Hace Nueve Años…

…partíamos hacia Sur America, con tan solo un bulto, algunos colones, y miles de kilómetros por recorrer en bus.

Loj Tre teníamos la meta muy clara. Salir el 1 de Setiembre de Costa Rica llegar arrancar en Costa Rica y estar el 18 de Noviembre en Argentina. El relato empezó con Soltamos todo y nos largamos dejando la historia inconclusa en Pucón.

Habíamos dado toda esta bitácora por perdida, tanto así que lo que existía escrito de Argentina si se perdió por completo ya que nunca se terminó y quedó en borradores.

Después de un milagro logré rearmar lo que fue (con comentarios y todo). Así que este, al igual que el primero. Nace muy simple pero con planes enormes y la mejor forma de agradecer tanta paciencia es que poco a poco se irá completando el relato.

Dejen de lado todo lo que ya no ocupan y simplemente dedíquense a vivir.

Adrio, Tovi, Todos. Feliz soltar todo y largarse!

Un abrazo del alma,
Carlos
PD: Para quienes vienen llegando les recomiendo empezar por Soltamos todo y nos largamos

Pucón

Antes de llegar a Chile, ni sabíamos que existía Pucón. Después de Santiago, planeábamos continuar nuestro trayecto al sur en un lugar que se llama Concepción, y de ahí pasaríamos hacia Argentina. Pero ya estando ahí y consultando con nuestros conocedores contactos chilenos, nos enteramos de que al sur queda un pueblo llamado Pucón, y después de muchas recomendaciones, decidimos ajustar la trayectoria y de nuevo nos enrumbamos hacia el sur.

Pucón queda en el área conocida como la Zona de los Siete Lagos, ubicada unos 150 km al sur de Santiago, y que abarca siete lagos en Chile y también en Argentina, tocando la parte norte de la Patagonia. Uno de esos lagos es el Villarica, el cual a sus orillas tiene por un lado al pueblo de Villarica, y al otro lado, Pucón.

Aún sabiendo que íbamos a un lugar especial, nos sorprendimos una vez que llegamos ahí. Alguien puso un cartelito en el hostal en Santiago, detallando cómo llegar hasta ahí, y concluía con: “Pucón is awesome!”. Nos dimos cuenta que no estaban exagerando, y se convirtió en el lema oficial de Pucón durante nuestra estadía ahí (que en un principio iba a ser un día y se extendió a 5). Ahora, para que se den una idea: Pucón es un pueblo pequeño; como de unas 6×10 cuadras más o menos. El lugar es nítido, acogedor; casi todas las construcciones del pueblo están hechas de piedra y madera, lo que le da un aire como de pueblito de los Alpes de hace un siglo. Hacia un lado, se llega a una playa bastante grandecilla, de piedras diminutas (o arena muy gruesa, como quieran), que da al lago. Por cierto que si uno anda con Converse despedazadas, es bastante incómodo como las piedritas inundan los zapatos en los tres primeros pasos. Si se vuelve la mirada hacia el lado opuesto al lago, está lo más impresionante de Pucón: el volcán Villarica, un cono perfecto que se eleva unos 2000 metros sobre el pueblo y se puede ver desde casi cualquier punto. Lo que hace especial al imponente volcán es que está completamente nevado durante todo el año, así que es completamente blanco, casi encandilante (encandilador? no sé), desde la punta hasta la base. La vista es increíble y en los cinco días que estuvimos ahí, no nos dejábamos de impresionar cada vez que lo veíamos. Además, tuvimos una suerte increíble con el clima; nos contaron que ahí la mayoría del año llueve, y es raro ver días despejados; pues tuvimos cuatro días de sol y cielo completamente azul, que no se nubló sino hasta el día que nos levantamos para irnos al siguiente destino.

Apenas llegando a Pucón, en la terminal de bus, nos agarró un tipo de los que llegan a ofrecerle hospedaje a uno (los hay en casi todas las terminales de bus a las que hemos llegado). Nos sonó bien la oferta y nos fuimos caminando con él. Definitivamente fue una buena decisión: el hostal era más bien un apartamento, con sala/comedor, cocina, una terraza, y tres dormitorios llenos de camas y camarotes. Nos instalamos en uno de los dormitorios, que además tenía puerta a la terraza, y listo. La parte realmente buena: no había nadie más hospedado en el hostal, e incluso los encargados de cuidar el lugar sólo estaban a veces, entonces más que hostal, el lugar fue, durante cinco días, nuestro propio apartamento.

Nos pasamos los primeros días caminando por el pueblo, descansando en nuestro aparta, leyendo en nuestro cuarto, viendo películas en nuestra sala de tele, o tirados en nuestra terraza tomando el sol. Es cansado esto de mochilear; hay que darse un descansito de vez en cuando.

Pero también es importante seguir explorando y conociendo, y para hacerlo optamos nuevamente por el mejor vehículo posible: bicis! Pucón es un lugar sumamente turístico, y está repleto de pequeñas agencias que ofrecen todo tipo de tours: bicis, kayaks por los ríos de la zona, snowboarding, incluso un tour de caminata para subir al volcán, pero el precio nos eliminó de inmediato la posibilidad de hacerlo. Para andar en bici, hay cientos de kilómetros de caminos y senderos que se pueden recorrer en las zonas aledañas.

El día que queríamos andar en bici amaneció nublado. Ya pensábamos que nuestros planes iban a ser frustrados por el mal clima, cuando a mediodía se despejó por completo el cielo en cuestión de minutos. Era una señal: teníamos que ir. Así que equipados con un mapa de todos los caminos, empezamos a pedalear. Empezamos el viaje por caminos bordeados de miles de pequeñas flores amarillas, iguales a las que seguiríamos viendo en todo el sur de Chile y después Argentina. Pedaleamos por varias horas, dándonos cuenta de paso que los caminos son mucho más largos de lo que pensábamos y que no ibamos a poder abarcar tanto como habíamos planeado. Pero no importó; las vistas y los caminos que recorrimos eran suficiente para tenernos ocupados y estupefactos durante todo el día. Pasamos al lado de ríos, a través de puentes colgantes, al lado de varios miradores. Llegamos hasta los llamados Ojos del Caburga, que son dos cascadas que nacen de ductos subterráneos alimentados por el lago Caburga, y llegan a salir a un punto espectacular donde nacen las cascadas y caen a una laguna de un color celeste profundo. De ahí regresamos hacia Pucón, pero algo en el camino nos detuvo: un minigolf! Nos enfrentamos en los 18 hoyos, saliendo Carlos como vencedor absoluto y yo en último lugar.

De vuelta en Pucón, observamos que nuestro aparta tenía una cocina bien equipada, y recordamos que teníamos rato sin aventurarnos en empresas gastronómicas. Así que salimos de compras y preparamos una cena digna del hambre que nos traíamos después de pedalear toda la tarde. Aprovechando los bajos precios que suele tener el vino chileno en Chile, compramos una (que otra) botella y con eso acompañamos una buena cena de raviolis.

Cabe destacar que aparte de esa cena, nuestra dieta en Pucón estuvo basada casi en su totalidad por papas fritas. Imagínense nuestra sorpresa al descubrir un local con un rótulo que lo identificaba como “Charly Papas”. Un lugar que sólo vende papas fritas? Podrá ser? Volvimos más tarde a darnos cuenta que efectivamente, el menú de Charly Papas consistía, en su totalidad, en 5 diferentes tamaños de bolsas de papas. Sobra decir que de ahí en adelante nos convertimos en fieles clientes frecuentes; considerando además que en el turístico Pucón, los precios de una comida completa en un restaurante equivalían a nuestra dieta de papas durante 3 días.

Un día, Carlos se fue a sentar a la playita del lago y ahí conoció a Jeslyn (nunca vi su nombre escrito, así que acabo de inventar cómo escribirlo). Conversaron un rato y quedaron de reunirnos al día siguiente, que sería nuestro último día en Pucón. Así que dicho y hecho, al día siguiente la conocimos Tovi y yo, y además se unos unió su amiga Diyi (ídem con el nombre). Fuimos por unas birras al super (Escudo para Carlos, loras para Tovi y yo) y fuimos a tirarlas al lago para que se mantuvieran frías. Ahí estuvimos horas, hablando, burlándonos mutuamente de los acentos de ellas y los nuestros, y viendo como los chiquitos locales, aparentemente inmunes a la temperatura helada del lago, jugaban tirándose un trampolín que improvisaron de una silla de salvavidas que metieron al lago.

Acompañados de las chicas puconenses, vimos sobre el lago el último atardecer que veríamos en Chile, nos despedimos, y nos preparamos para continuar nuestro camino, que estaba pronto a alcanzar su extremo sur.

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Primero que Nada

Disculpen la demora y el abandono temporal que sufrió el relato

Los tres queremos agradecer la cantidad de comentarios positivos y llenos de vida que hemos recibido, tanto por parte de los que nos conocen desde antes, como los que hasta ahora saben un poco quienes somos.

En especial agradecer a: Amelia Rueda, Julia Ardón, a la gente de delebimba.com, Metrolife, Mercado del Barrio, Fusil de Chispas y a todos los que han invitado de una u otra forma a más gente a formar parte de esto.

Sinceramente gracias,
-loj tré

Santiago – Segunda Parte

Este día Santiago nos tenía guardado el mejor de los climas que nos podía ofrecer. Eran las diez de la mañana no había una sola nube en el cielo y en las noticias ya se hablaba de que a eso del medio día la temperatura ascendería a los 36 grados. Sin pensarlo ya nos habíamos lanzado a la calle para recorrer el centro de la cuidad.

