear el Titicaca, llegamos a uno de los extremos del lago. Nos bajaron del bus, nos indicaron que camináramos siguiendo la carretera, ahí encontraríamos una casetilla donde nos venderían el tiquete para cruzar en una lanchita y que el bus pasaba en otro barco, que si no pasábamos rápido al llegar el bus al otro lado nos dejaban. Con ese aliciente buscamos rápidamente los tiquetes y cruzamos sin el menor de los problemas.

Ya del otro lado veíamos como el bus era traído por una tabla gigante que apenas se mantenía a flote. Milagrosamente el bus llego al otro lado sin ningún problema con nuestro equipaje seco y todo en orden.

Seguimos apreciando los paisajes que se iban convirtiendo poco a poco de desiertos áridos a polvorientos y pequeños poblados donde la pobreza se reflejaba sin piedad. Cada vez más cerca de la ciudad eran más las casas que ocupaban la nada, edificios desolados y otros con tantos colores que era imposible ignorarlos.

Pasamos a la par del aeropuerto más alto del mundo (4000 m.s.n.m.) inmediatamente a la derecha la entrada a una autopista y segundos después la vista de la ciudad de la paz, el atardecer la bañaba de un naranja que hacía vibrar cada uno de los colores que nos recibían.

El autobus nos dejó cerca del mercado de las brujas (lugar donde se puede encontrar cualquier cosas necesaria para conjuros, rituales, hechizos, etc) que era exactamente la misma zona donde se encontraba nuestro hostal.

El Cactus, ese es el nombre del que fue nuestro hogar. Recién llegados y ya estábamos hablando con Nico (Francés que está terminando su práctica de medicina en Bolivia) y Grant (Australiano que está recorriendo Sur América en bicicleta). Nos comentanban sobre su viaje y celebranban que iban a poder practicar el español.

Inicialmente la Paz no iba vernos más de uno o dos días, pero nuestras tarjetas de crédito y débito no pensaban lo mismo. La idea era encontrar el tour más cómodo (lease barato) a Uyuni y continuar el viaje. Ese día cenamos una deliciosa pizza y nos fuimos a descansar. Al día siguiente con las energías repuestas y con los “converse” puestos salimos dispuestos a encontrar quien nos llevaría hasta San Pedro de Atacama a traves de Uyuni.

La agencia que nos convenció resulto estar al lado del hostal. Felicidad la agente de viajes que nos atendió, nos contagió con su alegría y cómodo tour, así que nos íbamos con esa agencia. Las buenas noticias seguían llegando cuando nos enteramos que el tour a Tiwanaku y el tour en bicicleta a Coroico mejor conocido como la carretera de la muerte, estaban muchísimo más barato de lo que esperábamos. Imagínense que con lo que pensabamos pagar solo por el tour de Uyuni pagamos todo lo anterior. Salíamos al día siguiente para Coroico.

Llegó la hora de pagar tan maravilloso paquete y ninguna de las tarjetas quiso servir, decidimos ir a sacar dinero y nada, ningún cajero quería darnos dinero. Empezamos a preocuparnos ya que el efectivo que andábamos no era mucho y menos para pagar el tour. Tuvimos que dejar todo a modo de reserva y ver que podíamos hacer con respecto al asunto dinero.

Esa noche en el hostal conocimos a Julie (brasileña que andaba conociendo más de su continente) también a Lise (Noruega que decidió hace unos meses como nosotros soltar todo y largarse y ver a donde la lleva el viento) además de Mathilde (Francesa que esta cumpliendo su sueño de conocer Sur América) ya junto a Grant y Nico eramos un buen grupo de desconocidos compartiendo anécdotas del viaje y de como habíamos llegado a dar ahí.

En un punto de la noche el lugar se convirtió en un centro de estudio, gracias a German (el que cuida y administra el hostal) ya que como está en clases de ingles, llega a solicitar ayuda a los turistas presentes para hacer sus tareas. Entonces en ese momento los que no sabían español sacaron sus cuadernos y empezaron a aprender ese segundo o tercer idioma. Se pueden imaginar que ahí estábamos nosotros haciendo de profesores tanto de ingles como de español.

Volvió a salir el sol y fuimos a ver si ya nuestras queridas amigas de plástico les daba la gana servir. Cruzamos los dedos, fuimos al cajero y…. nada! el sistema seguía diciéndonos que no se podía tramitar la operación. Intentamos llamar al banco emisor para saber que pasaba y nada, no contestaban y no había forma de comunicarse con ellos, era como si Costa Rica hubiera desaparecido.

Decidimos como último recurso ir de nuevo a la agencia de turismo e intentar de nuevo pagar directamente con el plástico y esta vez si funcionó. Ya teníamos el pasaje directo hasta chile y varios días organizados para conocer más de Bolivia.

Así que amaneció y entró al hostal un hombre preguntando por loj tré. Lo seguimos y a tres cuadras del hostal en un pequeño restaurante nos esperaba el desayuno, que sería nuestro combustible para el descenso por la carretera más peligrosa del mundo.

Ascendimos en una microbus a 4700 m.s.n.m. lugar de donde empezaríamos a bajar. La adrenalina ya empezaba a recorrer el cuerpo. Nos dieron ropa, guantes, casco y bicicleta. Un par de vueltas de prueba en el pequeño claro que estábamos. Una garúa constante y muchísimas nubes nos acompañaban y multiplicaban el frío considerablemente. Una llamada del guía, una serie de consejos e indicaciones básicas para la ruta y a bajar!!

Tan solo a los pocos minutos de haber empezado el descenso las manos ya dolían del frío tratando de congelarlas. El agua a su vez impedía que pudiéramos abrir los ojos completamente y la expresión de la cara era una sola ya que el viento helado no dejaba poner otra.

Esta primera parte era en pavimento con vistas espectaculares de nubes y paredes de piedra que se alzan hacia el cielo con gran cantidad de caídas de agua que bañaban los muros. Después de unos 20km de bajar, subimos nuevamente a la micro y nos llevaron por una subida de 8km que obviamente nosotros queríamos hacerlo pedaleando, pero el guía decidió que no, así que como niños regañados entramos a la microbus.

Volvimos a bajar de la micro y de vuelta a las dos llantas. Ahí empezaba el camino de la muerte. El nombre viene por que es una carretera tan angosta por la cual transitaban buses turísticos, locales, camiones de carga, autos particulares y cualquiera que quisiera ir entre Coroico y la Paz. El camino ha cobrado la vida de cientos de personas por la cantidad de buses y autos que se han ido en los barrancos de más de cien metros.

Pero desde el año pasado la ruta no es más que una ruta para bicicletas ya que inaguraron una excelente carretera para el transito en general y no permiten que transite ningún otro tipo de vehículo por la vía antigua, así que la ruta es completamente realizable sin peligro los únicos accidentes que han habido desde entonces son contados, por irresponsabilidad de los ciclistas que hacen la ruta.

Ahí estábamos la lluvia y la neblina no se querían ir así que no quedaba más que continuar. La ruta es realmente estrecha y la pendiente interminable intenta acelerar al máximo la bicicleta en cada tramo. Entre el frío y la vibración de la bicicleta las manos y las muñecas pedían cada vez más una pausa, pero el descenso seguía. Apenas se entraba a un claro donde la neblina no habitaba era impresionante ver las caídas de metros y sobre todo imaginarse como hacían los grandes camiones para pasar por ahí.

Al rato de bajar cuando la neblina era menos densa, tuvimos el susto más grande del trayecto, donde tovi no pudo tomar una curva a causa de las piedras y salió disparado (literalmente) hacia el caño. Yo venía detrás de él así que aceleré el paso y en dos segundos ya estaba a su lado. Se quedo en el suelo unos segundos, se empezó a mover un poco adolorido con un par de golpes el muslo derecho y en la mueñeca del mismo lado, pero nada serio. Adrio se había devuelto ya y como es típico de nosotros no había terminado de levantarse cuando ya estábamos haciendo bromas de lo que acababa de pasar. Llego la microbus que nos seguía de cerca en la que tovi continuó por un pequeño tramo de la ruta para recuperarse de la caída.

Ya el clima había variando bastante, los 3000 m.s.n.m ya habían quedado atrás hacía rato y donde nos acercábamos a los 2000 m.s.n.m el lugar ya empezaba a calentar. Llegamos a la primera parada del recorrido donde nos dieron un snack (coca y yogurt) y a seguir pedaleando.

