Copacabana

Ya era hora de pasar otra frontera… imagínense, llevábamos más de 3 semanas en el mismo país! Los pasaportes ya estaban agarrando un olor a guardado que atraía polillas, y nos estábamos acostumbrando tanto a pagar con soles que ya ni siquiera hacía falta hacer la conversión a dólares ni a colones. Ya hasta habíamos perdido la cuenta de las Inca Kolas y las Cusqueñas que nos habíamos tomado… era tiempo de movernos. Mochilas, bolsos, guitarra y espíritu aventurero de nuevo a nuestras espaldas, y nos encaramamos a un bus que bordearía el lago Titicaca para llegar un poquito más al sureste, a un lugar con otra historia, otra bandera y otro presidente; pero con el mismo lago y las mismas Inca Kolas.

Copacabana está en una porción de tierra que se adentra en el Titicaca, y está del lado de Bolivia según la frontera que atraviesa el lago, pero está pegado al lado de Perú y no toca tierra firme en Bolivia. Pero sin embargo ya al presentar los documentos para que los sellen y al cambiar los soles que nos quedaron por bolivianos, entramos oficialmente a nuestro quinto país! Tomamos nuestra foto de rigor en la frontera al rótulo que dice “Bienvenido a Bolivia” (a la par de uno que decía “to go the bathrooms ->”) y nos montamos de nuevo al bus para bajarnos en el centro del pueblo de Copacabana.

Viendo el mapa en la guía turística pudimos ver lo pequeño que era Copacabana, y lo comprobamos al llegar ahí. Parece un pueblo de playa como los de Costa Rica, con la gran diferencia de que ahí la playa no es un mar sino que es el enorme lago. Aún así, estábamos en lo más cercano que se puede estar acá en Bolivia a una playa. La tarde que llegamos era muy especial para nosotros, estábamos cumpliendo dos meses de viaje! Así que decidimos ir a caminar por ahí conociendo el pueblo, incluidos un montón de puestitos de artesanías, la iglesia local (una iglesia enorme y muy ostentosa, incluso tiene otras capillas adentro) y los diferentes restaurantes y bares que había por ahí. Más tarde fuimos a sentarnos a la orilla del Titicaca con Flavia (la guitarra) a cantarle al lago. Ahí conocimos a Lorena, una niña de unos seis años que apareció de la nada y se le tiró encima a Carlos (Carlos es como un imán para chiquitos, es increíble…). Poco después llegaron las hermanas y se la llevaron, pero en 10 minutos llegó de nuevo y nos acompañó un rato. Pueden imaginarse que el concierto se terminó, principalmente porque Lorena no se despegaba de la guitarra, entonces decidimos levantarnos, despedirnos de ella y entrar a uno de los bares que están a la orilla del Titicaca a tomarnos una cerveza para celebrar nuestro cumple-meses.

El segundo día decidimos tomar el tour por la Isla del Sol y la Isla de la Luna, pero nos informaron que el paseo ya no incluye a la Isla de la Luna, ya que sólo se están haciendo excursiones con “botes privados”, y carísimas… Así que nos quedamos con las ganas de conocerla, pero compramos el tiquete para visitar la Isla del Sol. Salimos en la mañana, en un barco parecido a los de Puno pero con muchos más asientos. En total calculo que íbamos unos cuarenta turistas en el bote. Se acuerdan que los botes de Puno eran lentos? Bueno, pues parecen lanchas de carreras al lado de los que hay en Copacabana. Éstos no tienen motores de camión, pero los motores que tienen son de lanchitas pequeñas, y estoy seguro que no fueron hechos para andar jalando 40 turistas, de los cuales siempre una proporción considerable suelen ser altos y/o gordos. En el mapa la Isla del Sol parece muy cerca de la costa, sin embargo nos tomó más o menos 3 horas llegar a ella.

Llegamos a la parte norte de la isla, y el plan era visitar varios lugares de interés arqueológico y con vistas impresionantes del lago y de la naturaleza, para después pasar a la parte Sur, ya sea por bote o por una caminata a través de la isla de más o menos 3 horas. Adivinen cuál opción escogimos? Sí, así es. Caminar se ha convertido en nuestra principal actividad y la razón por la cual no estamos redondos de tanto comer sopa de quinua y papas. Así que visitamos la Piedra Sagrada de los Incas (cuenta la leyenda que el dios Viracocha creó todo desde ahí), visitamos un laberinto de piedra que utilizaban los incas como una fortaleza o lugar de vigilancia (había muchos túneles, así que Carlos fue muy feliz) y subimos a varios lugares para ver el panorama. No teníamos guía, el tour solo incluía transporte y uno tenía la opción de contratar a un guía en la isla. No lo hicimos, sino que preferimos la libertad de ver todo por nuestra cuenta, cosa que siempre extrañamos cada vez que hay una visita guiada. Tomamos muchas fotos como buenos turistas (no altos ni gordos) y emprendimos nuestra caminata para atravesar toda la isla de norte a sur.

