Quito y Guayaquil

Uno nunca puede conocer realmente una gran ciudad. No sin vivir en ella un buen tiempo. Uno toma una pequeña muestra, con gotero casi, y la saborea lo mejor que pueda. Es como imaginarse que un turista pudiera realmente conocer San José con una semana de estar ahí (digo, no es que San José sea una gran ciudad tampoco). El la ve por encimita, trata de grabar imágenes en su mente; de recordar lugares, colores, caras, sonidos, olores, la temperatura, el espesor del aire, y el ambiente que todo eso junto crea. Luego lo envasa todo junto, mínima fracción de la verdadera esencia de la ciudad, y se lo lleva como su propio recuerdo, su percepción muy personal de San José.

Si nos preguntan si conocemos Quito, podríamos apenas contestar que hemos estado en Quito. Escogimos, talvez al azar o talvez porque nos tocaba, una pequeña sección al norte de la ciudad, de no más de unas 6 o 7 cuadras a la redonda (o a la cuadrada?). Para nosotros eso es Quito. Y esas imágenes quedarán almacenadas en nuestra memoria e irremediablemente saltarán cuando alguien mencione el nombre de la ciudad.

Quito se divide en dos grandes partes. La parte vieja de la ciudad, la parte colonial e histórica, pero a la vez descuidada y deteriorada, queda al sur. Al norte está la parte nueva; el distito comercial moderno, lleno de edificios grandes (nunca tanto como Panamá), oficinas, hoteles y comercio. Entramos a la ciudad por el norte (viniendo de Otavalo, un corto viaje de dos horas) y en una movida poco práctica, la atravesamos completa para llegar a la terminal terrestre, que queda completamente al extremo sur. Acto seguido tomamos un taxi para devolvernos por donde veníamos y quedar de nuevo en la parte norte de la parte norte, que es donde estaba el hostal que buscábamos. Poco práctico, sí, pero sería la única vista que ibamos a tener del sector viejo de la ciudad (y además no sabíamos donde estábamos, OK?)

Llegando al norte, no encontramos un hostal sino cuarenta. E igual número de cafés, bares, y restaurantes. Estábamos en el distrito turístico mochilero de Quito, donde además, descubrimos que la proporción de gringos y europeos a locales era de 14 a 1. Así que además de una amplia selección de lugares donde quedarnos y donde sentarnos a tomar un café, teníamos para nosotros uno de los sectores más bonitos, mejor cuiudados y más seguros de Quito. Ni entramos al hostal que nos habían recomendado, porque el del lado se veía mejor. Dejamos todo tirado en el cuarto y nos fuimos. Curioso como las primeras veces que nos tocó dejar todas nuestras pertenencias (en este momento es como si fueran todas) en un hostal nos fuimos un poco preocupados y talvez hasta paranoicos, pensando si realmente estarían seguras. Ahora no lo pensamos dos veces, todas nuestras posesiones quedan protegidas por un candadito de combinación y seguimos nuestro camino.

Entonces agarramos un par de buses y llegamos a la Mitad del Mundo. Es todo un mini pueblito de tiendas y restaurantes, construido a partir del monumento a la mitad del mundo, y partido por una línea que pasa por el paralelo cero. En realidad cuando se hicieron los cálculos para determinar la latitud 0, los cartógrafos fallaron por 7 segundos de un grado; entonces la verdadera mitad del mundo (de acuerdo con la alineación magnética de los polos)queda como a 150 metros de ahí. No hay mucho que hacer ahí, además de tomarse una foto con un pie en cada hemisferio, y visitar un museo muy interesante dedicado a las misiones geodésicas de los europeos en Ecuador para determinar la mitad del mundo, y otras mediciones cartográficas.

Se nos han aparecido muchas oportunidades (coincidencias?) en este viaje, y en Quito fue una grande. Veníamos hablando de visitar el Cotopaxi, el volcán más alto del mundo, pero pensábamos que las probabilidades eran mínimas, por limitaciones económicas y de tiempo. Bueno, económicas. Pero ese sábado, entrando al hostal, nos topamos de frente con un letrero diciendo que ahí mismo organizaban tours al Cotopaxi a un precio accesible, y sólo los domingos.

