Cusco

No había terminado de amanecer después de los cuatro días de caminata, cuando ya ibamos rumbo al Valle Sagrado de los incas. Saliamos de un parque al costado de la plaza de armas, en un bus lleno de hispano parlantes dispuestos a conocer más de las maravillas tanto incaicas como pre-incaicas.

Primera parada: mercado artesanal de C’orao, donde una vez más se encuentran mil y un puestos donde cambiar el oro por artesanías. Fue corta la visita y seguimos al siguiente centro artesanal; Pisaq, en el corazón del Valle Sagrado. Lo recorrimos de pies a cabeza, donde en todos los toldos nos ofrecían una cantidad multicolor e inimaginable de tejidos, bufandas, ponchos, gorritos, camisetas, lapiceros, libretas, mates de coca, hojas de coca; en fin, mil cosas increibles, hechas impecablemente.

Media hora más de bus y Vladimir (nuestro guía) anunciaba la llegada a la reserva arqueológica de Pisaq; conjunto de andenes de aproximadamente 54 niveles, destinados a la agricultura. Se puede apreciar como el paso de los conquistadores casi lo borra del mapa, pero un poco más arriba se encuentran construcciones más finas, lo cual significa que era lugar sagrado o un templo.

Justo a la par de esta construcción fina, se puede ver una menos trabajada y más tosca, que es construcción de una civilización anterior, que en vez de destruirla y construirle encima, respetaban su espacio y la mantenían tal cual era. La vista del Valle Sagrado desde Pisaq es increíble. Todo parece una maqueta de una zona agrícola; casas de barro, las propiedades divididas por pequeñas cercas, y hasta donde alcanza la vista, plantaciones.

Siguiente destino: Urubamba, lugar donde comeríamos en un buffet, donde probamos la alpaca y mil tipos de papa, además de todo lo que echamos de más en el plato que ya conocíamos, por supuesto sin dejar de lado los postres. Aquí se nos unió Egle, una Lituana que estudió ciencias neuronales y está sacando su maestría en Perú estudiando a los chamanes y curanderos de la selva.

De nuevo en el bus y directo a Ollantaytambo, tercera parada de nuestro recorrido. Ahí pudimos apreciar (entre un millón de turistas) uno de los más impresionantes legados incas; piedras de más de 42 toneladas acomodadas perfectamente como en un rompecabezas, en lo que sería uno de los mayores templos incas. Lo más impresionante es que las piedras que utilizaron para dicha edificación no se encuentran ni en el valle ni en el cerro del mismo asentamineto, sino que fueron traídas desde kilómetros a lo lejos y se dice que hasta cambiaron el curso de un río para poder llevar las piedras hasta el cerro que les permitía divisar los tres valles que lo rodean. Lamentablemente el lugar quedó a medio construir, como la mayoria de ruinas incas, por la llegada de los conquistadores y guerras que habían entre los mismos locales.

Con el tiempo un poco escaso, nos dirigimos a Chinchero, último destino del tour. Además de que el tiempo era poco, nos encontramos con una reparación en la vía, por la cual nos querían dejar esperando tres o cuatro horas. A nuestro guía, que nos estaba sirviendo de mediador, se le ocurrió pedir prestada una cámara de video y empezar a filmar cómo estaban retrasando más de ocho buses de turismo, e inmediatamente empezaron a mover los camiones y nos dejaron pasar.

Llegamos a Chinchero, específicamente a la Iglesia, que fue de las primeras construidas por los españoles y fue pintada en su totalidad por astistas andinos. Nos permitieron entrar cuando estaban a punto de cerrar. Pudimos ver el interior del templo, el cual no tiene ni un solo rincón sin un trazo del pincel, con imágenes de ángeles, santos, la trinidad y miles de adornos más recubriendo la totalidad del lugar. Ahí mismo visitamos una de las textileras locales, donde vimos todo el proceso, desde hacer los hilos, pasando por el teñido y terminando en tejidos impresionantes donde plasman su historia, con representaciones de animales y figuras características de su pueblo.