Tomamos el metro hacia la estación de la moneda, al salir nos encontramos con el deslumbrante sol que insistía en subir la temperatura. Nos resguardamos junto con un churrasco y una coca en un local contiguo a la casa de la Moneda. Una vez ya alimentados y “refrescados” (si es que se lograba eso ese día) empezamos el recorrido desde la Casa de la Moneda hasta el monumento de los Caídos de Iquique, pasando por los tribunales de Justicia, La Catedral y el mercado Central. En el parque de los artesanos frente a la catedral unos niños aprovechaban las fuentes como piscinas robando la atención de todos los que pasábamos por ahí.

Casi en el mercado tuvimos que volver a conseguir bebidas para así llegar hasta el monumento. De ahí bajamos por todo el parque forestal que prácticamente recorre la ciudad acompañando a unos cuadras de distancia al Mapocho con destino al hostal para tomar nuestras mochilas y encontrarnos en la casa de Diego para partir hacia Horcón y empezar a recorrer la costa chilena con nuestros nuevos amigos.

Llegamos al punto de encuentro subimos todo al carro y unas horas después ya estábamos llegando a la pequeña caleta de pescadores que es Horcón, lugar donde está el apartamento de los papas de María. El lugar es sumamente acogedor con una vista genial de la caleta y toda un área de recreo que no dejamos pasar por alto, ya que no habíamos terminado de bajarnos cuando ya estábamos jugando tenis.

Para mi era la primera vez que tenía una raqueta en mi mano para jugar en serio, a lo que se podrán imaginar que mi desempeño no fue nada bueno. Adrio y Tovi si tenían ya unos cuantos años a su favor así que entre consejos y risas me fueron enseñando como no volarla en cada golpe. Por cierto! si alguna vez juegan dobles con Adrio tengan mucho cuidado, por que en lo que menos se imaginan sentirían la bola a toda velocidad impactándose en su espalda. Ya el hambre pedía atención así que nos fuimos a cenar y a dormir ya que salíamos temprano hacia Viña del Mar.

La mañana trajo muchas nubes y el inseparable frío de las playas del sur no podía faltar. De Horcón a Viña del mar hay si acaso unos 40km en poco tiempo ya estábamos recorriendo la zona de los bares más concurridos de viña. En una de las playitas que nos detuvimos Diego nos reto a que no nos atrevíamos a meternos en el mar, a lo que sin dudarlo me encamine hacia el agua. Bastó con meter los pies dos minutos para sentir como el frío trataba de convertirlos en hielo, era prácticamente como estar metiendo los pies en una hielera. Siguiendo con nuestro recorrido nos asombro tanto a Diego y María, como a nosotros, la cantidad de edificios que se están levantando en la zona. Nos decían como hace apenas unos años todo eran puras dunas y casi nada de condominios.

Caminamos un rato por la zona del casino y decidimos pasar por un helado y así agregar uno más a la pequeña lista que ya teníamos en nuestro haber. Terminamos el helado y continuamos hacia Valparaiso conocida como la ciudad cultural de Chile. Con sus coloridos cerros hace el lugar ideal para dejar el carro en algún parqueo y recorrerlo de arriba a abajo entre callejones, ascensores, cientos de gradas, miles de grafitis impresionantes y música con una vista maravillosa del pacifico desde cualquiera de los cerros.

Visitamos la Sebastiana, casa en la que habitó Pablo Neruda, que al igual que sus otros dos casas son museos de las cosas más interesantes que se puedan imaginar. El poeta amaba coleccionar cosas, pero no crean que eran de un solo tipo, al contrario lo que fuera era digno de colección y eso sumado a su amor a los barcos, hacia que sus casas fueran algo fuera de lo común. Aun con la gran afición que tenía Pablo por los barcos no podía estar en ellos ya que le tenía miedo a navegar, Por eso que el mismo se hiciera llamar Capitán de tierra.

Esta en especial tiene una escalera que no lleva a ningún lugar, una chimenea en el centro de la sala con forma de tinaja o tinaja para el humo que es como él la llamaba. En todos sus pisos hay un “juguete” al que poner atención. Al llegar al quinto la vista de Valparaiso lo deja a uno sin habla. En este piso Neruda tenía su escritorio junto a retratos de amigos, cartas de navegación y cientos de libros. Cabe resaltar la fotografía de Walt Witman que esta ubicada detrás de lo que era la puerta principal de la habitación. Cuando el carpintero estaba enmarcando la fotografía le pregunto que se era su padre, después de un pequeño silencio respondío: “Sí es mi papá… en la poesía”.

Terminada la visita regresamos a Viña del Mar, para comernos el completo italiano más grande que me he comido en la vida (Completo Italiano = Pero caliente con mayonesa y palta, digo aguacate) por el cual esperamos cuarenta minutos que se hicieron eternos ya que todos nos estábamos muriendo de hambre y era tal expectativa que Diego había creado con respecto a los completos que decidimos esperar a que el lugar abriera y no ir a ningún otro lugar.

Les aseguro que valió la pena la espera el único que no pidió un completo fue Tovi que lo cambió por un churrasco con palta y al igual que el completo estaba delicioso y de un tamaño descomunal ya con la expectativa más que superada y el estomago repleto regresábamos al apartamento en Horcón para seguir disfrutando de la maravillosa hospitalidad chilena y de un asado más que nos esperaba esa noche.

Amaneció, recogimos los tiliches y de vuelta para Santiago. La despedida con Diego y María sucedió igual de rápido y repentino como nos conocimos. María tenía una cita con las amigas y Diego iba para el estadio a ver jugar a su selección. De repente estábamos de nuevo los tres por nuestra cuenta a eso de las cinco y treinca de la tarde ya estábamos de vuelta en el hostal y como el día anterior ya habíamos visitado una de las casas de Pablo Neruda, Tovi y Adrio decidieron que ahora si querían ir a “La Chascona” otra de las casas del poeta, que estaba a 400mts de nuestra casa temporal.

Llegamos justo a tiempo para la última visita de la casa. Muy a lo personal en esta casa se puede percibir el amor tan grande que le tenía Pablo a Matilde Urrutia. Empezando por que la casa fue construida para ella mientras el poeta estaba aun casado con su segunda mujer y adémás por la cantidad de detalles puestos en su honor. Por otro lado es en la que mejor se aprecia la fascinación de él por los barcos ya que la parte del comedor y el pequeño bar contiguo, son replicas exactas de lo que uno encontraría en un navío.

Nos comentaban que en los primeros años de la casa, al sentarse en el comedor un quedaba a la altura de un pequeño río que pasaba por el medio de la casa y al fijar la vista en él daba la impresión de estar navegando. Ahí mismo justo a la cabeza de la mesa se encuentra un armario, repleto de cristalería de todos colores. Neruda aseguraba que el agua sabía mejor en vasos de colores por eso la mesa y en realidad en cualquier parte de sus casas se podía encontrar vasos, copas y vajillas completas multicolores.

En ese mismo armario una de las puertas tiene doble fondo y comunica con una pequeña habitación con una escalera de caracol que da al segundo piso que la usaba para asustar a las visitas, al salir disfrazado de diversos personajes. Amada tener visitas y hacer grandes fiestas. En el segundo piso al terminar de subir las gradas se encuentra un pequeño comedor que era el de uso común de la pareja, ya que él detestaba comer en comedores grandes vacíos. Seguido un estudio, el cuarto de huéspedes con su respectivo baño y una puerta que da al jardín central.

Aquí se suben unas gradas que llevan a una puerta principal que da acceso a una sala con un vetanal que gigantesco que da la impresión de estar en un faro y además con una envidiable vista de Santiago. En el segundo piso de esta área está el dormitorio principal y un balcón con la misma vista de la ciudad. Saliendo por una pequeña puerta se vuelve a llegar al jardín pero a un nivel un poco más alto y de ahí se va al bar que esta lleno de objetos gigantes, desde un zapato hasta un teléfono, todos pertenecientes a la época en que el analfabetismo era grande y en los comercios para distinguir una tienda de otra usaba estos objetos.

Una puerta más y se llega a lo que sería la biblioteca del lugar, repleto de libros por doquier y una pequeña habitación muy particular que además de estar construida un poco inclinada ahí se encuentra el cuadro frente al cual Neruda se sentaba a leer. El cuadro fue traído de Europa y tiene la pintura de una señora mayor vestida de luto con cara seria. Ni si quiera al ser adquirida se supo quien era la señora pero lo que importaba es que Pablo decía que cuando se sentaba frente a ella no podía dejar de leer por que sentía que si lo hacía la señora lo iba a regañar. Así concluía la visita a la Chascona dejándolo a uno con ganas de habitar en ese lugar y no tener que irse jamás.

Amaneció una vez más esta vez con rumbo a Isla Negra a visitar la tercera casa de Neruda. Llegamos justo para tomar el autobús, tan justo que tuvimos que parar el bus ya en marcha. Un par de horas después estábamos llegando a Isla Negra y no es que sea una isla no se confundan es un pueblo costero que tiene ese nombre.

La casa neruda no podía estar más llena, colegios, turistas, locales, era como si todos se hubieran reunido ese día para visitar la casa. Resulta que para visitar esta casa es con reservación si no no es posible entrar se puede imaginar nuestra desilusión, sobre todo la mía la de estar en uno de los lugares que más he querido visitar en mi vida y no poder entrar, así que por poco y nos quedamos sin entrar, pero por suerte quedaban unos cuantos campos en el recorrido en ingles y pudimos entrar. Y si que valío la pena esta de las tres casas es la que realmente parece un museo.

En la primera parte que es la sala principal y recibidor esta repleta de artículos de navegación y partes de barcos, así como anclas, timones, barcos dentro de botellas, mascarones de proa, en especial uno de gran tamaño de uno mujer que estaba ubicado mirando hacia fuera de la ventana, es decir con vista al mar que da una sensación de estar soñando. Atravezando un diminuta puerta se llega al comedor. Al igual que en la Chascona repleto de cristalería de colores.