500 metros más abajo la neblina ya no existía, la visibilidad era perfecta y se avanzaba a mayor velocidad hasta dar con el final oficial del camino de la muerte donde Tovi se volvió a unir a la caravana y pedalear el último trayecto de la ruta donde llegaríamos a los 1200mts de altura. Nos sentíamos como en casa, el aire lleno de oxigeno, un calor acogedor y dando mayor potencia a cada pedaleada. Atravesamos un par de ríos y llegamos a la población Yolosa meta del recorrido.

La sonrisa en la cara era inexplicable, con barro en todo lado, las manos entumidas del frío pero más vivos que nunca. De ahí seguimos en la micro hasta el pueblo de Coroico donde nos esperaba una deliciosa ducha caliente y un bufete donde podíamos comer todo lo que pudiéramos que como se imaginan le dimos sentido a comer todo lo que pudiéramos. A eso de las tres de la tarde empezamos el regreso a la Paz para ir llegando a las ocho o nueve aproximadamente.

La llegada al hostal fue como llegar a casa, todos nuestros nuevos amigos esperándonos y preguntándonos como había estado el día con una familiaridad como si tuviéramos años de vivir juntos. La idea era llegar a dormir por que a las ocho de la mañana siguiente ibamos para Tiwanaku, pero el ambiente se presto para amanecer hablando con los presentes en el hostal.

Tiwanaku se supone es la cuna de los grandes imperios que dominaron los Andes, entre ellos la conocida cultura Inca. Ahí vimos el monolito de siete metros con treinta centímetros y un ancho de un metro con veinte centímetros, con un peso de veinte toneladas. Fue tallado en un sólo bloque de forma rectangular.

Según nos dijeron es la imagen de la Pachamama. (Madre tierra) la tienen encerrada para preservarla en un museo que esta siendo construido ya que alguien tuvo la genial idea hace unos años atrás de trasladarlo a la plaza estadio ubicada en la Paz a 45 minutos de Tiwanaku donde se empezó a deteriorar con todas las plantas que le pusieron para adornarlo.

Visitamos en el mismo lugar la puerta del sol la cual les indicaba las fechas indicadas para los cultivos y las cosechas. El templo semi-subterráneo donde se ven una serie de cabezas esculpidas en la roca a lo largo de toda la pared, con tres monolitos más en el centro del lugar. El Kalasasaya Templo astronómico que junto a la puerta del sol se lleva el control de todo el año. La piramide de akapana es una imponente estructura piramidal, con 8000 m. de perímetro, 7 terrazas escalonadas, 18 metros de altura. Actualmente se aprecian solo los últimos 6 escalones de la pirámide pero están trabajando constantemente en desenterrar y restaurar la totalidad de la pirámide.

Es un lugar de una riqueza arquitectónica pre-incaica impresionante es un lugar digno de volver a visitar dentro de unos años y poder apreciar toda la magnitud del lugar, lo que vimos fue una pequeña pincelada del mismo ya que la totalidad de construcción abarca miles de metros cuadrados que aun quedan por desenterrar.

De vuelta a nuestra casa, digo hostal nos encontramos con Julie y Lise con las que fuimos a tomar un café y comer algo para después tener otra dura despedida. Llamamos el taxi para irnos a la terminal del bus pero no quería llegar. Nico, Julie y Lise esperaban con nosotros, ya dábamos por perdido el bus.

Es increíble lo que uno puede llegar a encariñarse con las personas en tan poco tiempo. Gente que hace unos días ni siquiera existían en nuestras vidas, ahora estaban a la puerta del hostal despidiendonos. Deseandonos el mejor de los viajes, con nudos en las gargantas y los ojos mojados prometiendo reuniríamos de nuevo en alguna parte del mundo.

Ya en el taxi los veiamos quedarse, preocupados por la incertidumbre de si llegariamos a tiempo a la terminal y poniendo de nuevo la vista en el sur para poder seguir adelante. Llegamos justo para abordar el bus y pasar una noche más en un asiento de bus. Pero esta vez con destino Uyuni.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/laPaz

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copacabana

Posted 18 November, 10:45 PM by tovi

Ya era hora de pasar otra frontera… imagínense, llevábamos más de 3 semanas en el mismo país! Los pasaportes ya estaban agarrando un olor a guardado que atraía polillas, y nos estábamos acostumbrando tanto a pagar con soles que ya ni siquiera hacía falta hacer la conversión a dólares ni a colones. Ya hasta habíamos perdido la cuenta de las Inca Kolas y las Cusqueñas que nos habíamos tomado… era tiempo de movernos. Mochilas, bolsos, guitarra y espíritu aventurero de nuevo a nuestras espaldas, y nos encaramamos a un bus que bordearía el lago Titicaca para llegar un poquito más al sureste, a un lugar con otra historia, otra bandera y otro presidente; pero con el mismo lago y las mismas Inca Kolas.

Copacabana está en una porción de tierra que se adentra en el Titicaca, y está del lado de Bolivia según la frontera que atraviesa el lago, pero está pegado al lado de Perú y no toca tierra firme en Bolivia. Pero sin embargo ya al presentar los documentos para que los sellen y al cambiar los soles que nos quedaron por bolivianos, entramos oficialmente a nuestro quinto país! Tomamos nuestra foto de rigor en la frontera al rótulo que dice “Bienvenido a Bolivia” (a la par de uno que decía “to go the bathrooms ->”) y nos montamos de nuevo al bus para bajarnos en el centro del pueblo de Copacabana.

Viendo el mapa en la guía turística pudimos ver lo pequeño que era Copacabana, y lo comprobamos al llegar ahí. Parece un pueblo de playa como los de Costa Rica, con la gran diferencia de que ahí la playa no es un mar sino que es el enorme lago. Aún así, estábamos en lo más cercano que se puede estar acá en Bolivia a una playa. La tarde que llegamos era muy especial para nosotros, estábamos cumpliendo dos meses de viaje! Así que decidimos ir a caminar por ahí conociendo el pueblo, incluidos un montón de puestitos de artesanías, la iglesia local (una iglesia enorme y muy ostentosa, incluso tiene otras capillas adentro) y los diferentes restaurantes y bares que había por ahí. Más tarde fuimos a sentarnos a la orilla del Titicaca con Flavia (la guitarra) a cantarle al lago. Ahí conocimos a Lorena, una niña de unos seis años que apareció de la nada y se le tiró encima a Carlos (Carlos es como un imán para chiquitos, es increíble…). Poco después llegaron las hermanas y se la llevaron, pero en 10 minutos llegó de nuevo y nos acompañó un rato. Pueden imaginarse que el concierto se terminó, principalmente porque Lorena no se despegaba de la guitarra, entonces decidimos levantarnos, despedirnos de ella y entrar a uno de los bares que están a la orilla del Titicaca a tomarnos una cerveza para celebrar nuestro cumple-meses.

El segundo día decidimos tomar el tour por la Isla del Sol y la Isla de la Luna, pero nos informaron que el paseo ya no incluye a la Isla de la Luna, ya que sólo se están haciendo excursiones con “botes privados”, y carísimas… Así que nos quedamos con las ganas de conocerla, pero compramos el tiquete para visitar la Isla del Sol. Salimos en la mañana, en un barco parecido a los de Puno pero con muchos más asientos. En total calculo que íbamos unos cuarenta turistas en el bote. Se acuerdan que los botes de Puno eran lentos? Bueno, pues parecen lanchas de carreras al lado de los que hay en Copacabana. Éstos no tienen motores de camión, pero los motores que tienen son de lanchitas pequeñas, y estoy seguro que no fueron hechos para andar jalando 40 turistas, de los cuales siempre una proporción considerable suelen ser altos y/o gordos. En el mapa la Isla del Sol parece muy cerca de la costa, sin embargo nos tomó más o menos 3 horas llegar a ella.