De vuelta en Cusco, Egle nos propuso ir por un chocolate caliente. La noche no podía estar más fría. Así que sin dudarlo nos fuimos a buscar un lugar donde refugiarnos. Dimos un par de vueltas y encontramos “The Muse”, un pequeño rincón de Cusco donde el ambiente es cálido a cualquier hora y sirven los mejores sandwiches y jugos de todo Cusco, además de un café delicioso. Pasamos ahí el resto de la noche, con buena música, contando cada uno como habíamos llegado ahí y qué hacáamos en esa fría pero preciosa cuidad.

Al día siguiente visitamos Saqsaywaman, que quedaba a 15 min de nuestro hostal a pie. Otra de las increibles riunas incas, que fue construida bajo orden del Inca Pachacutec con fines militares. Duró alrededor de cincuenta años en ser construida, y a la llegada de los españoles ya estaba terminada.

Los siguientes días nos dedicamos a descansar y a recorrer los cafés de la ciudad, entre los que encontramos Indigo, donde jugamos el famoso juego Wisstoy!! No tienen idea, es divertidisimo! El juego consiste en una serie de tucos de madera que se colocan de tres en tres a manera de formar una torre. Una vez construida la torre se procede a ir quitando de uno en uno los tucos, e irlos poniendo en la parte superior de la torre sin que la misma colapse, el que tenga la mala suerte de hacerla colapsar es el perdedor absoluto. (si, si, ya sé es Jenga, pero yo qué tengo la culpa que ese se llamara Wisstoy?). Tambíen jugamos Uno y tomamos más café. Además fuimos a un concierto en “Km 0” donde tocó el grupo Caxa, al que Hans, el guitarrista, que tocó la noche que conocimos “The Muse”, nos había invitado después de estar largo rato conversando.

El día antes de partir de Cusco, Adrio consiguió su añorada guitarra, así que decidimos ir a despedir Cusco en “The Muse”. Para suerte de todos esa noche, Piero (amigo de Hans) tocaba ese día en vivo, y al ver a nuestro querido viajero con guitarra, lo invitó a tocar y a hacerle compañía el resto de la noche. La felicidad de Adrio era sumamente contagiosa y todos los presentes les aplaudimos y acompañamos toda la noche.

Al amanecer, entre el taxi que duró mil horas en llegar y que a mí se me olividó la billetera en el hostal y me acordé de camino a la terminal, casi perdemos el bus de Puno, el cual tuvimos que perseguir en carrera durante unos 200mts. Pero una vez en él, nuestros asientos nos esperaban para llevarnos a nuestro próximo destino.

IMG_2637.jpg IMG_2635.jpg IMG_2633.jpg IMG_2630.jpg IMG_2620.jpg IMG_2610.jpg IMG_2608.jpg IMG_2606.jpg IMG_2604.jpg IMG_2602.jpg IMG_2601.jpg IMG_2600.jpg IMG_2593.jpg IMG_2587.jpg IMG_2583.jpg IMG_2577.jpg IMG_2570.jpg IMG_2563.jpg IMG_2554.jpg IMG_2546.jpg IMG_2542.jpg IMG_2539.jpg IMG_2527.jpg IMG_2523.jpg IMG_2522.jpg IMG_2521.jpg IMG_2520.jpg IMG_2518.jpg IMG_2517.jpg IMG_2508.jpg IMG_2506.jpg IMG_2503.jpg IMG_2500.jpg IMG_2499.jpg IMG_2496.jpg IMG_2495.jpg IMG_2494.jpg IMG_2491.jpg IMG_2487.jpg IMG_2486.jpg IMG_2482.jpg IMG_2470.jpg IMG_2459.jpg IMG_2455.jpg IMG_2448.jpg IMG_2431.jpg IMG_2429.jpg IMG_2421.jpg IMG_2419.jpg IMG_2417.jpg IMG_2408.jpg IMG_2399.jpg IMG_2398.jpg IMG_2397.jpg IMG_6990.jpg IMG_6979.jpg IMG_6960.jpg IMG_6998.jpg IMG_6996.jpg IMG_6985.jpg IMG_6981.jpg IMG_6975.jpg IMG_6967.jpg IMG_6953.jpg IMG_6934.jpg IMG_6931.jpg IMG_6924.jpg IMG_6912.jpg IMG_6910.jpg IMG_6890.jpg IMG_6888.jpg

Camino Inca y Machupicchu

El 19 de octubre nos encontró emocionados, ansiosos, sobresaltados de que ya fuera 19. Cuando uno espera algo por tanto tiempo, especialmente cuando tiene fecha, parece que nunca va a llegar, pero uno ni cuenta se da cuando de repente ya llegó el día.