Saliendo del comedor se llega a un jardín donde se encuentran con vista al mar un gran campana que Neruda hacía sonar cada vez que llegaba a la casa y un pequeño barco que al sentarse dentro de el y mirar al mar daba la impresión de estar navegando, el poeta pasaba largas horas en ese barco/bar. Otra puerta daba a un pasillo repleto de mascaras provenientes de todas partes del mundo, figuras en miniatura. Mas adelante en otra habitación un globo terráqueo inmenso, Insectos disecados, botellas, pinturas, cajas de música y entre toda esa disonancia de cosas un lavatorio en el que lavaba sus manos cada vez que escribía, ya que siempre escribió con pluma y tinta verde.

Otra sección tiene una replica exacta de una de las habitaciones del humilde hogar donde nació y tras la ultima puerta una sala con una colección impresionante de caracoles de mar de todos los tamaños y formas. Volvimos a los jardines donde visitamos la tumba donde yacen los restos de Pablo y Matilde por su puesto mirando al mar.

No queda más que regresar a Santiago hacer las maletas y esperar que el reloj diera la medía noche para partir hacía Pucón. Nos tomamos tan enserio lo de esperar que a ultima hora tuvimos que salir con los bultos al hombro a buscar un taxi por todo el Bellavista por que el que llamamos nunca llego. Como siempre llegamos justos, abordamos y nos pusimos lo más cómodo que pudiéramos ya que esa noche el bus sería nuestro hotel.

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Santiago

Escoger un hostal en una ciudad tan grande como Santiago no es tan fácil. Aparecen varias zonas dentro de la ciudad, todas distintas y distantes entre sí, y se multiplican las opciones. Entonces investigamos lo mejor que pudimos y elegimos la zona que sería nuestra casa en Santiago: el hostal Bellavista, casualmente localizado en el barrio Bellavista.

Dicen que Bellavista es el área bohemia y artística de Santiago (es cierto, pero a la vez también es de las zonas caras y fashion de la ciudad). Todo el barrio está lleno de calles bordeadas de árboles y repletas de restaurantes, cafés y bares, muchos con mesitas afuera en las aceras, y la mayoría con coloridas pinturas y murales en sus paredes. En el día las calles son muy tranquilas, y las caminamos de arriba a abajo. Por las noches, cobran vida y se llenan todos los locales y las aceras con gente, y fluye la música en vivo de todo tipo; rock, blues, trova y música folklórica.

Llegamos al Hostal Bellavsista y nos topamos con que sería el hospedaje más caro del viaje hasta el momento. Teníamos dudas de quedarnos y pagar los pesos extra, pero luego vimos el lugar y quedamos convencidos. Además de la buena ubicación, el precio incluía un cuarto casi propio (casi porque tuvimos que compartirlo con Alex, un gringo que estaba trabajando en Santiago), desayuno ilimitado, 3 compus con Internet (esencial, por supuesto) y WiFi, y además futbolín, mesa de pool, y tele de plasma con DVD. Nada mal eh? Nos registramos en el Bellavista y nos dispusimos a explorar nuestros alrededores.

No sabíamos lo buena que era el área que nos tocó. Aunque nuestro presupuesto no nos permite estar saliendo de fiesta ni a comer a lugares tan caros como los de Bellavista, bastaba con caminar por esas calles en la tarde o en la noche y empaparse de todo el ambiente que se salía (literalmente) de los locales y se esparcía por las aceras y las calles. Las mesas en las aceras dela calle Pío Nono se llenaban de gente desde que el sol estaba arriba y seguían así a través del atardecer (que por cierto era como a las 8:45 PM) y hasta altas horas de la madrugada. Ahí mismo en esa calle topé con un muro lleno de afiches de conciertos con los que no coincidimos: The Used, Chris Cornell, Andrés Calamaro. Golpeé mi cabeza contra el muro unas cuantas veces y continuamos. Aparte del montón de bares y restaurantes, nos encontramos con que estábamos cerquísima del Parque Metropolitano, el cual incluye el cerro San Cristóbal, coronado por una inmensa estatua de la virgen, el zoológico de Santiago, y un sistema de funicular y teleférico que lo lleva a uno hasta arriba y a través del gran parque. Además estábamos prácticamente a la par de La Chascona, una de las famosas casas de Pablo Neruda. Y luego, si caminábamos un poco hacia el sur, cruzando uno de los muchos puentes que pasan sobre el Río Mapocho, que atraviesa el norte de Santiago, podíamos llegar a la zona de Providencia, tomar el metro, o seguir caminando hacia el centro de la ciudad.

Formada ya una imagen mental geográfica de donde nos encontrábamos, falta complementarla con nuestras impresiones del paisaje de la ciudad. En pocas palabras, Santiago es impresionante (ya voy con esa palabra de nuevo, mis disculpas). Personalmente, es la mejor ciudad latinoamericana en la que he estado. Caminamos bastante por distintas zonas de la ciudad, y todo es amplio, limpio, moderno, ordenado. Las calles están rodeadas de árboles por todas partes. No hay basura tirada en el suelo. Las calles son seguras (la mayoría, la mayoría del tiempo), y la lista de lugares interesantes por conocer es gigante. El sistema de transporte dentro de la ciudad es excelente, gracias al moderno metro subterráneo que conecta prácticamente toda la ciudad. Claro que no todo es flores y mariposas en Santiago; hay un serio problema de contaminación en el aire, puesto en evidencia por la espesa capa de smog que se puede observar encima de la ciudad desde puntos más elevados. El transporte ya por encima del suelo es menos que óptimo; el tránsito se pone bastante denso en horas pico y el sistema de buses es (de acuerdo a nuestras confiables fuentes locales) un desastre. Y también está la parte fea de Santiago, que no visitamos pero la vimos desde lejos; ahorita les cuento. En fin, la balanza se va para el lado positivo y así quedó nuestra impresión de Santiago; la primera ciudad en la que hemos estado que he pensado “y mae… yo sí que podría vivir aquí!”

Nuestro primer contacto en que ya teníamos hablado en Santiago fue Marianne. Así como le explicamos 17 veces a Tovi, les cuento: Marianne es amiga mía de la infancia; su mamá y mi mamá fueron muy, muy amigas por muchos años. De chiquitos, mi hermana Michi, Marianne, su hermano Mike y yo éramos felices jugando cada vez que nuestras mamás se reunían. Por cosas de la vida, y porque Costa Rica es diminuto, Carlos también conoció a Marianne muchos años después, completamente por otro lado. Y hace tres años, ella se fue a vivir a Chile, donde se casó y ahora trabaja y estudia. Así que con toda esa historia, nos habíamos hablado desde que empezó el viaje para vernos en Santiago. Resulta que el hostal estaba cerquísima también de donde vive Marianne, así que nos pusimos de acuerdo y ella llegó a buscarnos ahí (que buena anfitriona no?). Fue buenísimo verla de nuevo; no sé cuántos años tenía desde la última vez que nos habíamos visto.

Nos topamos y nos dirigimos al primer asunto de suma importancia que debíamos resolver: la comida. Nada como tener uninsider (Carlos me regaña por hablar con palabras en inglés, pero no sé… persona de adentro?) que le enseñe a uno los buenos lugares en una ciudad. Así, nos fuimos a la Fuente Alemana y nos comimos un delicioso churrasco con palta. Breve lección en comida típica chilena (típica en el sentido de que es lo que más se come y no tanto algo así como folklórico): un churrasco es un sandwich de carne, casi siempre en un pan redondo como de hamburguesa, con abundante carne en cortes delgados, y usualmente acompañado con palta (que nombre más raro para decirle a un aguacate). Un completo es un perro caliente, también casi siempre con abundante palta y si tiene también tomate y mayonesa, es un completo italiano. Sí, yo también me quedé bateado hasta que me explicaron que no tiene nada que ver con comida italiana, sino con los colores de la bandera. Ve vos. Ah y un lomo es como un churrasco pero con carne de cerdo. Así que bueno, siguiendo la excelente recomendación de Marianne, matamos a quien nos mataba, devorando un gigante y delicioso churrasco, y continuamos nuestra exploración de la ciudad.

En metro y a pie recorrimos varias calles de la ciudad, en el área de Providencia principalmente. Ahí llegamos a una zona comercial, de avenidas amplias llenas de árboles (no me canso de mencionar los árboles), por donde merodeamos un rato, hasta que nos devolvimos y nos dirigimos al Parque Metropolitano. Entramos y compramos nuestro tiquete para subir al cerro San Cristóbal en funicular, bastante similar al que usamos para subir a Monserrate en Bogotá. El zoológico lo pasamos de lado; en realidad no era la gran cosa y lo tienen bastante descuidado, lástima. Ya arriba del cerro, pudimos ver la vista panorámica de toda la ciudad, incluyendo la capa de smog; un manto denso y gris que cubre y apaga los colores toda la ciudad desde la vista del cerro. De ahí subimos a la parte más alta del cerro, donde fuimos recibidos a brazos abiertos por una estatua blanca de 22 metros de alto de la Virgen María; no sin antes pasar por un mote con huesillo (son duraznos deshidratados, que se sirven fríos en un vaso con un tipo de maíz en el fondo y lleno con el jugo de los mismos duraznos… que inventos más raros los de estos chilenos). Nos dirigimos hacia el teleférico, que lo lleva a uno por encima de todo el parque, y de ahí es donde pudimos ver la clara división geográfica-social de Santiago. En el medio, como una gran línea divisoria, estaba toda la extensión del parque. A nuestra derecha, es decir al sur, estaba la parte buena de la ciudad; edificios grandes, modernos, todo limpio y lleno de árboles por todas partes. Al otro lado, miles de casitas pequeñas, todo mucho más oscuro, sucio y desordenado. Es bastante impactante ver la diferencia así desplegada tan claramente bajo nuestro pequeña cápsula colgante; parecía como ver un mundo de SimCity con una parte bien desarrollada y otra que no se supo administrar y terminó mal (sí, sí, comparación geek inevitable).