Llegamos a la parte norte de la isla, y el plan era visitar varios lugares de interés arqueológico y con vistas impresionantes del lago y de la naturaleza, para después pasar a la parte Sur, ya sea por bote o por una caminata a través de la isla de más o menos 3 horas. Adivinen cuál opción escogimos? Sí, así es. Caminar se ha convertido en nuestra principal actividad y la razón por la cual no estamos redondos de tanto comer sopa de quinua y papas. Así que visitamos la Piedra Sagrada de los Incas (cuenta la leyenda que el dios Viracocha creó todo desde ahí), visitamos un laberinto de piedra que utilizaban los incas como una fortaleza o lugar de vigilancia (había muchos túneles, así que Carlos fue muy feliz) y subimos a varios lugares para ver el panorama. No teníamos guía, el tour solo incluía transporte y uno tenía la opción de contratar a un guía en la isla. No lo hicimos, sino que preferimos la libertad de ver todo por nuestra cuenta, cosa que siempre extrañamos cada vez que hay una visita guiada. Tomamos muchas fotos como buenos turistas (no altos ni gordos) y emprendimos nuestra caminata para atravesar toda la isla de norte a sur.

Nos recordó mucho al camino inca, eran muchas subidas y bajadas sobre piedras grandes y pequeñas. Pasamos por muchos paisajes diferentes, como suelo completamente árido con vegetación mínima (lo que más nos llamó la atención fue una especie de musgo gris que cubría toda la tierra en muchas partes); pasando por casas con plantaciones y animales como cerdos y burros; por un bosque con muchos eucaliptos de varias clases; por montañas que sólo tenían rocas rojizas gigantes; y al final por el pueblo, donde hay muchos hoteles y restaurantes bastante bonitos. Llegamos al puerto en el lado sur un poco más de media hora antes que lo que se suponía que teníamos que llegar. Si, otra vez nosotros alardeando de nuestra condición física recién adquirida… Ahí tuvimos tiempo de sobra para subir la “Escalera del Inca”, alrededor de 200 o 250 escalones que iban a dar a una fuente sagrada. La fuente se alimenta de agua de la montaña, y se divide en tres: la fuente de la sabiduría, la del coraje y la de la fuerza (la trifuerza, alguien…?). Luego nos fuimos al bote, y paramos un poco más al sur en el Templo del Sol. Decidimos no bajarnos, ya que estaban cobrando una entrada extra (ya habíamos pagado por entrar a la isla), y además sólo nos daban veinte minutos para visitarlo. Luego nos montamos de nuevo a la lancha y tras otra lenta pero tranquila travesía, llegamos a Copacabana de nuevo.

Esa noche, antes de irnos a dormir, nos encontramos afuera con Nicolás, un argentino que estaba tocando música en el bar que queda al lado de nuestro hotel. El bar estaba vacío, entonces decidió darse un “break” y salir a fumarse un cigarrillo. Él lleva mucho tiempo viajando por suramérica, y se dedica simplemente a tocar y cantar, y a veces a hacer algo de artesanías. Un verdadero “chancletudo”. Aunque nunca habíamos hablado con él, parecía que sabía mucho sobre nosotros: lo primero que nos preguntó fué que si habíamos venido bajando por tierra desde Costa Rica. Resulta que el día anterior, caminando por una de las calles de Copacabana que baja hacia lago y donde hay la mayor cantidad de restaurantes y puestos de artesanías, un grupo de chancletudos nos saludó y nos preguntaron que de donde éramos, y desde ahí parece que comentaron bastante acerca de nosotros y querían saber sobre nuestro viaje. Ya estamos acostumbrados a que nos saluden siempre los chancletudos locales, ya que por nuestra pinta de barbudos sonrientes siempre nos tratan como hermanos. Así que nos quedamos conversando con Nicolás un buen rato, nos contó lo que ha viajado y conocido, y nosotros le hablamos sobre nuestro viaje. Al final intercambiamos direcciones de correo y quedamos en hablarnos para ver si nos podemos encontrar de nuevo en Buenos Aires.

Los días siguientes nos dedicamos a conocer más Copacabana. Pasamos a una tiendita donde tenían de todos los cachivaches que se puedan imaginar. Tenían relojes, navajas suizas, juegos de mesa, calculadoras, cortauñas, focos, cd players… bueno, de todo lo que se les ocurra. Aprovechamos para abastecernos de algunas cosas útiles, entre ellas adaptadores para conectar nuestros aparatos portátiles a los tomacorrientes de Bolivia y Chile, que son de patas redondas. También Comimos en un par de restaurantes, incluyendo el bar Akabaa, de una argentina llamada Macarena. Ahí pedimos unos sandwiches, café y jugos naturales. Carlos se pidió tres jugos de “frutilla” (fresa, para los que leen esto). No estoy seguro si le gustó mucho o solo quería dejar a Copacabana sin frutilla. Más tarde también pedimos una Paceña (cerveza, por si acaso) y nos quedamos jugando cartas un buen rato. Doña Macarena y su esposo nos atendieron muy bien, y conversamos con ella un rato sobre varias cosas. Nos contó que ellos pusieron el primer bar de Copacabana hace unos años y les fue bastante bien, y luego de eso se fueron a viajar por el mundo. Luego regresaron y pusieron ese bar, y también les ha dado buen resultado. Si alguna vez van por allá sólo busquen un bar con una ventana rota (no es por vandalismo ni por niños jugando fútbol, sino que es parte de la decoración) y pídanse un jugo de frutilla en honor a Carlos.

Otra cosa que uno nota inmediatamente al entrar a este país son los precios. Hasta ahora hemos venido en una espiral descendente en cuanto al costo del hospedaje, la comida y demás conforme bajamos más al sur. Bolivia no rompió esta tendencia, y acá el hospedaje y la comida son considerablemente más baratos que en el vecino del noroeste. Lo que sí nos llamó la atención fué que hay dos cosas que son mucho más caras que en todos los lugares donde habíamos estado: la hora de internet y la cerveza. Es un fenómeno curioso, pero al menos en Copacabana tuvimos que medirnos mucho en éstos dos lujos.

Nuestro siguiente destino será La Paz. Bolivia nos ha acogido con los brazos abiertos y, sin duda, aunque esté sólo a unas horas de Perú y compartiendo el mismo lago, Copacabana tiene su propio espíritu distinto a todo y su encanto único e irrepetible. Un sello más para nuestro pasaporte, y así quedó también impreso con tinta indeleble en nuestra memoria para siempre.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/copacabana

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gracias!

Posted 15 November, 06:07 AM by adrio

Las mejores cosas de un viaje así siempre son las inesperadas, eso ya lo sabíamos desde que salimos de nuestras respectivas puertas el pasado primero de setiembre. Lo que no sabíamos era que algunas de esas cosas inesperadas pueden pasar lejos, en casa, mientras nosotros merodeamos por los caminos del sur. Sería un ejercicio difícil y complicado intentar describir lo que sentí (o lo que sentimos, que aquí todo lo hablo por tres) cuando nos enteramos de que se iba a hacer un chivo por nosotros y para nosotros. Imaginarnos a Michi, Pana, Felipe, y Marcos ahí reunidos haciendo música, rodeados de gente que nos ha seguido de cerca durante todo el viaje, y la gente pensando en nosotros que estamos acá a miles de kilómetros, fue increíble.

La plata reunida (que ahora se llama fondo comunitario de hospedaje) ya nos ha ayudado a pagarnos varias noches en Bolivia y Chile, pero lo que significó para nosotros ese gesto (se le queda corta la palabra, pero qué más da), va a durar más que la plata y va a quedar mucho tiempo después de haber regresado del viaje. A Michi, a los talentosos músicos y amigos que la acompañaron, a los que asistieron al chivo y desde ahí nos acompañaron esa noche, gracias inmensas desde el sur.

fotos (del chivo pues):
album en photobucket

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puno y el titicaca

Posted 9 November, 06:36 AM by adrio

Salir de Cusco fue como volver a comenzar el viaje. Ya pasó el Camino Inca, ya pasó Machupicchu, y sabíamos que el objetivo más grande del viaje había sido cumplido. Pero a la vez sabíamos que todavía faltaba casi la mitad de nuestra travesía.

Así que después de 12 buenos días en la capital del imperio Inca, nos montamos nuevamente en un bus (este fue cortito, sólo 6 horas) y pronto estábamos viendo, desde lo alto del camino, las aguas azules del Titicaca.