Nuestros espacios para el Camino Inca quedaron reservados con fecha 19 de octubre, desde principios de julio. Ya desde ese entonces estaban completamente llenos hasta esa fecha los cupos para las 500 personas que se permiten al día. Llegando acá la gente nos comentaba lo afortunados (afortunados? sabios!) que éramos en tener las reservaciones; muchísima gente se queda sin hacer el camino por no haber reservado con suficiente antelación.

Después de previas instrucciones de parte de Don Hernán, el señor que contactamos hace meses cuando hicimos la reservación, pasaron a recogernos al hostal, en un bus con 10 personas más que serían nuestros compañeros de caminata, mas dos guías. Nos tocó un grupo excelente. Eran 5 parejas de europeos y nosotros; entonces éramos los diferentes del grupo, pero nos llevamos muy bien con todos. Nos tocó con una pareja de ingleses, Nick y Hailey, y también iban los papás de Hailey, William y Caroline, dos señores ya mayores que impresionaron a todo el mundo con su condición física y su espíritu aventurero. Luego estaban los franceses, Ben y Barbara, y los belgas, Louise y su esposo (cuyo nombre escapa a nuestra memoria), y los españoles (bueno, catalanes) Eduardo y Begoña, de quienes nos terminamos haciendo muy amigos al cabo de la travesía. Finalmente estaban los dos guías, Freddy y Pepe Lucho, que completaban la familia con la que convivimos durante cuatro días y tres noches.

Nos encaminamos hacia el pueblo de Ollantaytambo, donde paramos por provisiones (agua, barras de granola, Tang, chocolates, hojas de coca, y nuestros bastones para caminar: Tom, Pollo y Lucho). Poco tiempo después estábamos en Piskakucho, el kilómetro 82 de la vía férrea que se dirige a Machu Picchu; el punto inicial de nuestra caminata. Mochilas a la espalda con todo y sleeping bag y colchoneta, los buenos Hi-Tec bien amarrados, atollados de bloqueador solar, botellas de agua listas, bastón en mano, y emprendimos la caminata. Según nos dijo el guía (y entenderíamos al día siguiente) el primer día es básicamente el entrenamiento. Unas cuatro horas de caminar, con algunas subidas y bajadas, tampoco facilísimo pero sí llegamos al primer campamento bastante enteritos. En general, alguien con condición física por arriba del promedio (porque, admitámoslo, el promedio es terrible) puede hacer la caminata sin mucho problema.

Hay que ser sinceros; el Camino Inca no es fácil, pero lo tratan a uno muy, muy bien. En los campamentos y en las paradas de almuerzo nos esperaban muy buenas comidas, siempre con sopa, un plato bien completo, y té de coca, siempre mucho té de coca. Como nos decía nuestra amiga Marce, que no tuvo tanto lujo como nosotros cuando hizo el camino: “los odio! ustedes son de los que les llevan la comida y todas las cosas!”. Y aquí es donde entran en juego los porteadores; hombres de todas las edades que trabajan para las compañías que organizan los tours del Camino Inca. A los porteadores les toca llevar todo el equipo del que tan cómodamene disfrutamos nosotros en cada parada: tiendas de campaña, mesas, bancos, utensilios de cocina, más la comida de todo el grupo para los cuatro días. Ellos tienen que ir más rápido que los grupos, para poder llegar antes a cada parada y alistar (setuppear) el campamento y cocinar el almuerzo o cena. Así que a lo largo de todo el camino, de repente se escuchaban gritos que anunciaban “porteador!” para dejarlos pasar. Todo lo orgulloso que se siente uno de estar haciendo la caminata se desmorona cuando pasan los porteadores volando a la par como si nada. Su condición física es impresionante; cada uno carga paquetes de hasta 20 kg (en teoría, porque a veces se veían mucho más pesados que eso), y la mayoría hace todo el camino con un simple par de sandalias.