Pasamos el resto de la tarde caminando y conversando en el parque. La pasamos tan bien (y loj tré somos tan encantadores) que Marianne faltó a clases y se quedó con nosotros hasta la noche. Nos fuimos de vuelta a nuestro barrio y terminamos el recorrido en el Patio Bellavista, un centro comercial muy agradable (y caro) que quedaba a la vuelta del hostal. Lo que descubrimos en el centro comercial, y que nos hizo volver una y otra vez, fue una heladería italiana donde comimos (una y otra vez) de los mejores helados que hemos probado. Yo tenía ganas de helados desde hacía rato, pero llevábamos tanto tiempo en lugares fríos, que nunca daban ganas de ir por uno. Ahí nos desquitamos. En nuestros días en Santiago, comimos helados de chocolate, pistacho, nueces, limón, chirimoya, chocolate blanco, fresa, manzana, huesillo, piña, limón con albahaca, y pera. Buena forma de empezar a recuperar el peso que habíamos perdido en países anteriores. Nos despedimos de Marianne y nos retiramos al hostal a una feroz competencia de pool entre nosotros tres.

Habíamos cubierto ya una importante parte de la ciudad, pero nos faltaba algo esencial: el centro de la ciudad. Así que tomamos el metro hasta la estación de La Moneda, llamada así por la Casa de la Moneda, la casa de gobierno de Chile. Abajo hay un centro cultural donde siempre hacen exposiciones artísticas; entramos pero todas las exposiciones estaban cerradas. Esto nos causó mucho pesar, el cual tuvimos que disipar con un churrasco y una coca. Con un ánimo renovado, nos dirigimos hacia el corazón de la ciudad: la Plaza de Armas. Visitamos la Catedral y caminamos por la plaza, donde hay muchos pintores ahí instalados con su silla y caballete; y como era un día especialmente caliente, varios chiquitos gozaban bañándose en la fuente de la plaza. Caminamos hacia el norte por una avenida peatonal adoquinada y nos topamos de nuevo el río Mapocho, sólo que mucho más al oeste. Ahí está el monumento de los Héroes de Iquique, que conmemora los soldados caídos en una batalla en Iquique, al norte de Chile, en la guerra territorial que hubo entre Chile y Bolivia al principio del siglo pasado. Del monumento empezamos a atravesar el Parque Forestal, un paso largo y estrecho (como una cuadra de ancho) que conforma una gran línea verde a lo largo de un par de kilómetros, paralelo al río. La caminata cruzando todo el parque es excelente; nos tomamos nuestro tiempo caminando lento y parando para sentarnos en bancas y tomarnos fotos estúpidas. Vivan los parques.

Nos devolvimos sólo porque era hora de encontrarnos con nuestros nuevos amigos chilenos. Si han seguido todo el blog, sabrán que Diego y María, quienes conocimos en Perú, ya habían vuelto de su viaje alrededor del mundo, y nos esperaban para recibirnos en Santiago. Así que tomamos el metro y llegamos al apartamento de los papás de Diego, donde están viviendo ellos ahora temporalmente hasta que encuentren su propio lugar. Qué bueno fue verlos de nuevo! Estaban justo como los recordábamos.

Al regresar de casi un año de viaje, la gente se convierte en celebridades por un tiempo, así que Diego y María tenían cualquier cantidad de invitaciones a cenas, fiestas y reuniones. Una de ellas era un asado en la casa de los papás de María, al cual nos invitaron. Increíble como todos nos recibieron con los brazos abiertos, como si fuéramos amigos de hace años. Llegamos y conocimos a los papás de María, vimos fotos de su viaje (imprimieron unas e hicieron un álbum; excelente idea), comimos empanadas y luego un asado delicioso, que comimos y nos bajamos con vino hasta que ya no pudimos bajárnoslo más. Dejaron muy en alto la hospitalidad chilena, sin duda.

Continuaban las actividades; en la noche fuimos con ellos a una fiesta en la casa de un amigo. Ahí estuvimos un rato tomando pisco y conversando con varios amigos de ellos. En la fiesta casi no estuvimos con Diego y María, recuerden que ahora son celebridades entre su gente y estuvieron muy solicitados. Al día siguiente fue la celebración del cumpleaños de Diego; el famoso asado al cual nos habían invitado ya desde Puno (parece hace tantísimo tiempo!). Nos repartimos en varios carros y nos fuimos a la finca de otro amigo de Diego, haciendo primero una parada estratégica para comprar ingredientes esenciales: birra y carne.

Es curioso cómo toman los chilenos. Toman pisco. Pisco con coca, pisco con gin, pisco con Sprite. Pero casi no toman birras! Imagínense un asado, con carne, chorizos, papas, y nada de botellas ni latas de birra, sólo botellas de pisco, litros de coca, y vasitos desechables. Así que fuimos los raros de la ocasión, y nos compramos unos cuantos sixpacks de Escudo. El asado estuvo excelente; comimos choripán delicioso, salchichas, y otras cosas mientras esperábamos que se asara la carne que habíamos comprado. Y que si valió la pena la espera! Cuando llegó la hora, arrasamos con la carne que sin exagerarles, es de las que más rico me han sabido en la vida. Estoy considerando irme a vivir a Chile y hacerme exclusivamente carnívoro. Pasamos la tarde excelente con Diego, María, y sus amigos (bastante distinto que estar con nuestro grupo de amigos, porque aunque ellos son de la misma edad, casi todos están casados o casi-casados).

Todavía faltaba mucho más que ver con Diego y María, y al día siguiente nos tenían ya preparado el viaje playero que nos habían prometido semanas atrás. Pero eso, amigos, queda para el próximo capítulo.

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Atacama

El sol de San Pedro de Atacama nos daba la bienvenida y nosotros lo recibíamos con los brazos abiertos. No habíamos terminado de llegar cuando ya habíamos cambiado la ropa de frío por ropa de playa y empezamos a recorrer el pequeño oasis en que nos encontrábamos.
El pueblo en total no eran mas de 7 cuadras a la redonda, con construcciones de barro, caminos de tierra, el cielo completamente azul y si uno tenía suerte se encontraba alguna nube blanca perdida en el cielo. Hacia donde se dirigiera la vista el contraste entre el azul del cielo y el rojizo de la tierra era impresionante.

Después de tomarnos el jugo más caro del mundo (2000 colones por un vasito de jugo de fresa) Después de ver que podíamos alquilar una bicicleta por todo el día fue la opción definitiva por la cual nos decidimos para conocer ese árido pero lleno de vida lugar.

El valle de la luna nuestro primer destino. Ubicado en pleno desierto de Atacama, lugar de donde se extraían cantidades gigantescas de sal. Anduvimos recorriendo por las dunas y antiguas zonas donde se dinamitaba las paredes. Cerca del atardecer recorríamos los senderos naturales que se hacen entre las piedras gigantes y exactamente a esa hora como empieza a bajar la temperatura se puede escuchar el crujido de las paredes gigantes donde se empiezan a contraer y a liberar el calor acumulado durante todo el día.

Visitamos el valle de la muerte, llamado así por una deformación del nombre Valle de Marte, que fue como lo nombró el Padre francés Gustav Le Paige, pero al hacer las traducción de francés a ingles se perdió en Marte y quedó la muerte. Durante el recorrido entre el valle de la muerte y el de la muerte se recorre la cordillera de la sal, donde se aprecian esculturas de sal naturales impresionante, entre ellas las tres marias que visto de frente parecen tres personas pidiendo al los cielos.

Al final del recorrido se llega al mirador del valle de la luna donde se ve uno de los mas hermosos atardeceres en todo el mundo, por el cambio de colores que va sufriendo todo el desierto con los colores naranja, rosados y violeta que dejan escapar los celajes. Hay que subir una duna para llegar a este lugar. Lo malo es que muchísima gente va a el lugar y se llena muchísimo. Buscamos lugar, nos sentamos en la arena y dejamos que el sol y el desierto nos deleitaran con su juego de colores.

De vuelta en San Pedro fuimos a ver si habían quedado libres tres campos para ir a un tour astronómico, que da un francés en su caso donde tiene cerca de 12 tipos de telescopios para estudiar las constelaciones. Al llegar la única forma de ir los tres era, uno ese día y los otros dos al día siguiente. Yo fui el que tomó el puesto solo y dejamos todo listo.

A las 11pm salí rumbo a unos 30km del pueblo para llegar a una pequeña casa, donde vive y tiene todo el equipo . Dan la bienvenida en una sala iluminada a la luz de la vela, en la que en el techo hay un hueco que deja ver directamente al cielo y justo ahí abajo esta uno sentado en un circulo, mientras le dan la introducción de lo que será la noche.

Ahí con el cielo más despejado que se puedan imaginar y más de las estrellas que puedan concebir le van enseñando a uno los signos del zodiaco, como ubicar las estrellas que por años han guiado a los viajeros y navegantes. Todo explicado con la asistencia de un puntero que literalmente señala el cielo.

Casi no se puede creer que lo que a simple vista parece una pequeña nube de polvo al verlo por el telescopio es una cantidad incontable de estrellas. También ver Marte casi del tamaño de una bola de golf o ver como la cola de un cometa se enciende y se apaga levemente a la distancia. Al finalizar se vuelve a entrar a la casa y esta un chocolate caliente esperando para continuar con el astrónomo aclarando dudas y comentando un poco más sobre el tema.