Puno sería la última ciudad en nuestro viaje por (“el”) Perú, y a la vez la primera parada en esta nueva etapa de nuestro viaje. Llegando al hostal, nos topamos con una pareja de chilenos que habíamos visto en nuestro mismo bus, y de inmediato nos dimos cuenta que teníamos cosas en común: todos andábamos viajando por el sur, y todos teníamos hambre. Así conocimos a Diego y María, y nos fuimos a almorzar con ellos y caminar por la Avenida Lima, la calle turística de Puno (como que todas las calles en las ciudades de Perú tienen por nombre el de otras ciudades de Perú). Es curioso; Puno es una ciudad bastante rústica y pequeña (el centro al menos), y en medio de todo eso sobresale una avenida adoquinada, repleta de restaurantes a ambos lados de la calle, muchos con rótulos y menús en inglés, y una alta proporción de turistas a locales.

Diego y María son de Santiago, pero en los últimos 10 meses han sido del mundo. Se casaron y de inmediato vendieron todo lo que tenían (soltaron todo) y se dedicaron a viajar alrededor del mundo (se largaron). Han estado en Australia, China, India, Turquía, y… y… estamos seguros que en muchos países más. De Puno iban luego a seguir nuestros pasos recientes, yendo a Guayaquil, luego a Máncora, y finalmente volarán de vuelta a su Santiago, donde intentarán volver a mezclarse con los mortales, y donde gracias a la buena amistad que hicimos con ellos, nos volveremos a ver.

Nuestra principal intención en Puno era visitar las islas del lado peruano del Titicaca, que son las islas flotantes de los Uros, y las islas de Amantaní y Taquile. En el hostal nos ofrecieron una opción muy buena (y por buena quiero decir barata), y junto con María y Diego decidimos tomar el tour. Como no hay mucho más que hacer en Puno, nuestro relato se traslada al lago y sus islas.

En el puerto embarcamos en un bote pequeño y lento (muy, muy lento, con un motor de camión diesel en lugar de motor de bote), junto con nuestros nuevos amigos chilenos, y unas 20 personas más de diversas nacionalidades. La primera parada: las increíbles islas flotantes de los Uros. Los Uros fueron una civilización pre inca; de hecho se cree que es de las primeras civilizaciones de Suramérica. Han vivido sobre las aguas del Titicaca por cientos de años; y toda su vida gira alrededor de la totora, una planta que crece en las partes bajas del lago. Con totora hacen sus casas, sus barcos, y principalmente, las islas flotantes sobre las que viven. Aproximadamente unos 3000 descendientes de los Uros viven en un grupo de 42 islas flotantes de totora, cada una del tamaño de unas 2-4 casas grandes juntas (digo yo). Cada isla está construida sobre una base de raíces de totora, que en su descomposición genera gases que hacen que se mantengan a flote, y luego las cubren con capas de totora seca, que tienen que agregar cada cierto tiempo cuando la capa vieja se empieza a descomponer. Por el peso de las sucesivas capas, cada isla dura unos 5 años antes de que tengan que abandonarla y construir una nueva.

La teoría ya la habíamos leído toda y sabíamos a lo que ibamos. Pero como nos ha pasado tantas veces ya, una cosa es verla venir y otra cosa es bailar con ella. Estar ahí es increíble! Llegamos a la primera isla donde saludamos al líder de esa isla, Sabino (en lengua Aymara, se saluda “Kamisaraki!”) Nuestro guía, Clever (sí, así dice que se llama), nos explicó todo acerca de como hacen las islas, y como usan la totora para muchas otras cosas (la usan de leña y hasta se la comen). Viajamos en un barco de totora a otra isla que era como la estación turística de los Uros: puestos de souvenirs, pulpería, un par de restaurantes y hasta un “hotel” sobre la isla, conformado de un grupo de tienditas de totora con un par de camas cada una adentro.

Ahora el turismo ahora es parte inevitable de la vida en los Uros, para bien o para mal. Es un cuadro un tanto extraño ver a esta gente viviendo exactamente como lo han hecho sus antecesores por cientos de años, ahora con su cultura infiltrada por los cientos de turistas que visitan sus islas todos los días, en decenas de lanchas y botes. Le preguntamos a uno de los señores de la isla si no les afectaba la gasolina de los botes (ellos beben el agua del lago), y después de decirnos que no, se quedó dudoso.. “bueno, si, la verdad si se siente”.

Nos despedimos de la amable gente de los Uros, y dos muchachas se pararon en la orilla de la isla a cantarnos twinkle twinkle little star mientras se alejaba nuestra lancha (bueno, tuinco tuinco lirostá, pero sirve igual). Un gesto que nos conmovió y nos hizo reír y nos dejó ver que al fin y al cabo los Uros aceptan el turismo y no nos ven como invasores, sino como invitados con plata, un mal necesario casi. Nos dirigimos hacia la isla de Amantaní, donde nos quedaríamos el resto del día y dormiríamos con una familia de la isla. Unos cuantos metros antes de llegar, el lago se picó, moviendo la lancha a su antojo y dificultando la aproximación al muelle. Llegamos justo a tiempo a la isla, unos minutos más y habría sido imposible.

Llegamos a la isla y saludamos a los locales (acá hablan Quechua, y se saluda “Añiyanchu!”) Nos recibieron siete mujeres de la isla, quienes alojarían a los distintos grupos de gente que veníamos en la lancha. El premio se lo llevó Maribel, a quien le tocó alojar a loj tré. Nos fuimos a su casa y ahí nos sirvió el almuerzo (sopa de quinua, el principal cereal andino; y luego papas, queso frito, y otro tubérculo que siembran en la isla al que llaman oca).

La estadía con las familias no era exactamente como la imaginábamos. En realidad la convivencia con Maribel y su familia fue mínima, y los cuartos donde nos alojaron son dentro de su terreno, pero completamente aparte de la casa. La experiencia fue más como quedarnos en un mini hostal administrado por una familia de Amantaní. Hemos aprendido que nada suele ser como uno se lo imagina en un principio, y no es que fuera mejor ni peor, sólo diferente. En la tarde subimos a la plaza del pueblo (subimos, y subimos). Ahí se suponía que nos reuniríamos todos los del bote (repartidos ya en distintas familias) para un encuentro. Pues el encuentro terminó siendo nada menos que un encuentro futbolístico, con loj tré junto con Diego y Clever en un equipo estelar que no ganó ni un solo partido. (ah se ríen? traten de jugar futbol a 3800 m de altura!). Pero se gozó, y no nos fuimos en blanco; Tovi anotó el único gol en nuestro equipo, que salvó nuestra honra e hizo que valiera la pena quedar completamente sin aire después de cada jugada.

En la noche caminamos junto con Maribel y su hermana Melania a la fiesta que organiza el pueblo a diario para que convivan los turistas y los locales. Caminamos en oscuridad y mucho (mucho!) frío hasta llegar al salón comunal, donde dos grupos de música andina tocaban alternadamente. Ahí bailamos todos el baile que nos enseñaron las muchachas locales (hay videos!) hasta que el cansancio nos venció colectivamente y acabó la fiesta.

Fue una buena experiencia, conversamos (poco, pero conversamos) con Maribel acerca de su vida en la isla y hospedando turistas; dormimos en los pequeños cuartitos de piso de tierra y paredes de barro, y temprano a la mañana siguiente estábamos listos para seguir nuestro camino sobre el lago.

Otro lento tramo de nuestra lancha nos llevó a nuestro tercer destino en el lago: la isla de Taquile (estas lanchas lentas no son del todo malas; dan mucho tiempo para conversación y ayudan a crear amistades con colegas viajeros). En Taquile desembarcamos y realizamos una caminata de una hora hasta la plaza central de la isla. El Camino Inca sigue dando recompensas, y nuestra condición para caminatas sigue estando en todas. La caminata la hicimos tranquilos y disfrutando de la impresionante vista del agua completamente azul del Titicaca, que dependiendo en qué dirección lo vea uno, parece más el mar que un lago.

Todos los tejidos a mano en la isla de Taquile son hechos por hombres; las mujeres no saben tejer a mano. Los hombres casados se distinguen de los solteros por sus gorritos andinos, tejidos a mano por ellos mismos. Cuando se casan, cambian su gorrito rojo-y-blanco por uno completamente rojo, que deben aprender a tejer antes de poder casarse, y del cual depende su prestigio. Las mujeres saben tejer pero en telar, donde hacen un cinturón con tela y con su propio cabello, que regalan a su marido en el momento de casarse, y es la forma de que el hombre tenga a su mujer con él siempre, inclusive si ella muere. Y esa fue la sección de cultura general de Taquile.