Ya sabíamos de antemano que el segundo día era el más difícil, sólo que no nos imaginábamos qué tanto. Es el más difícil porque se sube hasta el punto más alto del trayecto; el Paso de la Mujer Muerta, a 4200 metros sobre el nivel del mar. La subida es larga y constante; unas dos horas y media de subir seguido. Cada paso y cada grada es más difícil que la anterior. Después de cierta altura el cuerpo no responde igual, todo pesa más, la respiración se agita y se acorta muy fácilmente. Súmenle a esto el peso de la mochila en la espalda, y se va dando cuenta uno de por qué dicen que es el día más difícil.

Pero así como es difícil, así de satisfactorio es llegar a la cima. Yo pude tomar un ritmo más rápido que Carlos y Tovi (Carlos estaba con una gripe que lo estaba matando, por cierto); en la subida me les adelanté y terminé llegando a la cima unos minutos antes que ellos. Cada persona que llegaba arriba era alentada con gritos y aplausos de sus compañeros de grupo que ya estaban en la cima. Así, Eduardo y Begoña, que habían llegado a la cima hacía rato, junto con el resto de nuestro grupo, me alentaron para poder subir los últimos metros, definitivamente los más difíciles por la altura y lo inservibles que se sienten las piernas en ese punto. Descansando arriba y esperando a los últimos dos, les enseñé a nuestros amigos españoles, franceses e ingleses (y los guías también) un buen canto para ayudar a Carlos y a Tovi a terminar la subida. Así que llegando a la cima, fueron recibidos con un sonoro “ooee oe oe ooeeee ticooos ticooos!” (tuve que explicarles qué son ticos; ninguno sabía). Tovi se inyectó tanto que subió las últimas gradas casi corriendo. Fue un momento memorable.

En la cima descansamos, celebramos, e hicimos ofrendas a la Pachamama como agradecimiento de habernos permitido llegar hasta ahí (Tovi no porque es el menos chancletudo). De ahí en adelante todo era bajada; eso suena bonito en teoría pero la realidad fue otra. Fueron casi dos horas de bajar gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas, gradas y más gradas (y esto se queda corto). Gradas de piedra, empinadas, resbalosas. Después de la subida, las piernas y las rodillas ya no echaban; a la mitad de la bajada ya empezaban a temblar. Tovi y yo nos adelantamos en la bajada, y dejamos a Carlos rezagado varios cientos de gradas atrás. “Por qué tan lento mae?” le pregunté en un punto, a lo cual me contestó nada más moviendo la cabeza con un “no sé que me pasa”. De repente, cuando ya no faltaba tanto para llegar al campamento, y cuando pensábamos que Carlos habría quedado tirado ya en la grada número 1700, nada más sentimos alguien que nos pasa volando a la par y nos dice “por qué tan lentos maes?”. A Carlos se le metió el espíritu inca y le dio un impulso de energía inexplicable, y terminó siendo el primero de nosotros en llegar al campamento. Carlos… no traten de entenderlo.

Nosotros en un principio pensábamos que el Camino Inca serían cuatro días de caminar sin parar. Cuando supimos que eran sólo (“sólo”! ja!) unas seis horas de caminata al día, nos empezamos a preguntar qué hace uno ahí el resto del día. Cuando llegamos al campamento a las 2 de la tarde aproximadamente encontramos la respuesta: no podíamos movernos más. Recibimos nuestra recompensa en forma de jugo de maracuyá caliente, almorzamos, y colapsamos en nuestra tienda. El agotamiento y el dolor de pies, piernas y hombros (trapecio para ser exactos) debido a la caminata y a la mochila nos dio qué hacer el resto de la tarde: yacer inertes. Con dificultad logramos levantarnos para el té y la cena (sí, nos daban té con palomitas y galletitas y cena todos los días), y sólo Carlos se quedó después hablando con los franceses (andaba con el espíritu Inca metido todavía).

Ya habíamos pasado lo más duro, pero el tercer día fue la caminata más larga. También es el día más interesante, porque se pasa por varios sitios arqueológicos de ruinas incas. A lo todo lo largo del Camino Inca había construcciones con distintos propósitos: lugares de vivienda, sitios de descanso (tambos), puestos de vigilancia (pukaras), terrazas para la agricultura, y templos y otros tipos de sitios de rituales sagrados. A diferencia de muchas otras ruinas incas en la región de Cusco, ninguna de estas construcciones fue encontrada por conquistadores españoles, por lo cual se mantienen intactos (salvo los efectos de la vegetación y el paso del tiempo).