No dudamos en aprovechar la oportunidad y a la mañana siguiente estábamos montados en una microbús junto con una pareja de señores holandeses, rumbo al Parque Nacional Cotopaxi, un área protegida que encierra a 7 volcanes más. El tour consistía en subir hasta los 4400 metros de altura, donde nos bajaríamos de la microbus y subiríamos caminando hasta el refugio que queda a 4800 metros. No suena complicado, excepto por el hecho de que a esa altura el cuerpo funciona completamente distinto y uno se cansa muchísimo más fácil.

Ibamos ilusionados con la idea de ver nieve (Tovi y yo por primera vez en la vida), y nos decepcionamos al llegar a la estación donde paran los carros. Por el clima, la nieve se había derretido mucho y ni siquiera en el refugio estaba nevado (en Julio, por ejemplo, estaba todo cubierto de nieve incluso hasta los 4400 metros). Igualmente nos lanzamos a la caminata, nada fácil, que nos tomó 40 minutos. Al llegar arriba Carlos y yo nos dimos cuenta que nuestra condición física está muy bien (gracias Mattera!) y paramos por un chocolate caliente. No se imaginan qué tanto nos supo a gloria ese chocolate. Desde el refugio se veía la nieve en la parte superior del volcán. Tan cerca pero tan lejos!

Por alguna razón, a Tovi le afectó más la altura y llegó bastante cansado arriba, y un poco desanimado por la ausencia de la nieve que tanto queríamos tocar. Nuestro guía nos propuso que si caminábamos unos 500 metros más (suena como poco, pero subiendo y a esa altura, no es así no más) podíamos llegar a la punta del glaciar y realmente ver la nieve. Carlos y yo aceptamos el reto, y nos encaminamos a subir esos 200 metros de altura extra. Para nuestra sopresa, al final de ese tramo extra, nuestro guía se notaba más cansado que nosotros (gracias de nuevo, Mattera!).

Así que después de todo, pudimos ver la nieve y meter nuestros pies y manos en ella (y hacer una bola y pegársela a Carlos). Buena noticia: mi iPod sirve a 5000 metros de altura. Así que ahí mismo escuchamos y cantamos El Universo Es Mío, y empezamos el decenso. El terreno arenoso que había dificultado enormemente la subida ahora se convirtió en nuestro amigo y acolchonaba nuestros pasos agigantados con los cuales volamos hasta abajo a gran velocidad, retrocediendo en 10 minutos lo que nos había tomado más de una hora en abarcar. De verdad como nos dijo el guía, la bajada es el premio (como si no lo hubiera sido ya la vista desde arriba).

El resto de Quito nos la pasamos disfrutando de nuestro distrito mochilero, tomando café, caminando y viendo gringos. Em, gringas. En la noche después de cierta hora había literalmente un policía en cada esquina; bastante tranquilo andar por ahí a cualquier hora.

Llegamos justo a tiempo a la terminal de TransEcuador que después de 12 horas más de viaje (increíble como 12 horas de bus ya ni siquiera parecen tanto) nos dejó en Guayaquil. Ahí nos fueron a recojer don Carol y doña Yolanda, amigos de los papás de Carlos, con los que habíamos hablado de antemano para que nos recibieran en Guayaquil. Y vaya que nos recibieron. Don Carol tuvo que irse de viaje imprevisto el día siguiente, entonces sólo los vimos esa noche. Les di la dirección del hostal que habíamos visto en el libro y nos dijo que la zona no era muy segura, así que de su bolsillo nos pagó dos noches en el Best Western Doral en la mejor zona de Guayaquil, alegando que de esa forma estarían tranquilos de que quedamos en un lugar seguro. Increíble generosidad la de don Carol, se lo agradecemos profundamente!

El día siguiente lo aprovechamos lo mejor que pudimos, dado que sería el único que tendríamos para conocer Guayaquil. La ciudad está constriuda al lado del Río Guayas, cerca de la costa en el suroeste de Ecuador. A todo lo largo del río hay un gran malecón sobre el cual hay restaurantes, parques, museos, y un centro comercial. Lo recorrimos de arriba a abajo, no sin antes comernos un ceviche de camarones con una Pilsener.