Nos recordó mucho al camino inca, eran muchas subidas y bajadas sobre piedras grandes y pequeñas. Pasamos por muchos paisajes diferentes, como suelo completamente árido con vegetación mínima (lo que más nos llamó la atención fue una especie de musgo gris que cubría toda la tierra en muchas partes); pasando por casas con plantaciones y animales como cerdos y burros; por un bosque con muchos eucaliptos de varias clases; por montañas que sólo tenían rocas rojizas gigantes; y al final por el pueblo, donde hay muchos hoteles y restaurantes bastante bonitos. Llegamos al puerto en el lado sur un poco más de media hora antes que lo que se suponía que teníamos que llegar. Si, otra vez nosotros alardeando de nuestra condición física recién adquirida… Ahí tuvimos tiempo de sobra para subir la “Escalera del Inca”, alrededor de 200 o 250 escalones que iban a dar a una fuente sagrada. La fuente se alimenta de agua de la montaña, y se divide en tres: la fuente de la sabiduría, la del coraje y la de la fuerza (la trifuerza, alguien…?). Luego nos fuimos al bote, y paramos un poco más al sur en el Templo del Sol. Decidimos no bajarnos, ya que estaban cobrando una entrada extra (ya habíamos pagado por entrar a la isla), y además sólo nos daban veinte minutos para visitarlo. Luego nos montamos de nuevo a la lancha y tras otra lenta pero tranquila travesía, llegamos a Copacabana de nuevo.

Esa noche, antes de irnos a dormir, nos encontramos afuera con Nicolás, un argentino que estaba tocando música en el bar que queda al lado de nuestro hotel. El bar estaba vacío, entonces decidió darse un “break” y salir a fumarse un cigarrillo. Él lleva mucho tiempo viajando por suramérica, y se dedica simplemente a tocar y cantar, y a veces a hacer algo de artesanías. Un verdadero “chancletudo”. Aunque nunca habíamos hablado con él, parecía que sabía mucho sobre nosotros: lo primero que nos preguntó fué que si habíamos venido bajando por tierra desde Costa Rica. Resulta que el día anterior, caminando por una de las calles de Copacabana que baja hacia lago y donde hay la mayor cantidad de restaurantes y puestos de artesanías, un grupo de chancletudos nos saludó y nos preguntaron que de donde éramos, y desde ahí parece que comentaron bastante acerca de nosotros y querían saber sobre nuestro viaje. Ya estamos acostumbrados a que nos saluden siempre los chancletudos locales, ya que por nuestra pinta de barbudos sonrientes siempre nos tratan como hermanos. Así que nos quedamos conversando con Nicolás un buen rato, nos contó lo que ha viajado y conocido, y nosotros le hablamos sobre nuestro viaje. Al final intercambiamos direcciones de correo y quedamos en hablarnos para ver si nos podemos encontrar de nuevo en Buenos Aires.

Los días siguientes nos dedicamos a conocer más Copacabana. Pasamos a una tiendita donde tenían de todos los cachivaches que se puedan imaginar. Tenían relojes, navajas suizas, juegos de mesa, calculadoras, cortauñas, focos, cd players… bueno, de todo lo que se les ocurra. Aprovechamos para abastecernos de algunas cosas útiles, entre ellas adaptadores para conectar nuestros aparatos portátiles a los tomacorrientes de Bolivia y Chile, que son de patas redondas. También Comimos en un par de restaurantes, incluyendo el bar Akabaa, de una argentina llamada Macarena. Ahí pedimos unos sandwiches, café y jugos naturales. Carlos se pidió tres jugos de “frutilla” (fresa, para los que leen esto). No estoy seguro si le gustó mucho o solo quería dejar a Copacabana sin frutilla. Más tarde también pedimos una Paceña (cerveza, por si acaso) y nos quedamos jugando cartas un buen rato. Doña Macarena y su esposo nos atendieron muy bien, y conversamos con ella un rato sobre varias cosas. Nos contó que ellos pusieron el primer bar de Copacabana hace unos años y les fue bastante bien, y luego de eso se fueron a viajar por el mundo. Luego regresaron y pusieron ese bar, y también les ha dado buen resultado. Si alguna vez van por allá sólo busquen un bar con una ventana rota (no es por vandalismo ni por niños jugando fútbol, sino que es parte de la decoración) y pídanse un jugo de frutilla en honor a Carlos.

Otra cosa que uno nota inmediatamente al entrar a este país son los precios. Hasta ahora hemos venido en una espiral descendente en cuanto al costo del hospedaje, la comida y demás conforme bajamos más al sur. Bolivia no rompió esta tendencia, y acá el hospedaje y la comida son considerablemente más baratos que en el vecino del noroeste. Lo que sí nos llamó la atención fué que hay dos cosas que son mucho más caras que en todos los lugares donde habíamos estado: la hora de internet y la cerveza. Es un fenómeno curioso, pero al menos en Copacabana tuvimos que medirnos mucho en éstos dos lujos.

Nuestro siguiente destino será La Paz. Bolivia nos ha acogido con los brazos abiertos y, sin duda, aunque esté sólo a unas horas de Perú y compartiendo el mismo lago, Copacabana tiene su propio espíritu distinto a todo y su encanto único e irrepetible. Un sello más para nuestro pasaporte, y así quedó también impreso con tinta indeleble en nuestra memoria para siempre.

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