Nos levantamos a las 6 AM con el llamado de “coca tea!” de Wilfredo, nuestro Inca personal (bueno, el porteador encargado del coca tea). Salimos de nuestra tienda para encontrarnos con un día despejado y un gran cerro nevado al frente, una vista que dejaría a cualquiera sin aliento (y más a esa altura). Realmente el clima estuvo excelente durante todos los cuatro dias; tuvimos mucho sol y cielos despejados, y nos llovió solo en las noches cuando ya estabamos (semi) protegidos por nuestra tienda de campaña.

Empezamos la caminata con una pequeña subida hasta el pukara de Runkarakay (significa “ovoide” por su forma “ovoide”), donde Pepe Lucho nos dio una… de… sus… pausadas… explicaciones (kalachupi, Pepe!). Ahora seguía el segundo paso, más fácil que el primero, pero también bastante agotador. Creo que es una combinación de la altura, el cansancio de los músculos y un fuerte efecto psicológico de estar viendo siempre la cima a la que se tiene que llegar y sentir que no se avanza, lo que causa en general que se hagan tan cansadas esas subidas. Uno piensa que a la próxima vuelta ya va a estar el último trecho antes de la cima y siempre hay más y más (…excepto en el último).

La siguiente parada después del paso fueron las ruinas de Sayaqmarka, que servía también de pukara pero además era un sitio ceremonial. Faltaban unos 25 minutos bajando y luego subiendo a través de la selva antes de llegar al lugar del almuerzo. El espíritu inca se nos metió a todos esta vez y poco nos faltó para hacer todo ese tramo corriendo. Con la misma energía salimos después de almorzar y la próxima hora fue increíble; Tovi y yo íbamos rápido pasándole a varios grupos, y de repente escuchamos el familiar grito de “porteador!”. En un acuerdo tácito, los dejamos pasar y de inmediato nos pegamos a ellos, aumentando aún más nuestro ritmo y completando esa sección del camino todo a paso de porteador. Llegamos al tercer paso de primeros, y unos cinco minutos después apareció Carlos junto a Bego y Eduardo. Pasaron unos diez minutos más antes que apareciera el resto del grupo (hispanos a la cabeza!).

El tercer paso es el de Phuyupatamarka (“pueblo por encima de las nubes”). Las ruinas servían de terrazas agrícolas, además de ser otro pukara y sitio sagrado. A partir de ahí seguía la parte más difícil del tercer día, según los guías; una bajada constante y empinada de dos horas. El camino en esta parte es 100% Camino Inca original, a diferencia de las primeras secciones del trayecto, las cuales fueron desplazadas cuando se realizó la construcción de la línea del tren paralelo al río Urubamba. Entonces el camino en sí es impresionante; muchas de las gradas fueron talladas en gigantescas piedras que nunca fueron movidas de su posición original en la montaña. De hecho todo el sistema de construcción inca se basaba en adaptarse a las condiciones de la naturaleza (topográficas, climáticas). Es decir, en lugar de tratar de modificar la forma de la montaña para realizar sus construcciones, adaptaban la forma de las terrazas y demás elementos de sus obras a las condiciones topográficas existentes. Era verdaderamente un sistema de construcción en completa armonía con la naturaleza.

En esta parte fue donde realmente el equipo hispano tomó liderazgo. Bego, Eduardo, Carlos, Tovi y yo nos despegamos del grupo en los primeros minutos del descenso, y de ahí en adelante fluimos como agua por las centenarias piedras incas. Después de pasarle a varios grupos, de repente nos encontramos con un Camino Inca vacío, completamente para nosotros. Fue mágico; no vimos una sola persona más hasta el último campamento. Ibamos los cinco completamente juntos, y al final parecía que nos vinieran persiguiendo, pero el mismo impulso que llevábamos (el mental y el de la gravedad cuando uno corre cuesta abajo) no nos dejó frenar hasta que llegamos a nuestro destino, de primeros. Uno de los porteadores, sorprendido y muy sonriente, nos felicitó a nuestra llegada. Tiempo total del último tramo: hora y media, 30 minutos menos que lo normal.