Con el sol de nuevo en el cielo, Adrio y yo nos fuimos por las bicicletas con rumbo a la cordillera de sal para tener nuestra primera experiencia con el sandboard. Tovi no nos pudo acompañar ya que amaneció adolorido y con síntomas de gripe.

Treinta minutos después de estar pedaleando entre paredes de sal y arena estábamos subiendo la duna que nos vería caer una y otra vez. Al principio fue sumamente fácil, y como no lo iba a ser si la pendiente a penas y lo llevaba a uno, cuando ascendimos un poco más en la duna empezamos a comer arena. La sensación de ir bajando a toda velocidad es increíble, aun más cuando uno no sabe como frenar y lo único que queda en caer en la arena y comer de ella. Estuvimos en esas hasta medio día que fue cuando nos fuimos por Tovi, para continuar conociendo San Pedro de Atacama en dos ruedas.

Después de una deliciosa pizza calentada al calor del suelo de Atacama, nos pusimos los cascos y pedaleamos hacia el Pucara Quitor que es uno de los mejor conservados de todo el imperio inca. Seguido el circuito lleva a un túnel construido hace más de cien años. La idea era llegar hasta la garganta del diablo, pero la noche ya se nos venía encima y debíamos regresar a San Pedro. Esa noche Tovi y Adrio fueron al tour astronómico.

Así llego el día de partir y serían unas 24 horas más de bus en nuestro conteo global para llegar a Santiago.

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Uyuni

Como el muy esperado tour para el Salar de Uyun ya lo teníamos bookeado (del ingl. book. 1. tr. Guardar algo para lo futuro), no teníamos mucho que hacer en el pueblo de Uyuni. Es un pueblo realmente pequeño, a 3670 metros sobre el nivel del mar, que funciona principalmente como entrada al salar para los turistas que llegan a conocerlo. Así que después de un viaje bastante movido (por carreteras malas, no que pasara nada interesante), llegamos en la mañana al pueblito de Uyuni, y después de por suerte encontrar un cajero automático (habíamos leído que no había ninguno… Uyuni se supera), nos dirigimos a hacer algo que cambiaría completamente nuestra experiencia en el salar: fuimos a desayunar. Felices comimos nuestros huevos revueltos y los bajamos con un buen batido de banano en leche, sin sospechar que un par de horas después estaríamos sufriendo los destrozos que algún bichillo entrometido en el batido estaría haciendo en nuestros estómagos. En el de Tovi no, él como que resultó inmune a las bacterias de Uyuni.

En fin, al rato nos montamos en el Land Cruiser que nos llevaría a través del salar y gran parte del sur de Bolivia. Qué carro más increíblemente bueno es el Land Cruiser! Tres días en el desierto, a toda velocidad por dunas y rocas, y como si nada. Y quién sabe cuántos años tiene cada carro de esos de estar haciendo el mismo tour una y otra vez. “No lo maneje, maltrátelo” es cualquier vara! Con nosotros iban dos parejas (siempre parejas y nosotros); Martin y Brigit, alemanes que en realidad no eran pareja sino amigos de hace muchos años que andan viajando juntos (o eso dicen), y los franceses, Isabel y Quintin. Además iba Gustavo, nuestro guía/chofer/cocinero/mecánico. Completamente cargado el Land Cruiser con todo nuestro equipaje y más, nos dirigimos hacia el salar.

Un poco sobre el salar para los que no saben exactaemente de qué estamos hablando. El Salar de Uyuni es el desierto de sal más grande del mundo, con un área de más de 10 mil kilómetros cuadrados. Toda el área fue un gran lago hace unos 40 mil años, y cuando se secó formó el salar, junto con otros lagos y salares que ni a ustedes ni a mí nos interesan para efectos de este post. Entonces el salar es una extensión enorme y plana que tiene entre 1 y 7 metros de profundidad de sal pura. El paisaje que crea esto es algo fuera de este mundo: suelo completamente blanco, brillante y plano, en todas direcciones, hasta donde alcanza la vista. Nunca fueron tan necesarios los anteojos de sol.

La primera parada fue a la entrada del salar, donde las familias de la región extraen, procesan y venden la sal. Como se podrán imaginar, la sal es parte importantísima en la vida de los uyunienses (digamos que se llaman así). No sólo extraen la sal para su consumo usual, sino que sacan también bloques sólidos de sal, de los cuales hacen ladrillos y construyen casas. También de sal hacen diferentes objetos como ceniceros y adornos que venden a turistas fácilmente impresionables como nosotros. Los hombres van al salar y extraen la sal, y las mujeres se quedan en casa y la procesan y preparan para la venta. Ahí una señora uyuniense nos dio una pequeña explicación del proceso: la sal llega húmeda y granulada en pedazos grandes, entonces primero usan hornos para secarla bien, luego usan un aparato que parece del siglo XVII para moler la sal, ahí le agregan un poco de yodo (a diferencia de la sal marina, ésta no contiene yodo naturalmente), y luego la empacan en bolsitas de 1 kg, las cuales se venden a 50 centavos de boliviano cada una, lo cual equivale a la gran suma de 35 colones. Un equipo de una familia preparan y empaqueta alrededor de 1000 bolsas de sal en un día.

Ya adentrándonos de verdad en el salar, llegamos finalmente a estar rodeados por ese paisaje extraño que habíamos visto tanto en fotos. Paramos y nos bajamos del carro. Con caras estupidizadas de asombro veíamos a nuestro alrededor: blanco, muy blanco, brillante, plano, envolvente, deslumbrante, surrealista, impactante. De verdad que es como estar en otro mundo. En esa parte del salar se podían ver todavía algunas personas dándole a la sal con picos y palas y armando montañitas saladas para recolectarlas luego. Seguimos nuestro camino y paramos en el famoso hotel de sal. Sí, está hecho de sal. Antes la gente se podía quedar ahí, pero se dieron cuenta que mucha gente viviendo, comiendo, yendo al baño todos los días en un lugar construido de sal no era tan buena idea y todo el lugar se estaba deteriorando rápidamente, así que ahora funciona como un museo del salar y parada obligatoria de turistas con cara de maravillados y desorientados.

La siguiente parada fue la Isla Intiwasi, o Isla del Pescado, la cual se dice que es la única isla del mundo que está rodeada por sal y no por agua. Sobre esta isla, que recibe su nombre por su forma al verla desde arriba, hay formaciones rocosas y muchos, muchos cactus. Al llegar a la isla fue que sentimos Carlos y yo ya con toda su fuerza los efectos de nuestra nueva intoxicación, y de ahí todo se fue de picada. Nuestra visita a la Isla del Pescado se limitó al baño. De esta visita, por el bienestar de nuestros lectores, omitiré los detalles. No pudimos probar el almuerzo y nos perdimos de la sesión fotográfica sobre la parte más plana de la interminable blancura del salar. Y aquí entra nuestra única crítica al tour; en ese momento no sabíamos que el salar en sí era apenas medio día de los 3 días del tour, y nadie nos lo explicó bien. Así que pensábamos que tendríamos más salar, y en realidad esa sería la última vez que ibamos a estar parados sobre sal.

De vuelta en el Land Cruiser atravesamos el resto del salar y el comienzo del desierto que queda más al sur. Durante dos horas de subidas, bajadas y curvas de tierra y piedras, Tovi gozó como en el mejor de los rallies, y yo sufría con cada curva unas náuseas horribles. Finalmente llegamos a nuestra primera posada en medio de Uyuni; un refugio hecho de (adivinen…) sí, sal! Las paredes eran de ladrillos sólidos de sal y el suelo estaba cubierto en sal granulada (insertar aquí chiste acerca de cómo uno podría juntar un poco del suelo y echárselo a la comida). El lugar estaba super limpio, ordenado y todo iluminado, bastante agradable. Ahí Tovi (y sólo Tovi) disfrutó de pollo asado y papas fritas. Y después de eso, a la cama.

Nos despertamos al día siguiente con la nariz y la boca llenas de sal, tanto que el agua embotellada sabía un poco dulce. Agarramos las cosas y nos encaminamos al siguiente destino: el mirador de un volcán que estoy seguro que tenía nombre. Tovi y Carlos caminaron un rato por las rocas, con la imponente vista del volcán en el fondo. Ya en este punto la sal había quedado atrás, y el resto del tour era en montañas y desierto. De ahí nos fuimos al árbol de piedra, una formación rocosa de origen arénico (piedra que se formó hace miles de años por arena congelada… por cierto vieron cómo si uno dice algo con suficiente seguridad, suena como si estuviera diciendo palabras de verdad?) con forma que asemeja un poco a un árbol, y que nos hizo reírnos de cómo algo tan random como una piedra con una forma rara se convierte en atracción turística y objeto de cientos de miles de fotos. En los alrededores del famoso árbol había muchas otras formaciones rocosas, con forma de hongos y de naves espaciales estrelladas, por las cuales merodeamos por un rato y les pusimos nombres a algunas (no, no nos comimos el hongo).

En el camino tuvimos un pequeño problema técnico con el Land Cruiser (dije que son buenísimos, no infalibles), seguimos adelante. No sin antes bajarse Tovi del carro, asomarse al motor y poner cara de que sabía qué estaba pasando. Gustavo arregló rápidamente el problema y seguimos adelante hacia la Laguna Honda (de profunda, no de la marca de carros), donde nos sentamos un rato a ver los cientos de flamingos (literalmente cientos; Tovi intentó contarlos) que viven ahí. Sabían que los flamingos se alimentan sólo de las algas y microorganismos que viven en el agua? Bastante interesantes y raros los pájaros esos; y más aún verlos así en cientos.

