Cusco

No había terminado de amanecer después de los cuatro días de caminata, cuando ya ibamos rumbo al Valle Sagrado de los incas. Saliamos de un parque al costado de la plaza de armas, en un bus lleno de hispano parlantes dispuestos a conocer más de las maravillas tanto incaicas como pre-incaicas.

Primera parada: mercado artesanal de C’orao, donde una vez más se encuentran mil y un puestos donde cambiar el oro por artesanías. Fue corta la visita y seguimos al siguiente centro artesanal; Pisaq, en el corazón del Valle Sagrado. Lo recorrimos de pies a cabeza, donde en todos los toldos nos ofrecían una cantidad multicolor e inimaginable de tejidos, bufandas, ponchos, gorritos, camisetas, lapiceros, libretas, mates de coca, hojas de coca; en fin, mil cosas increibles, hechas impecablemente.

Media hora más de bus y Vladimir (nuestro guía) anunciaba la llegada a la reserva arqueológica de Pisaq; conjunto de andenes de aproximadamente 54 niveles, destinados a la agricultura. Se puede apreciar como el paso de los conquistadores casi lo borra del mapa, pero un poco más arriba se encuentran construcciones más finas, lo cual significa que era lugar sagrado o un templo.

Justo a la par de esta construcción fina, se puede ver una menos trabajada y más tosca, que es construcción de una civilización anterior, que en vez de destruirla y construirle encima, respetaban su espacio y la mantenían tal cual era. La vista del Valle Sagrado desde Pisaq es increíble. Todo parece una maqueta de una zona agrícola; casas de barro, las propiedades divididas por pequeñas cercas, y hasta donde alcanza la vista, plantaciones.

Siguiente destino: Urubamba, lugar donde comeríamos en un buffet, donde probamos la alpaca y mil tipos de papa, además de todo lo que echamos de más en el plato que ya conocíamos, por supuesto sin dejar de lado los postres. Aquí se nos unió Egle, una Lituana que estudió ciencias neuronales y está sacando su maestría en Perú estudiando a los chamanes y curanderos de la selva.

De nuevo en el bus y directo a Ollantaytambo, tercera parada de nuestro recorrido. Ahí pudimos apreciar (entre un millón de turistas) uno de los más impresionantes legados incas; piedras de más de 42 toneladas acomodadas perfectamente como en un rompecabezas, en lo que sería uno de los mayores templos incas. Lo más impresionante es que las piedras que utilizaron para dicha edificación no se encuentran ni en el valle ni en el cerro del mismo asentamineto, sino que fueron traídas desde kilómetros a lo lejos y se dice que hasta cambiaron el curso de un río para poder llevar las piedras hasta el cerro que les permitía divisar los tres valles que lo rodean. Lamentablemente el lugar quedó a medio construir, como la mayoria de ruinas incas, por la llegada de los conquistadores y guerras que habían entre los mismos locales.

Con el tiempo un poco escaso, nos dirigimos a Chinchero, último destino del tour. Además de que el tiempo era poco, nos encontramos con una reparación en la vía, por la cual nos querían dejar esperando tres o cuatro horas. A nuestro guía, que nos estaba sirviendo de mediador, se le ocurrió pedir prestada una cámara de video y empezar a filmar cómo estaban retrasando más de ocho buses de turismo, e inmediatamente empezaron a mover los camiones y nos dejaron pasar.

Llegamos a Chinchero, específicamente a la Iglesia, que fue de las primeras construidas por los españoles y fue pintada en su totalidad por astistas andinos. Nos permitieron entrar cuando estaban a punto de cerrar. Pudimos ver el interior del templo, el cual no tiene ni un solo rincón sin un trazo del pincel, con imágenes de ángeles, santos, la trinidad y miles de adornos más recubriendo la totalidad del lugar. Ahí mismo visitamos una de las textileras locales, donde vimos todo el proceso, desde hacer los hilos, pasando por el teñido y terminando en tejidos impresionantes donde plasman su historia, con representaciones de animales y figuras características de su pueblo.

De vuelta en Cusco, Egle nos propuso ir por un chocolate caliente. La noche no podía estar más fría. Así que sin dudarlo nos fuimos a buscar un lugar donde refugiarnos. Dimos un par de vueltas y encontramos “The Muse”, un pequeño rincón de Cusco donde el ambiente es cálido a cualquier hora y sirven los mejores sandwiches y jugos de todo Cusco, además de un café delicioso. Pasamos ahí el resto de la noche, con buena música, contando cada uno como habíamos llegado ahí y qué hacáamos en esa fría pero preciosa cuidad.

Al día siguiente visitamos Saqsaywaman, que quedaba a 15 min de nuestro hostal a pie. Otra de las increibles riunas incas, que fue construida bajo orden del Inca Pachacutec con fines militares. Duró alrededor de cincuenta años en ser construida, y a la llegada de los españoles ya estaba terminada.

Los siguientes días nos dedicamos a descansar y a recorrer los cafés de la ciudad, entre los que encontramos Indigo, donde jugamos el famoso juego Wisstoy!! No tienen idea, es divertidisimo! El juego consiste en una serie de tucos de madera que se colocan de tres en tres a manera de formar una torre. Una vez construida la torre se procede a ir quitando de uno en uno los tucos, e irlos poniendo en la parte superior de la torre sin que la misma colapse, el que tenga la mala suerte de hacerla colapsar es el perdedor absoluto. (si, si, ya sé es Jenga, pero yo qué tengo la culpa que ese se llamara Wisstoy?). Tambíen jugamos Uno y tomamos más café. Además fuimos a un concierto en “Km 0” donde tocó el grupo Caxa, al que Hans, el guitarrista, que tocó la noche que conocimos “The Muse”, nos había invitado después de estar largo rato conversando.

El día antes de partir de Cusco, Adrio consiguió su añorada guitarra, así que decidimos ir a despedir Cusco en “The Muse”. Para suerte de todos esa noche, Piero (amigo de Hans) tocaba ese día en vivo, y al ver a nuestro querido viajero con guitarra, lo invitó a tocar y a hacerle compañía el resto de la noche. La felicidad de Adrio era sumamente contagiosa y todos los presentes les aplaudimos y acompañamos toda la noche.

Al amanecer, entre el taxi que duró mil horas en llegar y que a mí se me olividó la billetera en el hostal y me acordé de camino a la terminal, casi perdemos el bus de Puno, el cual tuvimos que perseguir en carrera durante unos 200mts. Pero una vez en él, nuestros asientos nos esperaban para llevarnos a nuestro próximo destino.

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