Un último viaje lento en lancha (bueno, en esa lancha al menos) dio mucho tiempo para conversar con gringos, alemanes, franceses y chilenos. Volvimos a Puno y decidimos que nos merecíamos un día para descansar. Así que compramos provisiones (un pan cuadrado, una lata de leche condensada) y al día siguiente nos quedamos en cama hasta las 5 de la tarde, durmiendo, jugando PSP, leyendo y tocando guitarra (vacaciones de nuestras vacaciones dijo Michi). Último día en Perú, fueron bien merecidas.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/punoeyeltiticaca

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cusco

Posted 5 November, 05:24 PM by carlos

No había terminado de amanecer después de los cuatro días de caminata, cuando ya ibamos rumbo al Valle Sagrado de los incas. Saliamos de un parque al costado de la plaza de armas, en un bus lleno de hispano parlantes dispuestos a conocer más de las maravillas tanto incaicas como pre-incaicas.

Primera parada: mercado artesanal de C’orao, donde una vez más se encuentran mil y un puestos donde cambiar el oro por artesanías. Fue corta la visita y seguimos al siguiente centro artesanal; Pisaq, en el corazón del Valle Sagrado. Lo recorrimos de pies a cabeza, donde en todos los toldos nos ofrecían una cantidad multicolor e inimaginable de tejidos, bufandas, ponchos, gorritos, camisetas, lapiceros, libretas, mates de coca, hojas de coca; en fin, mil cosas increibles, hechas impecablemente.

Media hora más de bus y Vladimir (nuestro guía) anunciaba la llegada a la reserva arqueológica de Pisaq; conjunto de andenes de aproximadamente 54 niveles, destinados a la agricultura. Se puede apreciar como el paso de los conquistadores casi lo borra del mapa, pero un poco más arriba se encuentran construcciones más finas, lo cual significa que era lugar sagrado o un templo.

Justo a la par de esta construcción fina, se puede ver una menos trabajada y más tosca, que es construcción de una civilización anterior, que en vez de destruirla y construirle encima, respetaban su espacio y la mantenían tal cual era. La vista del Valle Sagrado desde Pisaq es increíble. Todo parece una maqueta de una zona agrícola; casas de barro, las propiedades divididas por pequeñas cercas, y hasta donde alcanza la vista, plantaciones.

Siguiente destino: Urubamba, lugar donde comeríamos en un buffet, donde probamos la alpaca y mil tipos de papa, además de todo lo que echamos de más en el plato que ya conocíamos, por supuesto sin dejar de lado los postres. Aquí se nos unió Egle, una Lituana que estudió ciencias neuronales y está sacando su maestría en Perú estudiando a los chamanes y curanderos de la selva.

De nuevo en el bus y directo a Ollantaytambo, tercera parada de nuestro recorrido. Ahí pudimos apreciar (entre un millón de turistas) uno de los más impresionantes legados incas; piedras de más de 42 toneladas acomodadas perfectamente como en un rompecabezas, en lo que sería uno de los mayores templos incas. Lo más impresionante es que las piedras que utilizaron para dicha edificación no se encuentran ni en el valle ni en el cerro del mismo asentamineto, sino que fueron traídas desde kilómetros a lo lejos y se dice que hasta cambiaron el curso de un río para poder llevar las piedras hasta el cerro que les permitía divisar los tres valles que lo rodean. Lamentablemente el lugar quedó a medio construir, como la mayoria de ruinas incas, por la llegada de los conquistadores y guerras que habían entre los mismos locales.

Con el tiempo un poco escaso, nos dirigimos a Chinchero, último destino del tour. Además de que el tiempo era poco, nos encontramos con una reparación en la vía, por la cual nos querían dejar esperando tres o cuatro horas. A nuestro guía, que nos estaba sirviendo de mediador, se le ocurrió pedir prestada una cámara de video y empezar a filmar cómo estaban retrasando más de ocho buses de turismo, e inmediatamente empezaron a mover los camiones y nos dejaron pasar.

Llegamos a Chinchero, específicamente a la Iglesia, que fue de las primeras construidas por los españoles y fue pintada en su totalidad por astistas andinos. Nos permitieron entrar cuando estaban a punto de cerrar. Pudimos ver el interior del templo, el cual no tiene ni un solo rincón sin un trazo del pincel, con imágenes de ángeles, santos, la trinidad y miles de adornos más recubriendo la totalidad del lugar. Ahí mismo visitamos una de las textileras locales, donde vimos todo el proceso, desde hacer los hilos, pasando por el teñido y terminando en tejidos impresionantes donde plasman su historia, con representaciones de animales y figuras características de su pueblo.

De vuelta en Cusco, Egle nos propuso ir por un chocolate caliente. La noche no podía estar más fría. Así que sin dudarlo nos fuimos a buscar un lugar donde refugiarnos. Dimos un par de vueltas y encontramos “The Muse”, un pequeño rincón de Cusco donde el ambiente es cálido a cualquier hora y sirven los mejores sandwiches y jugos de todo Cusco, además de un café delicioso. Pasamos ahí el resto de la noche, con buena música, contando cada uno como habíamos llegado ahí y qué hacáamos en esa fría pero preciosa cuidad.

Al día siguiente visitamos Saqsaywaman, que quedaba a 15 min de nuestro hostal a pie. Otra de las increibles riunas incas, que fue construida bajo orden del Inca Pachacutec con fines militares. Duró alrededor de cincuenta años en ser construida, y a la llegada de los españoles ya estaba terminada.

Los siguientes días nos dedicamos a descansar y a recorrer los cafés de la ciudad, entre los que encontramos Indigo, donde jugamos el famoso juego Wisstoy!! No tienen idea, es divertidisimo! El juego consiste en una serie de tucos de madera que se colocan de tres en tres a manera de formar una torre. Una vez construida la torre se procede a ir quitando de uno en uno los tucos, e irlos poniendo en la parte superior de la torre sin que la misma colapse, el que tenga la mala suerte de hacerla colapsar es el perdedor absoluto. (si, si, ya sé es Jenga, pero yo qué tengo la culpa que ese se llamara Wisstoy?). Tambíen jugamos Uno y tomamos más café. Además fuimos a un concierto en “Km 0” donde tocó el grupo Caxa, al que Hans, el guitarrista, que tocó la noche que conocimos “The Muse”, nos había invitado después de estar largo rato conversando.

El día antes de partir de Cusco, Adrio consiguió su añorada guitarra, así que decidimos ir a despedir Cusco en “The Muse”. Para suerte de todos esa noche, Piero (amigo de Hans) tocaba ese día en vivo, y al ver a nuestro querido viajero con guitarra, lo invitó a tocar y a hacerle compañía el resto de la noche. La felicidad de Adrio era sumamente contagiosa y todos los presentes les aplaudimos y acompañamos toda la noche.

Al amanecer, entre el taxi que duró mil horas en llegar y que a mí se me olividó la billetera en el hostal y me acordé de camino a la terminal, casi perdemos el bus de Puno, el cual tuvimos que perseguir en carrera durante unos 200mts. Pero una vez en él, nuestros asientos nos esperaban para llevarnos a nuestro próximo destino.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/cusco

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camino inca y machupicchu

Posted 25 October, 07:42 PM by adrio

El 19 de octubre nos encontró emocionados, ansiosos, sobresaltados de que ya fuera 19. Cuando uno espera algo por tanto tiempo, especialmente cuando tiene fecha, parece que nunca va a llegar, pero uno ni cuenta se da cuando de repente ya llegó el día.

Nuestros espacios para el Camino Inca quedaron reservados con fecha 19 de octubre, desde principios de julio. Ya desde ese entonces estaban completamente llenos hasta esa fecha los cupos para las 500 personas que se permiten al día. Llegando acá la gente nos comentaba lo afortunados (afortunados? sabios!) que éramos en tener las reservaciones; muchísima gente se queda sin hacer el camino por no haber reservado con suficiente antelación.