De ahí nos fuimos a la Laguna Hedionda, nombrada así por su alto contenido de azufre (creativos estos bolivianos para nombrar sus lagunas). Se podrán imaginar el aroma que predomina en el área de la laguna. Caminamos un rato y nos instalamos en una mesita al aire libre, con el buen Land Cruiser sirviéndonos de escudo contra el viento, a almorzar. Yo hasta ese punto me seguía sintiendo mal, ya seguro más por debilidad de no tener nada en el estómago que por intoxicación. Así que decidí comer, y fue milagrosamente volver a la vida. Imagínense ver el mundo en blanco y negro por un par de días y que de repente todo vuelva a tener color. En fin, de ahí seguimos hacia la Laguna Colorada, que tiene la superficie del agua completamente roja, teñida por las algas que viven en ella. (gracias a este color también, los flamingos de esa laguna son bastante más rosados que los que viven en las otras lagunas de la zona). Ahí estuvimos luego un rato conversando con las llamas que encontramos a la orilla de la laguna, hasta que las logramos convencer que se dejaran tomar unas cuantas fotos. Después de un rato el frío nos venció (recuerden que estábamos a más de 3600 metros de altura) y nos dirigimos hacia nuestro segundo refugio. Llegamos justo al atardecer y apenas cayó el sol, no pudimos volver a salir del frío que hacía. Ahí estábamos disfrutando nuestra cena cuando por segunda vez en el viaje oímos el inconfundible acento tico, y el tico resultó ser Ronald, que andaba viajando por Perú y Bolivia, y oficialmente el segundo tico que encontramos así randommente (es una palabra, dije!) en nuestro viaje.

Salimos el tercer y último día hacia una serie de geysers que se encuentran a 5000 metros de altura y a temperatura bajo cero. Nos bajamos del carro por 2 minutos y tuvimos que volver antes de morir congelados a orillas de los geysers. Seguimos nuestro camino hacia la mejor parada de ese día: las aguas termales. A casi 4000 metros de altura, es una pequeña piscinita de aguas termales, en un lugar completamente helado (tanto que los pequeños charcos que había alrededor de la piscina, por agua que habría salpicado o de alguna otra forma salido de la piscina y terminado en el suelo, estaba congelada!). Considerábamos meternos, pero habíamos olvidado bajar las pantalonetas de nuestras mochilas, que estaban en ese momento amarradas entre un rollo interminable de lonas y cuerdas encima del Land Cruiser. A nuestro querido Gustavo le habría enojado mucho que lo hiciéramos bajar todo el chunchero, así que nos limitamos a mirar melancólicamente a los turistas felices que tanto parecían estar disfrutando el agua caliente. Pero… un momento! No todo estaba perdido, y el intrépido Carlos dijo: “yo me meto en boxers!”. No se diga más; en dos minutos estábamos Carlos y yo en boxers, a 4000 metros y unos cuantos grados por encima del cero. Pero todo valió la pena cuando nos metimos al agua… estaba calientísima! Nos remojamos un rato mientras Tovi nos veía desde afuera, todavía con el equipo completo de sueter, gorrito y bufanda. Carajo, realmente es una delicia meterse en aguas termales; quedamos tan calientitos y relajados que incluso después al volver a salir ni necesitamos abrigarnos de nuevo. Después del baño y el desayuno, quedamos listos para seguir.

La última parada del tour fue la Laguna Verde (siguen con la creatividad en los nombres). Como podrán adivinar, ésta era completamente verde, esta vez debido al alto contenido de cobre en el agua. Además, la laguna tiene bastante arsénico, por lo cual no hay absolutamente nada vivo ahí. Es una vista bastante impresionante y refrescante, ver desierto gris y café durante horas y de repente toparse con un parchón de agua de un verde fuerte, encendido. Estuvimos al lado de la laguna un rato (congelándonos) y empezamos el último tramo de nuestro recorrido.

Llegamos al último punto del viaje, donde nos despedimos de Gustavo y de nuestros compañeros alemanes y franceses. De ahí solo siguió el transfer que nos sacaría de Bolivia y nos llevaría de vuelta a la civilización (también conocido como Chile). Cruzamos la frontera sin contratiempos, a excepción del oficial de migración que no lograba encontrarle forma al palo de lluvia que había comprado yo en La Paz, y lo examinó detenidamente tratando de descifrar si era un arma primitiva o un contenedor de drogas, hasta que lo volteó y escuchó el sonido que hacía y como que de un momento a otro cayó en la brillante realización de que lo que tenía en sus manos era un instrumento musical. Nos montamos de vuelta en la buseta, y ésta salió del camino de tierra y entró a una moderna carretera asfaltada impecable; un momento bastante simbólico de nuestro paso de Bolivia a Chile.

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La Paz

Estábamos montados un semi cómodo bus rumbo a la Paz, preguntándonos como iríamos a atravesar el Titicaca, para continuar el trayecto. Sería bordeándolo completamente? Sería en ferry o si tendríamos que nadar con la mochila en una gran bolsa de basura. La respuesta correcta sería “ferry”.

Después de aproximadamente una hora de bordear el Titicaca, llegamos a uno de los extremos del lago. Nos bajaron del bus, nos indicaron que camináramos siguiendo la carretera, ahí encontraríamos una casetilla donde nos venderían el tiquete para cruzar en una lanchita y que el bus pasaba en otro barco, que si no pasábamos rápido al llegar el bus al otro lado nos dejaban. Con ese aliciente buscamos rápidamente los tiquetes y cruzamos sin el menor de los problemas.

Ya del otro lado veíamos como el bus era traído por una tabla gigante que apenas se mantenía a flote. Milagrosamente el bus llego al otro lado sin ningún problema con nuestro equipaje seco y todo en orden.

Seguimos apreciando los paisajes que se iban convirtiendo poco a poco de desiertos áridos a polvorientos y pequeños poblados donde la pobreza se reflejaba sin piedad. Cada vez más cerca de la ciudad eran más las casas que ocupaban la nada, edificios desolados y otros con tantos colores que era imposible ignorarlos.

Pasamos a la par del aeropuerto más alto del mundo (4000 m.s.n.m.) inmediatamente a la derecha la entrada a una autopista y segundos después la vista de la ciudad de la paz, el atardecer la bañaba de un naranja que hacía vibrar cada uno de los colores que nos recibían.

El autobus nos dejó cerca del mercado de las brujas (lugar donde se puede encontrar cualquier cosas necesaria para conjuros, rituales, hechizos, etc) que era exactamente la misma zona donde se encontraba nuestro hostal.

El Cactus, ese es el nombre del que fue nuestro hogar. Recién llegados y ya estábamos hablando con Nico (Francés que está terminando su práctica de medicina en Bolivia) y Grant (Australiano que está recorriendo Sur América en bicicleta). Nos comentanban sobre su viaje y celebranban que iban a poder practicar el español.

Inicialmente la Paz no iba vernos más de uno o dos días, pero nuestras tarjetas de crédito y débito no pensaban lo mismo. La idea era encontrar el tour más cómodo (lease barato) a Uyuni y continuar el viaje. Ese día cenamos una deliciosa pizza y nos fuimos a descansar. Al día siguiente con las energías repuestas y con los “converse” puestos salimos dispuestos a encontrar quien nos llevaría hasta San Pedro de Atacama a traves de Uyuni.

La agencia que nos convenció resulto estar al lado del hostal. Felicidad la agente de viajes que nos atendió, nos contagió con su alegría y cómodo tour, así que nos íbamos con esa agencia. Las buenas noticias seguían llegando cuando nos enteramos que el tour a Tiwanaku y el tour en bicicleta a Coroico mejor conocido como la carretera de la muerte, estaban muchísimo más barato de lo que esperábamos. Imagínense que con lo que pensabamos pagar solo por el tour de Uyuni pagamos todo lo anterior. Salíamos al día siguiente para Coroico.

Llegó la hora de pagar tan maravilloso paquete y ninguna de las tarjetas quiso servir, decidimos ir a sacar dinero y nada, ningún cajero quería darnos dinero. Empezamos a preocuparnos ya que el efectivo que andábamos no era mucho y menos para pagar el tour. Tuvimos que dejar todo a modo de reserva y ver que podíamos hacer con respecto al asunto dinero.

Esa noche en el hostal conocimos a Julie (brasileña que andaba conociendo más de su continente) también a Lise (Noruega que decidió hace unos meses como nosotros soltar todo y largarse y ver a donde la lleva el viento) además de Mathilde (Francesa que esta cumpliendo su sueño de conocer Sur América) ya junto a Grant y Nico eramos un buen grupo de desconocidos compartiendo anécdotas del viaje y de como habíamos llegado a dar ahí.

En un punto de la noche el lugar se convirtió en un centro de estudio, gracias a German (el que cuida y administra el hostal) ya que como está en clases de ingles, llega a solicitar ayuda a los turistas presentes para hacer sus tareas. Entonces en ese momento los que no sabían español sacaron sus cuadernos y empezaron a aprender ese segundo o tercer idioma. Se pueden imaginar que ahí estábamos nosotros haciendo de profesores tanto de ingles como de español.

Volvió a salir el sol y fuimos a ver si ya nuestras queridas amigas de plástico les daba la gana servir. Cruzamos los dedos, fuimos al cajero y…. nada! el sistema seguía diciéndonos que no se podía tramitar la operación. Intentamos llamar al banco emisor para saber que pasaba y nada, no contestaban y no había forma de comunicarse con ellos, era como si Costa Rica hubiera desaparecido.