Cerca del último campamento están las imponentes ruinas de Wiñaywayna (“siempre joven”). Ir a visitarlas es opcional, porque no quedan exactamente sobre el trayecto, sino que están después de una pequeña desviación. Como fuimos tan veloces, nos premiamos con una visita a estas ruinas. La gente llega cansada al último campamento, y creo que además no saben lo cerca que queda Wiñaywayna, así que casi todos optan por saltarse la visita y quedarse descansando. No saben de lo que se pierden. Freddy nos acompañó en una caminata mucho más corta de lo que esperábamos; menos de cinco minutos. Cuando uno menos se lo espera, se llega a un claro entre los árboles, y se topa de frente con una impresionante (disculpen el presente y futuro abuso de este adjetivo, realmente es la única forma de describirlo) vista. Hacia arriba y abajo, una enorme serie de terrazas cubren una gran sección de la cara de la montaña. El sol de la tarde iluminaba las terrazas, el templo, y más abajo, las viviendas que conforman Wiñaywayna. Lo hace aún más imponente el hecho de que las ruinas están completamente rodeada de cerca por montañas, sin ningún otro acceso que por el que entramos. Es una mini-ciudad completamente encerrada, que transmite una sensación de grandeza pero a la vez de aislamiento y seguridad. Esto, sumado al hecho de que éramos alrededor de 10 personas en las ruinas, hizo que la visita fuera lo mejor del camino hasta ese momento.

Se cree que Wiñaywayna fue un sitio de experimentación agrícola, donde los agrónomos incas adaptaban nuevos tipos de cultivos. Además era un sitio sagrado, donde vivían sacerdotes y realizaban ceremonias en el Templo del Arcoiris, que se encuentra en la parte superior de la construcción y tiene siete ventanas; una para cada color del arcoiris. Bajando al lado de las terrazas hay una serie de fuentes, alimentadas por aguas de cascadas que fluyen en la parte superior de la montaña. El agua es desviada por canales de piedra y llega hasta Wiñaywayna, donde cae sucesivamente por una serie de 12 piletas. El agua no ha dejado de fluir por esas fuentes desde su construcción hace más de 500 años. En la parte inferior del complejo están las ruinas de las viviendas, las cuales pudimos disfrutar en completa soledad hasta que se empezó a ocultar el sol y se nos hacía tarde para el té (y las galletitas).

El último campamento es un complejo turístico con todo y restaurante; muy distinto a los anteriores campamentos que eran en medio de la selva sin nada más que tiendas de campaña. Ahí disfrutamos de la última cena, un verdadero festín que fue recibido con dientes afilados y aplausos para el cocinero. Nos tomamos un par de Cusqueñas, nos dimos una ducha caliente (sí, hasta ahora nos bañábamos) y nos fuimos a dormir, preparándonos para la culminación de nuestra travesía.

Eran las 3:45 AM cuando nos llegaron a despertar. De por sí ya estábamos despiertos; ninguno podía dormir un minuto más. Nos preparamos rápidamente y nos dirigimos al portón que marca el último puesto de control del Camino Inca. Lo abren hasta las 5:30, pero llegamos a hacer fila a las 4:45 (porque nos encanta hacer filas!). Abrieron las puertas y eso fue como soltar una estampida de toros. Machupicchu nos llamaba a todos y ninguno quería aflojar el paso para poder llegar justo después del amanecer. El cuarto día se camina poco; en hora y media aproximadamente se llega al destino final. Pero la velocidad y la ansiedad por llegar hacen que también sea algo cansado. En una hora (y después de pasarle a los dos grupos que habían llegado al puesto de control antes que nosotros) llegamos todos los 13 del grupo, juntos, a la pared de 51 escalones que hay que escalar, bastante literalmente, antes de llegar a Intipunku (“Puerta del Sol”). Al llegar casi nos orinamos en los pantalones y se nos hicieron nudos en la garganta y huecos en la panza al ver Macchupicchu por primera vez, a la distancia. El sol empezaba a salir a nuestras espaldas, del otro lado de la Puerta del Sol, iluminando directamente la ciudad y las montañas que la rodean.

De ahí en adelante seguimos nuestra carrera con el equipo hispano, seguidos de cerca por los franceses y nuestro guía Pepe Lucho, que nos alcanzó corriendo, diciéndonos que lo habíamos dejado rezagado. Finalmente, casi a las 7 AM, llegamos a Machupicchu.