Después de previas instrucciones de parte de Don Hernán, el señor que contactamos hace meses cuando hicimos la reservación, pasaron a recogernos al hostal, en un bus con 10 personas más que serían nuestros compañeros de caminata, mas dos guías. Nos tocó un grupo excelente. Eran 5 parejas de europeos y nosotros; entonces éramos los diferentes del grupo, pero nos llevamos muy bien con todos. Nos tocó con una pareja de ingleses, Nick y Hailey, y también iban los papás de Hailey, William y Caroline, dos señores ya mayores que impresionaron a todo el mundo con su condición física y su espíritu aventurero. Luego estaban los franceses, Ben y Barbara, y los belgas, Louise y su esposo (cuyo nombre escapa a nuestra memoria), y los españoles (bueno, catalanes) Eduardo y Begoña, de quienes nos terminamos haciendo muy amigos al cabo de la travesía. Finalmente estaban los dos guías, Freddy y Pepe Lucho, que completaban la familia con la que convivimos durante cuatro días y tres noches.

Nos encaminamos hacia el pueblo de Ollantaytambo, donde paramos por provisiones (agua, barras de granola, Tang, chocolates, hojas de coca, y nuestros bastones para caminar: Tom, Pollo y Lucho). Poco tiempo después estábamos en Piskakucho, el kilómetro 82 de la vía férrea que se dirige a Machu Picchu; el punto inicial de nuestra caminata. Mochilas a la espalda con todo y sleeping bag y colchoneta, los buenos Hi-Tec bien amarrados, atollados de bloqueador solar, botellas de agua listas, bastón en mano, y emprendimos la caminata. Según nos dijo el guía (y entenderíamos al día siguiente) el primer día es básicamente el entrenamiento. Unas cuatro horas de caminar, con algunas subidas y bajadas, tampoco facilísimo pero sí llegamos al primer campamento bastante enteritos. En general, alguien con condición física por arriba del promedio (porque, admitámoslo, el promedio es terrible) puede hacer la caminata sin mucho problema.

Hay que ser sinceros; el Camino Inca no es fácil, pero lo tratan a uno muy, muy bien. En los campamentos y en las paradas de almuerzo nos esperaban muy buenas comidas, siempre con sopa, un plato bien completo, y té de coca, siempre mucho té de coca. Como nos decía nuestra amiga Marce, que no tuvo tanto lujo como nosotros cuando hizo el camino: “los odio! ustedes son de los que les llevan la comida y todas las cosas!”. Y aquí es donde entran en juego los porteadores; hombres de todas las edades que trabajan para las compañías que organizan los tours del Camino Inca. A los porteadores les toca llevar todo el equipo del que tan cómodamene disfrutamos nosotros en cada parada: tiendas de campaña, mesas, bancos, utensilios de cocina, más la comida de todo el grupo para los cuatro días. Ellos tienen que ir más rápido que los grupos, para poder llegar antes a cada parada y alistar (setuppear) el campamento y cocinar el almuerzo o cena. Así que a lo largo de todo el camino, de repente se escuchaban gritos que anunciaban “porteador!” para dejarlos pasar. Todo lo orgulloso que se siente uno de estar haciendo la caminata se desmorona cuando pasan los porteadores volando a la par como si nada. Su condición física es impresionante; cada uno carga paquetes de hasta 20 kg (en teoría, porque a veces se veían mucho más pesados que eso), y la mayoría hace todo el camino con un simple par de sandalias.

Ya sabíamos de antemano que el segundo día era el más difícil, sólo que no nos imaginábamos qué tanto. Es el más difícil porque se sube hasta el punto más alto del trayecto; el Paso de la Mujer Muerta, a 4200 metros sobre el nivel del mar. La subida es larga y constante; unas dos horas y media de subir seguido. Cada paso y cada grada es más difícil que la anterior. Después de cierta altura el cuerpo no responde igual, todo pesa más, la respiración se agita y se acorta muy fácilmente. Súmenle a esto el peso de la mochila en la espalda, y se va dando cuenta uno de por qué dicen que es el día más difícil.

Pero así como es difícil, así de satisfactorio es llegar a la cima. Yo pude tomar un ritmo más rápido que Carlos y Tovi (Carlos estaba con una gripe que lo estaba matando, por cierto); en la subida me les adelanté y terminé llegando a la cima unos minutos antes que ellos. Cada persona que llegaba arriba era alentada con gritos y aplausos de sus compañeros de grupo que ya estaban en la cima. Así, Eduardo y Begoña, que habían llegado a la cima hacía rato, junto con el resto de nuestro grupo, me alentaron para poder subir los últimos metros, definitivamente los más difíciles por la altura y lo inservibles que se sienten las piernas en ese punto. Descansando arriba y esperando a los últimos dos, les enseñé a nuestros amigos españoles, franceses e ingleses (y los guías también) un buen canto para ayudar a Carlos y a Tovi a terminar la subida. Así que llegando a la cima, fueron recibidos con un sonoro “ooee oe oe ooeeee ticooos ticooos!” (tuve que explicarles qué son ticos; ninguno sabía). Tovi se inyectó tanto que subió las últimas gradas casi corriendo. Fue un momento memorable.

En la cima descansamos, celebramos, e hicimos ofrendas a la Pachamama como agradecimiento de habernos permitido llegar hasta ahí (Tovi no porque es el menos chancletudo). De ahí en adelante todo era bajada; eso suena bonito en teoría pero la realidad fue otra. Fueron casi dos horas de bajar gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas y más gradas (y esto se queda corto). Gradas de piedra, empinadas, resbalosas. Después de la subida, las piernas y las rodillas ya no echaban; a la mitad de la bajada ya empezaban a temblar. Tovi y yo nos adelantamos en la bajada, y dejamos a Carlos rezagado varios cientos de gradas atrás. “Por qué tan lento mae?” le pregunté en un punto, a lo cual me contestó nada más moviendo la cabeza con un “no sé que me pasa”. De repente, cuando ya no faltaba tanto para llegar al campamento, y cuando pensábamos que Carlos habría quedado tirado ya en la grada número 1700, nada más sentimos alguien que nos pasa volando a la par y nos dice “por qué tan lentos maes?”. A Carlos se le metió el espíritu inca y le dio un impulso de energía inexplicable, y terminó siendo el primero de nosotros en llegar al campamento. Carlos… no traten de entenderlo.

Nosotros en un principio pensábamos que el Camino Inca serían cuatro días de caminar sin parar. Cuando supimos que eran sólo (“sólo”! ja!) unas seis horas de caminata al día, nos empezamos a preguntar qué hace uno ahí el resto del día. Cuando llegamos al campamento a las 2 de la tarde aproximadamente encontramos la respuesta: no podíamos movernos más. Recibimos nuestra recompensa en forma de jugo de maracuyá caliente, almorzamos, y colapsamos en nuestra tienda. El agotamiento y el dolor de pies, piernas y hombros (trapecio para ser exactos) debido a la caminata y a la mochila nos dio qué hacer el resto de la tarde: yacer inertes. Con dificultad logramos levantarnos para el té y la cena (sí, nos daban té con palomitas y galletitas y cena todos los días), y sólo Carlos se quedó después hablando con los franceses (andaba con el espíritu Inca metido todavía).

Ya habíamos pasado lo más duro, pero el tercer día fue la caminata más larga. También es el día más interesante, porque se pasa por varios sitios arqueológicos de ruinas incas. A lo todo lo largo del Camino Inca había construcciones con distintos propósitos: lugares de vivienda, sitios de descanso (tambos), puestos de vigilancia (pukaras), terrazas para la agricultura, y templos y otros tipos de sitios de rituales sagrados. A diferencia de muchas otras ruinas incas en la región de Cusco, ninguna de estas construcciones fue encontrada por conquistadores españoles, por lo cual se mantienen intactos (salvo los efectos de la vegetación y el paso del tiempo).

Nos levantamos a las 6 AM con el llamado de “coca tea!” de Wilfredo, nuestro Inca personal (bueno, el porteador encargado del coca tea). Salimos de nuestra tienda para encontrarnos con un día despejado y un gran cerro nevado al frente, una vista que dejaría a cualquiera sin aliento (y más a esa altura). Realmente el clima estuvo excelente durante todos los cuatro dias; tuvimos mucho sol y cielos despejados, y nos llovió solo en las noches cuando ya estabamos (semi) protegidos por nuestra tienda de campaña.