Decidimos como último recurso ir de nuevo a la agencia de turismo e intentar de nuevo pagar directamente con el plástico y esta vez si funcionó. Ya teníamos el pasaje directo hasta chile y varios días organizados para conocer más de Bolivia.

Así que amaneció y entró al hostal un hombre preguntando por loj tré. Lo seguimos y a tres cuadras del hostal en un pequeño restaurante nos esperaba el desayuno, que sería nuestro combustible para el descenso por la carretera más peligrosa del mundo.

Ascendimos en una microbus a 4700 m.s.n.m. lugar de donde empezaríamos a bajar. La adrenalina ya empezaba a recorrer el cuerpo. Nos dieron ropa, guantes, casco y bicicleta. Un par de vueltas de prueba en el pequeño claro que estábamos. Una garúa constante y muchísimas nubes nos acompañaban y multiplicaban el frío considerablemente. Una llamada del guía, una serie de consejos e indicaciones básicas para la ruta y a bajar!!

Tan solo a los pocos minutos de haber empezado el descenso las manos ya dolían del frío tratando de congelarlas. El agua a su vez impedía que pudiéramos abrir los ojos completamente y la expresión de la cara era una sola ya que el viento helado no dejaba poner otra.

Esta primera parte era en pavimento con vistas espectaculares de nubes y paredes de piedra que se alzan hacia el cielo con gran cantidad de caídas de agua que bañaban los muros. Después de unos 20km de bajar, subimos nuevamente a la micro y nos llevaron por una subida de 8km que obviamente nosotros queríamos hacerlo pedaleando, pero el guía decidió que no, así que como niños regañados entramos a la microbus.

Volvimos a bajar de la micro y de vuelta a las dos llantas. Ahí empezaba el camino de la muerte. El nombre viene por que es una carretera tan angosta por la cual transitaban buses turísticos, locales, camiones de carga, autos particulares y cualquiera que quisiera ir entre Coroico y la Paz. El camino ha cobrado la vida de cientos de personas por la cantidad de buses y autos que se han ido en los barrancos de más de cien metros.

Pero desde el año pasado la ruta no es más que una ruta para bicicletas ya que inaguraron una excelente carretera para el transito en general y no permiten que transite ningún otro tipo de vehículo por la vía antigua, así que la ruta es completamente realizable sin peligro los únicos accidentes que han habido desde entonces son contados, por irresponsabilidad de los ciclistas que hacen la ruta.

Ahí estábamos la lluvia y la neblina no se querían ir así que no quedaba más que continuar. La ruta es realmente estrecha y la pendiente interminable intenta acelerar al máximo la bicicleta en cada tramo. Entre el frío y la vibración de la bicicleta las manos y las muñecas pedían cada vez más una pausa, pero el descenso seguía. Apenas se entraba a un claro donde la neblina no habitaba era impresionante ver las caídas de metros y sobre todo imaginarse como hacían los grandes camiones para pasar por ahí.

Al rato de bajar cuando la neblina era menos densa, tuvimos el susto más grande del trayecto, donde tovi no pudo tomar una curva a causa de las piedras y salió disparado (literalmente) hacia el caño. Yo venía detrás de él así que aceleré el paso y en dos segundos ya estaba a su lado. Se quedo en el suelo unos segundos, se empezó a mover un poco adolorido con un par de golpes el muslo derecho y en la mueñeca del mismo lado, pero nada serio. Adrio se había devuelto ya y como es típico de nosotros no había terminado de levantarse cuando ya estábamos haciendo bromas de lo que acababa de pasar. Llego la microbus que nos seguía de cerca en la que tovi continuó por un pequeño tramo de la ruta para recuperarse de la caída.

Ya el clima había variando bastante, los 3000 m.s.n.m ya habían quedado atrás hacía rato y donde nos acercábamos a los 2000 m.s.n.m el lugar ya empezaba a calentar. Llegamos a la primera parada del recorrido donde nos dieron un snack (coca y yogurt) y a seguir pedaleando.

500 metros más abajo la neblina ya no existía, la visibilidad era perfecta y se avanzaba a mayor velocidad hasta dar con el final oficial del camino de la muerte donde Tovi se volvió a unir a la caravana y pedalear el último trayecto de la ruta donde llegaríamos a los 1200mts de altura. Nos sentíamos como en casa, el aire lleno de oxigeno, un calor acogedor y dando mayor potencia a cada pedaleada. Atravesamos un par de ríos y llegamos a la población Yolosa meta del recorrido.

La sonrisa en la cara era inexplicable, con barro en todo lado, las manos entumidas del frío pero más vivos que nunca. De ahí seguimos en la micro hasta el pueblo de Coroico donde nos esperaba una deliciosa ducha caliente y un bufete donde podíamos comer todo lo que pudiéramos que como se imaginan le dimos sentido a comer todo lo que pudiéramos. A eso de las tres de la tarde empezamos el regreso a la Paz para ir llegando a las ocho o nueve aproximadamente.

La llegada al hostal fue como llegar a casa, todos nuestros nuevos amigos esperándonos y preguntándonos como había estado el día con una familiaridad como si tuviéramos años de vivir juntos. La idea era llegar a dormir por que a las ocho de la mañana siguiente ibamos para Tiwanaku, pero el ambiente se presto para amanecer hablando con los presentes en el hostal.

Tiwanaku se supone es la cuna de los grandes imperios que dominaron los Andes, entre ellos la conocida cultura Inca. Ahí vimos el monolito de siete metros con treinta centímetros y un ancho de un metro con veinte centímetros, con un peso de veinte toneladas. Fue tallado en un sólo bloque de forma rectangular.

Según nos dijeron es la imagen de la Pachamama. (Madre tierra) la tienen encerrada para preservarla en un museo que esta siendo construido ya que alguien tuvo la genial idea hace unos años atrás de trasladarlo a la plaza estadio ubicada en la Paz a 45 minutos de Tiwanaku donde se empezó a deteriorar con todas las plantas que le pusieron para adornarlo.

Visitamos en el mismo lugar la puerta del sol la cual les indicaba las fechas indicadas para los cultivos y las cosechas. El templo semi-subterráneo donde se ven una serie de cabezas esculpidas en la roca a lo largo de toda la pared, con tres monolitos más en el centro del lugar. El Kalasasaya Templo astronómico que junto a la puerta del sol se lleva el control de todo el año. La piramide de akapana es una imponente estructura piramidal, con 8000 m. de perímetro, 7 terrazas escalonadas, 18 metros de altura. Actualmente se aprecian solo los últimos 6 escalones de la pirámide pero están trabajando constantemente en desenterrar y restaurar la totalidad de la pirámide.

Es un lugar de una riqueza arquitectónica pre-incaica impresionante es un lugar digno de volver a visitar dentro de unos años y poder apreciar toda la magnitud del lugar, lo que vimos fue una pequeña pincelada del mismo ya que la totalidad de construcción abarca miles de metros cuadrados que aun quedan por desenterrar.

De vuelta a nuestra casa, digo hostal nos encontramos con Julie y Lise con las que fuimos a tomar un café y comer algo para después tener otra dura despedida. Llamamos el taxi para irnos a la terminal del bus pero no quería llegar. Nico, Julie y Lise esperaban con nosotros, ya dábamos por perdido el bus.

Es increíble lo que uno puede llegar a encariñarse con las personas en tan poco tiempo. Gente que hace unos días ni siquiera existían en nuestras vidas, ahora estaban a la puerta del hostal despidiendonos. Deseandonos el mejor de los viajes, con nudos en las gargantas y los ojos mojados prometiendo reuniríamos de nuevo en alguna parte del mundo.

Ya en el taxi los veiamos quedarse, preocupados por la incertidumbre de si llegariamos a tiempo a la terminal y poniendo de nuevo la vista en el sur para poder seguir adelante. Llegamos justo para abordar el bus y pasar una noche más en un asiento de bus. Pero esta vez con destino Uyuni.

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Copacabana

Ya era hora de pasar otra frontera… imagínense, llevábamos más de 3 semanas en el mismo país! Los pasaportes ya estaban agarrando un olor a guardado que atraía polillas, y nos estábamos acostumbrando tanto a pagar con soles que ya ni siquiera hacía falta hacer la conversión a dólares ni a colones. Ya hasta habíamos perdido la cuenta de las Inca Kolas y las Cusqueñas que nos habíamos tomado… era tiempo de movernos. Mochilas, bolsos, guitarra y espíritu aventurero de nuevo a nuestras espaldas, y nos encaramamos a un bus que bordearía el lago Titicaca para llegar un poquito más al sureste, a un lugar con otra historia, otra bandera y otro presidente; pero con el mismo lago y las mismas Inca Kolas.

Copacabana está en una porción de tierra que se adentra en el Titicaca, y está del lado de Bolivia según la frontera que atraviesa el lago, pero está pegado al lado de Perú y no toca tierra firme en Bolivia. Pero sin embargo ya al presentar los documentos para que los sellen y al cambiar los soles que nos quedaron por bolivianos, entramos oficialmente a nuestro quinto país! Tomamos nuestra foto de rigor en la frontera al rótulo que dice “Bienvenido a Bolivia” (a la par de uno que decía “to go the bathrooms ->”) y nos montamos de nuevo al bus para bajarnos en el centro del pueblo de Copacabana.