No voy a tratar de explicar lo impresionante que es entrar a Machupicchu. No se puede con palabras.

Por dicha cuando entramos todavía no habían llegado muchos turistas más. Recorrimos las ruinas junto con Pepe, que nos fue explicando cada sección y la función que cumplía. Pasamos por las terrazas agrícolas (que conforman más de la mitad del área que cubre la ciudad), las zonas de viviendas, subimos a la parte superior donde se encuentra el Intiwatana (“lugar donde se amarra el sol”), el reloj de sol sagrado de los incas, visitamos las canteras de donde extraían las piedras para la construcción, y admiramos a la distancia la plaza central de la ciudad y el sector industrial donde manufacturaban los textiles.

Las construcciones de los incas eran perfectas; cortaban las piedras con una precisión milimétrica y las colocaban unas sobre otras, encajando con tanta exactitud que no necesitaban de ningún otro material que uniera los bloques, los cuales simplemente se sostenían unos contra otros por su propio peso. Contrario a lo que yo pensaba, no todas las construcciones eran hechas de esta forma, sólo las que tenían propósitos sagrados o ceremoniales. El resto eran más rústicas; piedras cortadas de forma menos precisa y unidas con barro. De esta forma puede uno identificar el propósito de cada construcción de acuerdo al tipo de construcción, y así saber si era un sitio sagrado. Esto es cierto tanto para Machupicchu como para cualquier otra construcción inca.

Waynapicchu (“montaña joven”… por cierto, Macchupicchu significa “montaña vieja”) es la montaña grande que se ve atrás de la ciudad en esa foto clásica de Machupicchu que se ve por todas partes. Una de las cosas que puede hacer uno es subir a Waynapicchu y ver toda la ciudad desde la cima. Estábamos decididos a hacerlo, pero al bajar el ritmo y al enfriarse las piernas, empezamos a dudarlo seriamente. Después de descansar un poco y recargarnos en la Piedra Sagrada, nos animamos a subir (cuando nos preguntaban los guías si ibamos a escalar Waynapicchu, realmente querían decir “escalar”). Es una subida constante de 45 minutos (subiendo con buen ritmo), muy empinada, de gradas y rocas. (De camino para arriba nos topamos con los únicos ticos que hemos visto en todo el viaje: don Max Fischel y su esposa, quienes idenifiqué al instante como ticos luego de escuchar a la señora decir una sola frase. Sí que no nos perdemos) En fin, ya más arriba, lo único más fuerte que el vértigo que se sentía a esa altura, era la grandeza de la vista del ángulo contrario (al “clásico”) de Machupicchu, junto al gran camino que baja como serpiente hasta el pueblo de Aguas Calientes, al pie de la montaña. La subida nos terminó de agotar las baterías que nos quedaban, pero definitivamente no nos habríamos perdonado no subir ahí, ver Machupicchu desde la distancia y sentir que en cualquier momento el viento nos iba a botar de la montaña y tirarnos en el río Urubamba.

Merodeamos un rato más por Machupicchu, admirando las perfectas construcciones incas, esquivando turistas (a las 10 AM llega el tren turista y descarga masas gigantes de gente en Machupicchu), y viendo llamas, incluyendo una se enamoró de Carlos y lo seguía por todas partes. Entramos al Templo del Cóndor, donde los incas usaban chicha para hacer ceremonias en honor a Hananpacha (“el mundo de arriba”), y el cuarto de los morteros, pequeñas piletas de agua que usaban los incas para ver las estrellas en el reflejo del agua.

Ya agotados nos reunimos de nuevo con Bego y Eduardo, que optaron por visitar el puente inca, una opción bastante menos cansada que Waynapicchu. En bus bajamos en un zig-zag hasta Aguas Calientes, donde vimos a nuestro grupo por última vez.

Finalmente un tren nos llevó, incrédulos, de vuelta hacia Cusco. Hicimos el Camino Inca.