Empezamos la caminata con una pequeña subida hasta el pukara de Runkarakay (significa “ovoide” por su forma “ovoide”), donde Pepe Lucho nos dio una… de… sus… pausadas… explicaciones (kalachupi, Pepe!). Ahora seguía el segundo paso, más fácil que el primero, pero también bastante agotador. Creo que es una combinación de la altura, el cansancio de los músculos y un fuerte efecto psicológico de estar viendo siempre la cima a la que se tiene que llegar y sentir que no se avanza, lo que causa en general que se hagan tan cansadas esas subidas. Uno piensa que a la próxima vuelta ya va a estar el último trecho antes de la cima y siempre hay más y más (…excepto en el último).

La siguiente parada después del paso fueron las ruinas de Sayaqmarka, que servía también de pukara pero además era un sitio ceremonial. Faltaban unos 25 minutos bajando y luego subiendo a través de la selva antes de llegar al lugar del almuerzo. El espíritu inca se nos metió a todos esta vez y poco nos faltó para hacer todo ese tramo corriendo. Con la misma energía salimos después de almorzar y la próxima hora fue increíble; Tovi y yo íbamos rápido pasándole a varios grupos, y de repente escuchamos el familiar grito de “porteador!”. En un acuerdo tácito, los dejamos pasar y de inmediato nos pegamos a ellos, aumentando aún más nuestro ritmo y completando esa sección del camino todo a paso de porteador. Llegamos al tercer paso de primeros, y unos cinco minutos después apareció Carlos junto a Bego y Eduardo. Pasaron unos diez minutos más antes que apareciera el resto del grupo (hispanos a la cabeza!).

El tercer paso es el de Phuyupatamarka (“pueblo por encima de las nubes”). Las ruinas servían de terrazas agrícolas, además de ser otro pukara y sitio sagrado. A partir de ahí seguía la parte más difícil del tercer día, según los guías; una bajada constante y empinada de dos horas. El camino en esta parte es 100% Camino Inca original, a diferencia de las primeras secciones del trayecto, las cuales fueron desplazadas cuando se realizó la construcción de la línea del tren paralelo al río Urubamba. Entonces el camino en sí es impresionante; muchas de las gradas fueron talladas en gigantescas piedras que nunca fueron movidas de su posición original en la montaña. De hecho todo el sistema de construcción inca se basaba en adaptarse a las condiciones de la naturaleza (topográficas, climáticas). Es decir, en lugar de tratar de modificar la forma de la montaña para realizar sus construcciones, adaptaban la forma de las terrazas y demás elementos de sus obras a las condiciones topográficas existentes. Era verdaderamente un sistema de construcción en completa armonía con la naturaleza.

En esta parte fue donde realmente el equipo hispano tomó liderazgo. Bego, Eduardo, Carlos, Tovi y yo nos despegamos del grupo en los primeros minutos del descenso, y de ahí en adelante fluimos como agua por las centenarias piedras incas. Después de pasarle a varios grupos, de repente nos encontramos con un Camino Inca vacío, completamente para nosotros. Fue mágico; no vimos una sola persona más hasta el último campamento. Ibamos los cinco completamente juntos, y al final parecía que nos vinieran persiguiendo, pero el mismo impulso que llevábamos (el mental y el de la gravedad cuando uno corre cuesta abajo) no nos dejó frenar hasta que llegamos a nuestro destino, de primeros. Uno de los porteadores, sorprendido y muy sonriente, nos felicitó a nuestra llegada. Tiempo total del último tramo: hora y media, 30 minutos menos que lo normal.

Cerca del último campamento están las imponentes ruinas de Wiñaywayna (“siempre joven”). Ir a visitarlas es opcional, porque no quedan exactamente sobre el trayecto, sino que están después de una pequeña desviación. Como fuimos tan veloces, nos premiamos con una visita a estas ruinas. La gente llega cansada al último campamento, y creo que además no saben lo cerca que queda Wiñaywayna, así que casi todos optan por saltarse la visita y quedarse descansando. No saben de lo que se pierden. Freddy nos acompañó en una caminata mucho más corta de lo que esperábamos; menos de cinco minutos. Cuando uno menos se lo espera, se llega a un claro entre los árboles, y se topa de frente con una impresionante (disculpen el presente y futuro abuso de este adjetivo, realmente es la única forma de describirlo) vista. Hacia arriba y abajo, una enorme serie de terrazas cubren una gran sección de la cara de la montaña. El sol de la tarde iluminaba las terrazas, el templo, y más abajo, las viviendas que conforman Wiñaywayna. Lo hace aún más imponente el hecho de que las ruinas están completamente rodeada de cerca por montañas, sin ningún otro acceso que por el que entramos. Es una mini-ciudad completamente encerrada, que transmite una sensación de grandeza pero a la vez de aislamiento y seguridad. Esto, sumado al hecho de que éramos alrededor de 10 personas en las ruinas, hizo que la visita fuera lo mejor del camino hasta ese momento.

Se cree que Wiñaywayna fue un sitio de experimentación agrícola, donde los agrónomos incas adaptaban nuevos tipos de cultivos. Además era un sitio sagrado, donde vivían sacerdotes y realizaban ceremonias en el Templo del Arcoiris, que se encuentra en la parte superior de la construcción y tiene siete ventanas; una para cada color del arcoiris. Bajando al lado de las terrazas hay una serie de fuentes, alimentadas por aguas de cascadas que fluyen en la parte superior de la montaña. El agua es desviada por canales de piedra y llega hasta Wiñaywayna, donde cae sucesivamente por una serie de 12 piletas. El agua no ha dejado de fluir por esas fuentes desde su construcción hace más de 500 años. En la parte inferior del complejo están las ruinas de las viviendas, las cuales pudimos disfrutar en completa soledad hasta que se empezó a ocultar el sol y se nos hacía tarde para el té (y las galletitas).

El último campamento es un complejo turístico con todo y restaurante; muy distinto a los anteriores campamentos que eran en medio de la selva sin nada más que tiendas de campaña. Ahí disfrutamos de la última cena, un verdadero festín que fue recibido con dientes afilados y aplausos para el cocinero. Nos tomamos un par de Cusqueñas, nos dimos una ducha caliente (sí, hasta ahora nos bañábamos) y nos fuimos a dormir, preparándonos para la culminación de nuestra travesía.

Eran las 3:45 AM cuando nos llegaron a despertar. De por sí ya estábamos despiertos; ninguno podía dormir un minuto más. Nos preparamos rápidamente y nos dirigimos al portón que marca el último puesto de control del Camino Inca. Lo abren hasta las 5:30, pero llegamos a hacer fila a las 4:45 (porque nos encanta hacer filas!). Abrieron las puertas y eso fue como soltar una estampida de toros. Machupicchu nos llamaba a todos y ninguno quería aflojar el paso para poder llegar justo después del amanecer. El cuarto día se camina poco; en hora y media aproximadamente se llega al destino final. Pero la velocidad y la ansiedad por llegar hacen que también sea algo cansado. En una hora (y después de pasarle a los dos grupos que habían llegado al puesto de control antes que nosotros) llegamos todos los 13 del grupo, juntos, a la pared de 51 escalones que hay que escalar, bastante literalmente, antes de llegar a Intipunku (“Puerta del Sol”). Al llegar casi nos orinamos en los pantalones y se nos hicieron nudos en la garganta y huecos en la panza al ver Macchupicchu por primera vez, a la distancia. El sol empezaba a salir a nuestras espaldas, del otro lado de la Puerta del Sol, iluminando directamente la ciudad y las montañas que la rodean.

De ahí en adelante seguimos nuestra carrera con el equipo hispano, seguidos de cerca por los franceses y nuestro guía Pepe Lucho, que nos alcanzó corriendo, diciéndonos que lo habíamos dejado rezagado. Finalmente, casi a las 7 AM, llegamos a Machupicchu.

No voy a tratar de explicar lo impresionante que es entrar a Machupicchu. No se puede con palabras.

Por dicha cuando entramos todavía no habían llegado muchos turistas más. Recorrimos las ruinas junto con Pepe, que nos fue explicando cada sección y la función que cumplía. Pasamos por las terrazas agrícolas (que conforman más de la mitad del área que cubre la ciudad), las zonas de viviendas, subimos a la parte superior donde se encuentra el Intiwatana (“lugar donde se amarra el sol”), el reloj de sol sagrado de los incas, visitamos las canteras de donde extraían las piedras para la construcción, y admiramos a la distancia la plaza central de la ciudad y el sector industrial donde manufacturaban los textiles.