Viendo el mapa en la guía turística pudimos ver lo pequeño que era Copacabana, y lo comprobamos al llegar ahí. Parece un pueblo de playa como los de Costa Rica, con la gran diferencia de que ahí la playa no es un mar sino que es el enorme lago. Aún así, estábamos en lo más cercano que se puede estar acá en Bolivia a una playa. La tarde que llegamos era muy especial para nosotros, estábamos cumpliendo dos meses de viaje! Así que decidimos ir a caminar por ahí conociendo el pueblo, incluidos un montón de puestitos de artesanías, la iglesia local (una iglesia enorme y muy ostentosa, incluso tiene otras capillas adentro) y los diferentes restaurantes y bares que había por ahí. Más tarde fuimos a sentarnos a la orilla del Titicaca con Flavia (la guitarra) a cantarle al lago. Ahí conocimos a Lorena, una niña de unos seis años que apareció de la nada y se le tiró encima a Carlos (Carlos es como un imán para chiquitos, es increíble…). Poco después llegaron las hermanas y se la llevaron, pero en 10 minutos llegó de nuevo y nos acompañó un rato. Pueden imaginarse que el concierto se terminó, principalmente porque Lorena no se despegaba de la guitarra, entonces decidimos levantarnos, despedirnos de ella y entrar a uno de los bares que están a la orilla del Titicaca a tomarnos una cerveza para celebrar nuestro cumple-meses.

El segundo día decidimos tomar el tour por la Isla del Sol y la Isla de la Luna, pero nos informaron que el paseo ya no incluye a la Isla de la Luna, ya que sólo se están haciendo excursiones con “botes privados”, y carísimas… Así que nos quedamos con las ganas de conocerla, pero compramos el tiquete para visitar la Isla del Sol. Salimos en la mañana, en un barco parecido a los de Puno pero con muchos más asientos. En total calculo que íbamos unos cuarenta turistas en el bote. Se acuerdan que los botes de Puno eran lentos? Bueno, pues parecen lanchas de carreras al lado de los que hay en Copacabana. Éstos no tienen motores de camión, pero los motores que tienen son de lanchitas pequeñas, y estoy seguro que no fueron hechos para andar jalando 40 turistas, de los cuales siempre una proporción considerable suelen ser altos y/o gordos. En el mapa la Isla del Sol parece muy cerca de la costa, sin embargo nos tomó más o menos 3 horas llegar a ella.

Llegamos a la parte norte de la isla, y el plan era visitar varios lugares de interés arqueológico y con vistas impresionantes del lago y de la naturaleza, para después pasar a la parte Sur, ya sea por bote o por una caminata a través de la isla de más o menos 3 horas. Adivinen cuál opción escogimos? Sí, así es. Caminar se ha convertido en nuestra principal actividad y la razón por la cual no estamos redondos de tanto comer sopa de quinua y papas. Así que visitamos la Piedra Sagrada de los Incas (cuenta la leyenda que el dios Viracocha creó todo desde ahí), visitamos un laberinto de piedra que utilizaban los incas como una fortaleza o lugar de vigilancia (había muchos túneles, así que Carlos fue muy feliz) y subimos a varios lugares para ver el panorama. No teníamos guía, el tour solo incluía transporte y uno tenía la opción de contratar a un guía en la isla. No lo hicimos, sino que preferimos la libertad de ver todo por nuestra cuenta, cosa que siempre extrañamos cada vez que hay una visita guiada. Tomamos muchas fotos como buenos turistas (no altos ni gordos) y emprendimos nuestra caminata para atravesar toda la isla de norte a sur.

Nos recordó mucho al camino inca, eran muchas subidas y bajadas sobre piedras grandes y pequeñas. Pasamos por muchos paisajes diferentes, como suelo completamente árido con vegetación mínima (lo que más nos llamó la atención fue una especie de musgo gris que cubría toda la tierra en muchas partes); pasando por casas con plantaciones y animales como cerdos y burros; por un bosque con muchos eucaliptos de varias clases; por montañas que sólo tenían rocas rojizas gigantes; y al final por el pueblo, donde hay muchos hoteles y restaurantes bastante bonitos. Llegamos al puerto en el lado sur un poco más de media hora antes que lo que se suponía que teníamos que llegar. Si, otra vez nosotros alardeando de nuestra condición física recién adquirida… Ahí tuvimos tiempo de sobra para subir la “Escalera del Inca”, alrededor de 200 o 250 escalones que iban a dar a una fuente sagrada. La fuente se alimenta de agua de la montaña, y se divide en tres: la fuente de la sabiduría, la del coraje y la de la fuerza (la trifuerza, alguien…?). Luego nos fuimos al bote, y paramos un poco más al sur en el Templo del Sol. Decidimos no bajarnos, ya que estaban cobrando una entrada extra (ya habíamos pagado por entrar a la isla), y además sólo nos daban veinte minutos para visitarlo. Luego nos montamos de nuevo a la lancha y tras otra lenta pero tranquila travesía, llegamos a Copacabana de nuevo.

Esa noche, antes de irnos a dormir, nos encontramos afuera con Nicolás, un argentino que estaba tocando música en el bar que queda al lado de nuestro hotel. El bar estaba vacío, entonces decidió darse un “break” y salir a fumarse un cigarrillo. Él lleva mucho tiempo viajando por suramérica, y se dedica simplemente a tocar y cantar, y a veces a hacer algo de artesanías. Un verdadero “chancletudo”. Aunque nunca habíamos hablado con él, parecía que sabía mucho sobre nosotros: lo primero que nos preguntó fué que si habíamos venido bajando por tierra desde Costa Rica. Resulta que el día anterior, caminando por una de las calles de Copacabana que baja hacia lago y donde hay la mayor cantidad de restaurantes y puestos de artesanías, un grupo de chancletudos nos saludó y nos preguntaron que de donde éramos, y desde ahí parece que comentaron bastante acerca de nosotros y querían saber sobre nuestro viaje. Ya estamos acostumbrados a que nos saluden siempre los chancletudos locales, ya que por nuestra pinta de barbudos sonrientes siempre nos tratan como hermanos. Así que nos quedamos conversando con Nicolás un buen rato, nos contó lo que ha viajado y conocido, y nosotros le hablamos sobre nuestro viaje. Al final intercambiamos direcciones de correo y quedamos en hablarnos para ver si nos podemos encontrar de nuevo en Buenos Aires.

Los días siguientes nos dedicamos a conocer más Copacabana. Pasamos a una tiendita donde tenían de todos los cachivaches que se puedan imaginar. Tenían relojes, navajas suizas, juegos de mesa, calculadoras, cortauñas, focos, cd players… bueno, de todo lo que se les ocurra. Aprovechamos para abastecernos de algunas cosas útiles, entre ellas adaptadores para conectar nuestros aparatos portátiles a los tomacorrientes de Bolivia y Chile, que son de patas redondas. También Comimos en un par de restaurantes, incluyendo el bar Akabaa, de una argentina llamada Macarena. Ahí pedimos unos sandwiches, café y jugos naturales. Carlos se pidió tres jugos de “frutilla” (fresa, para los que leen esto). No estoy seguro si le gustó mucho o solo quería dejar a Copacabana sin frutilla. Más tarde también pedimos una Paceña (cerveza, por si acaso) y nos quedamos jugando cartas un buen rato. Doña Macarena y su esposo nos atendieron muy bien, y conversamos con ella un rato sobre varias cosas. Nos contó que ellos pusieron el primer bar de Copacabana hace unos años y les fue bastante bien, y luego de eso se fueron a viajar por el mundo. Luego regresaron y pusieron ese bar, y también les ha dado buen resultado. Si alguna vez van por allá sólo busquen un bar con una ventana rota (no es por vandalismo ni por niños jugando fútbol, sino que es parte de la decoración) y pídanse un jugo de frutilla en honor a Carlos.

Otra cosa que uno nota inmediatamente al entrar a este país son los precios. Hasta ahora hemos venido en una espiral descendente en cuanto al costo del hospedaje, la comida y demás conforme bajamos más al sur. Bolivia no rompió esta tendencia, y acá el hospedaje y la comida son considerablemente más baratos que en el vecino del noroeste. Lo que sí nos llamó la atención fué que hay dos cosas que son mucho más caras que en todos los lugares donde habíamos estado: la hora de internet y la cerveza. Es un fenómeno curioso, pero al menos en Copacabana tuvimos que medirnos mucho en éstos dos lujos.

Nuestro siguiente destino será La Paz. Bolivia nos ha acogido con los brazos abiertos y, sin duda, aunque esté sólo a unas horas de Perú y compartiendo el mismo lago, Copacabana tiene su propio espíritu distinto a todo y su encanto único e irrepetible. Un sello más para nuestro pasaporte, y así quedó también impreso con tinta indeleble en nuestra memoria para siempre.

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Gracias!

Las mejores cosas de un viaje así siempre son las inesperadas, eso ya lo sabíamos desde que salimos de nuestras respectivas puertas el pasado primero de setiembre. Lo que no sabíamos era que algunas de esas cosas inesperadas pueden pasar lejos, en casa, mientras nosotros merodeamos por los caminos del sur. Sería un ejercicio difícil y complicado intentar describir lo que sentí (o lo que sentimos, que aquí todo lo hablo por tres) cuando nos enteramos de que se iba a hacer un chivo por nosotros y para nosotros. Imaginarnos a Michi, Pana, Felipe, y Marcos ahí reunidos haciendo música, rodeados de gente que nos ha seguido de cerca durante todo el viaje, y la gente pensando en nosotros que estamos acá a miles de kilómetros, fue increíble.

La plata reunida (que ahora se llama fondo comunitario de hospedaje) ya nos ha ayudado a pagarnos varias noches en Bolivia y Chile, pero lo que significó para nosotros ese gesto (se le queda corta la palabra, pero qué más da), va a durar más que la plata y va a quedar mucho tiempo después de haber regresado del viaje. A Michi, a los talentosos músicos y amigos que la acompañaron, a los que asistieron al chivo y desde ahí nos acompañaron esa noche, gracias inmensas desde el sur.

fotos (del chivo pues):
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