IMG_6784.jpg IMG_6774.jpg IMG_6764.jpg IMG_6759.jpg IMG_6754.jpg IMG_6749.jpg IMG_6741.jpg IMG_6736.jpg IMG_6734.jpg IMG_6731.jpg IMG_6730.jpg IMG_6715.jpg IMG_6703.jpg IMG_6701.jpg IMG_6697.jpg IMG_6696.jpg IMG_6688.jpg IMG_6671.jpg IMG_6655.jpg IMG_6652.jpg IMG_6647.jpg IMG_6644.jpg IMG_6639.jpg IMG_6638.jpg IMG_6632.jpg IMG_6629.jpg IMG_6618.jpg IMG_6614.jpg IMG_6610.jpg IMG_6602.jpg IMG_6587.jpg IMG_6566.jpg IMG_6548.jpg IMG_6546.jpg IMG_6545.jpg IMG_6539.jpg IMG_6538.jpg IMG_6532.jpg IMG_6519.jpg IMG_6512.jpg IMG_6502.jpg IMG_6500.jpg IMG_6499.jpg IMG_6496.jpg IMG_6492.jpg IMG_6491.jpg IMG_6483.jpg IMG_6476.jpg IMG_6466.jpg IMG_6465.jpg IMG_6458.jpg IMG_6456.jpg IMG_6450.jpg IMG_6440.jpg IMG_6439.jpg IMG_6426.jpg IMG_6423.jpg IMG_6422.jpg IMG_6421.jpg IMG_6415.jpg IMG_6410.jpg IMG_6409.jpg IMG_6408.jpg IMG_6407.jpg IMG_6406.jpg IMG_6379.jpg IMG_6378.jpg IMG_6376.jpg IMG_6367.jpg IMG_2376.JPG IMG_2375.JPG IMG_2373.JPG IMG_2372.JPG IMG_2371.JPG IMG_2370.JPG IMG_2363.JPG IMG_2362.JPG IMG_2351.JPG IMG_2349.JPG IMG_2345.JPG IMG_2344.JPG IMG_2338.JPG IMG_2329.JPG STA_2326.JPG IMG_2324.JPG IMG_2315.JPG IMG_2312.JPG IMG_2300.JPG IMG_2298.JPG IMG_2297.JPG IMG_2293.JPG IMG_2292.JPG IMG_2285.JPG IMG_2284.JPG IMG_2281.JPG IMG_2276.JPG IMG_2273.JPG IMG_2267.JPG IMG_2265.JPG IMG_2264.JPG IMG_2261.JPG IMG_2260.JPG IMG_2257.JPG IMG_2255.JPG IMG_2254.JPG IMG_2253.JPG IMG_2252.JPG IMG_2250.JPG IMG_2249.JPG IMG_2244.JPG IMG_2242.JPG IMG_2241.JPG IMG_2240.JPG IMG_2238.JPG IMG_2229.JPG IMG_2228.JPG IMG_2215.JPG IMG_2214.JPG IMG_2213.JPG IMG_2207.JPG IMG_2204.JPG IMG_2199.JPG IMG_2192.JPG IMG_2187.JPG IMG_2185.JPG IMG_2178.JPG IMG_2177.JPG IMG_2174.JPG IMG_2173.JPG IMG_2171.JPG IMG_2166.JPG IMG_2165.JPG IMG_2162.JPG IMG_2153.JPG IMG_2151.JPG IMG_2150.JPG IMG_2147.JPG IMG_2137.JPG IMG_2136.JPG IMG_2132.JPG IMG_2123.JPG IMG_2119.JPG IMG_2117.JPG IMG_2111.JPG IMG_2101.JPG IMG_2099.JPG IMG_2094.JPG IMG_2090.JPG IMG_2083.JPG IMG_2078.JPG IMG_2075.JPG IMG_2073.JPG IMG_2071.JPG IMG_2067.JPG IMG_2055.JPG IMG_2052.JPG IMG_2051.JPG IMG_2050.JPG IMG_2048.JPG IMG_2046.JPG IMG_2045.JPG IMG_2041.JPG IMG_2040.JPG IMG_2039.JPG IMG_2037.JPG IMG_2036.JPG IMG_2034.JPG IMG_2032.JPG IMG_2030.JPG IMG_2029.JPG IMG_2028.JPG IMG_2023.JPG IMG_2020.JPG IMG_2015.JPG IMG_2007.JPG IMG_2000.JPG IMG_1996.JPG IMG_1984.JPG IMG_1983.JPG IMG_1981.JPG IMG_1975.JPG IMG_1972.JPG