Otro “atractivo” de Guayaquil es el gigantesco mercado de La Bahía, donde hay cientos de puestitos de donde saltan vendedores para ofrecerle a uno, entre muchas otras cosas, anteojos de sol, ropa, DVDs pirateados, equipos de sonido y juegos de video.

Al final del malecón empieza la escalinata al cerro Santa Ana; una serie de gradas que llegan hasta la cima del cerro, desde donde se puede ver una impresionante vista de todo Guayaquil. Toda la longitud de la escalinata está completamente iluminada, vigilada, y delineada por pequeños bares y restaurantes. Esto la convierte en el centro de reunión de locales y turistas, que suben y bajan los 444 escalones a todas horas, pero especialmente en la noche. Ya de bajada, decidimos que nuestro método de selección de bar sería basado en la música. Así que cual oasis en el desierto, escuchamos, entre un mar de bares de donde sólo salía reggaetón y chiqui-chiqui, una canción del Unplugged de Nirvana. Un minuto después estábamos sentados en el bar con otra Pilsener. Disfrutamos del resto del Unplugged y cuando acabó, AC/DC nos hizo abandonar nuestros puestos y seguir bajando.

Terminamos la noche haciendo algo que de fijo no nos imaginábamos que ibamos a terminar haciendo en el malecón de Guayaquil: viendo la última película de Harry Potter, en el cine IMAX ahí mismo sobre el malecón (la pantalla es una semiesfera y la película puede ser proyectada hasta en 360º (180º en el caso de la que vimos). Un excelente final para nuestro bien aprovechado día en Guayaquil.

Al día siguiente merodeamos un poco más por las calles de la ciudad, esperando la salida del bus que nos llevaría al cuarto país de nuestra travesía.

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15 comentarios en “Quito y Guayaquil”

  1. hola cual es ese bar en las escalinatas que pusieron musica de nirvana…yo quiero ir…siempre busco algo asi…y solo reggaton k no me gusta…en cual bar de las peñas ponen musica diferente…kiero saber…

  2. He seguido sus pasos desde que salieron de C.R. ansioso como vieja novelera esperando diariamente el próximo capítulo. Felicito a los 3 por su detallada y buena forma de describir su interesante aventura y hacernos pasar un buen rato leyendo sus vivencias en el sur.
    Un abrazo y que Dios los siga acompañando.

    Hernán (Tío de Adrian)

  3. y las fotos no veo las fotos de este post ! 😛

    se pone bueno el viaje, muchachos 🙂 buena compra vi que hicieron en Otavalo.

    me alegro por lo que les espera en el camino. un abrazo.

  4. lo primero que hubiera hecho en la linea del ecuador es ver como los inodoros dan vueltas en sentidos contrario al norte y al sur…y me pregunto a que lado ira en la purra linea…seguro el agua crea un agujero gusano y se pierde en el espacio-tiempo…que maduro soy!

  5. Me encanta todo lo que cuentan y como lo cuentan, pero sobre todo me los imagino disfrutando en grande, ¡estupendo!!. Sigan así, desde acá los acompañamos con recuerdos constantes y mucho cariño.

  6. MMMM!!!

    Estoy por convencerme que Uds. hicieron algún pacto secreto a la salida de Costa Rica para que las cosas se les fueran dando sin dificultades aparentes y con un “timing” impresionantemente justo.

    Deberían hablar con los geólogos que hicieron los cálculos de la línea del Ecuador para que implementen su método.

    No puedo más que volver a felicitarlos por la experiencia que están viviendo y que más de uno de nosotros (los “viejos”) hubiésemos querido emprender a sus edades.

    Experiencia, además, que está siendo fuente de inspiración para muchos de sus lectores (y lectoras), entre los que me incluyo.

    ¿Tendrá algo que ver el poder misterioso acreditado a Machu Pichu el que los guía sin tropiezos?

    Bendiciones

  7. Que rico que todo les vaya saliendo súper, claro esta salvo lo de Adrio, primero por lo aburrido que es que lo tengan a uno en una clínica, segundo que se les modificó el plan y tercero por que mi cuñada los extrañó en Lima. Suerte y Adelante!!!!

  8. Maes… ke genial, los carftografos estan “mamando” jejeje y lo peor de todo ke a los 150 mtrs no habia nada diciendo “esa estatua es un scam, en realidad es aki” jejeje

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