Las construcciones de los incas eran perfectas; cortaban las piedras con una precisión milimétrica y las colocaban unas sobre otras, encajando con tanta exactitud que no necesitaban de ningún otro material que uniera los bloques, los cuales simplemente se sostenían unos contra otros por su propio peso. Contrario a lo que yo pensaba, no todas las construcciones eran hechas de esta forma, sólo las que tenían propósitos sagrados o ceremoniales. El resto eran más rústicas; piedras cortadas de forma menos precisa y unidas con barro. De esta forma puede uno identificar el propósito de cada construcción de acuerdo al tipo de construcción, y así saber si era un sitio sagrado. Esto es cierto tanto para Machupicchu como para cualquier otra construcción inca.

Waynapicchu (“montaña joven”… por cierto, Macchupicchu significa “montaña vieja”) es la montaña grande que se ve atrás de la ciudad en esa foto clásica de Machupicchu que se ve por todas partes. Una de las cosas que puede hacer uno es subir a Waynapicchu y ver toda la ciudad desde la cima. Estábamos decididos a hacerlo, pero al bajar el ritmo y al enfriarse las piernas, empezamos a dudarlo seriamente. Después de descansar un poco y recargarnos en la Piedra Sagrada, nos animamos a subir (cuando nos preguntaban los guías si ibamos a escalar Waynapicchu, realmente querían decir “escalar”). Es una subida constante de 45 minutos (subiendo con buen ritmo), muy empinada, de gradas y rocas. (De camino para arriba nos topamos con los únicos ticos que hemos visto en todo el viaje: don Max Fischel y su esposa, quienes idenifiqué al instante como ticos luego de escuchar a la señora decir una sola frase. Sí que no nos perdemos) En fin, ya más arriba, lo único más fuerte que el vértigo que se sentía a esa altura, era la grandeza de la vista del ángulo contrario (al “clásico”) de Machupicchu, junto al gran camino que baja como serpiente hasta el pueblo de Aguas Calientes, al pie de la montaña. La subida nos terminó de agotar las baterías que nos quedaban, pero definitivamente no nos habríamos perdonado no subir ahí, ver Machupicchu desde la distancia y sentir que en cualquier momento el viento nos iba a botar de la montaña y tirarnos en el río Urubamba.

Merodeamos un rato más por Machupicchu, admirando las perfectas construcciones incas, esquivando turistas (a las 10 AM llega el tren turista y descarga masas gigantes de gente en Machupicchu), y viendo llamas, incluyendo una se enamoró de Carlos y lo seguía por todas partes. Entramos al Templo del Cóndor, donde los incas usaban chicha para hacer ceremonias en honor a Hananpacha (“el mundo de arriba”), y el cuarto de los morteros, pequeñas piletas de agua que usaban los incas para ver las estrellas en el reflejo del agua.

Ya agotados nos reunimos de nuevo con Bego y Eduardo, que optaron por visitar el puente inca, una opción bastante menos cansada que Waynapicchu. En bus bajamos en un zig-zag hasta Aguas Calientes, donde vimos a nuestro grupo por última vez.

Finalmente un tren nos llevó, incrédulos, de vuelta hacia Cusco. Hicimos el Camino Inca.

fotos:
http://picasaweb.google.com/soltartodo/caminoincaymachupicchu

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el norte de perú

Posted 18 October, 09:38 PM by carlos

A eso de las nueve de la noche ya se leía “bienvenidos a Perú”. La emoción de los tres se podía sentir en todo el autobús, y a la vez estábamos deseando bajarnos ya. Llegamos a la terminal en Tumbes (ciudad que colinda con Ecuador). Al bajarnos conocimos los “mototaxis” que serían nuestros amigos en esta parte del recorrido. Son motocicletas con un asiento añadido a la parte posterior de la moto, para los pasajeros, y una pequeña canasta para el equipaje. Pareciéndose al final a triciclos.

De la terminal nos recomendaron el hostal Imperial, donde pasamos la noche. A la mañana siguiente desayunamos, recorrimos la plaza de armas y el malecón, que lo vimos por cinco segundos, ya que el deterorio y el olor a baño publico era lo que predominaba.

A medio día estabamos en la super microbus que nos llevaría a Máncora, una de las playas más visitadas y bonitas de Perú. La super microbus contaba con asientos destrozados, solo una ventana abría y tenía unas cortinillas azules que lo unico que hacían era estorbar. Pero no nos podía importar menos. Ibamos para la playa! A un precio super cómodo.

La primera impresión de Máncora fue <> Una brisa helada golpeaba la costa día y noche, pero la belleza de la playa y el viaje de promoción de un colegio de Lima, que en su mayoría eran mujeres, arreglaban todo. Seguido: hospedaje en una construcción, dejamos los bultos y a comer un delicioso cebiche peruano (si con b, aquí lo escriben así) con una Pilsen Callao.

Fuimos a recorrer la playa y fue cuando dimos con ellas. La playa de extensión es si acaso unos tres kilómetros, pero donde hay gente es como 300mts. En esos metros hay como cincuenta puestitos frente al mar, donde todos venden todo tipo de mariscos y comida tipica de la zona. Como se pueden imaginar el agua del mar es helada, así que el primer día le anduvimos de lejos.

En la noche parecía una noche en Coronado. Sueters, gorritos y pantalones largos eran nuestro atuendo. Fuimos a ver que nos ofrecía la vida nocturna de Máncora, la cual se limitaba a quinientos metros de calle, que dicho sea de paso esa calle es la Panamericana. Entonces se ven pasar buses, trailers y camiones cada cinco segundos, moviendo a la gente a punta de pitos de la calle.

Hay para todos los gustos en esos quinientos metros. Pero aparte del frío, unas cervezas y unas papas firitas la noche no ofrecía nada más. Es increíble lo temprano que la gente en Máncora termina la noche. A las 11:00pm parecían las tres de la mañana. Asi que regresamos a nuestra construcción y a esperar que amaneciera.

Salío el sol y decidimos que había que cambiarse de lugar, ya que el escándalo de la mezcladora y los trabajadores no era el óptimo para descansar. Después del almuerzo de la muerte, estudiamos las opciones y nos movimos al hotel Sol y Mar. Teníamos mesa de ping pong, piscina y un restaurante carísimo en el cual no comimos.

Seguro se preguntan por qué almuerzo de la muerte, ya les digo. Otra vez el sol había decidido irse, los abrigos volvían a nuestros cuerpos y Adrio parecía que andaba en el otro mundo. Asumimos que fue el cansancio del día de playa y la pésima noche anterior. Cerramos las puertas de la cabina como a las diez. Para que la madrugada nos contara que a Adrio algo no le había caído nada bien.

Con el sol de regreso me fui con Adrio a emergencias, porque ya era demasiado el dolor de estómago, y paso todo el día pegado a suero, grabol y cuanta cosa más se deleito el doctor administrarle en el suero. Tovi y yo mientras tanto almorzábamos y esperábamos en la cabina.

Ya con Adrio un poco más repuesto y con color en la cara, tomamos la desición de partir al día siguiente y no ese mismo día como era el plan, para que descansara y se repusiera por completo.
Eso nos restaba días para conocer lugares en la zona norte del Peru. Así que directo a Lima!

Como teníamos un día extra en Máncora porque el bus salía hasta las siete de la noche, buscamos una lavandería para tener todas nuestras prendas limpias, y nosotros a jugar ping pong y meternos al mar (sí ,sí nos metimos!) Ese mismo día conocimos a Flavia y a Maria José, que fue donde nos enteramos que eran de Lima y que andaban en un viaje de graduación, y ese mismo día se iban.

La ropa limpia, todo empacado para partir, nos comimos algo pequeño y a esperar el bus. El bus que en teoría duraba doce horas se extendió hasta diecisiete horas. Hasta el momento el transporte más incómodo y hediondo que nos ha tocado. La gente comiendo pollo con papas, cualquier cantidad de frituras que se puedan imaginar y un olor a pescado que llegaba por oleadas. Tuvimos tanta suerte que al llegar a Lima nos dimos cuenta que lo que apestaba a pescado eran los sacos que iban a la par de nuestros bultos. Sí… la ropa que estaba recién lavada y los bultos no olian a otra cosa que a harina de